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jueves, 15 de septiembre de 2016

Misterios (poco) gloriosos del diálogo. Por Carlos Blanco


Carlos Blanco / El Nacional

El diálogo en Venezuela tiene problemas estructurales y puede que sean insolubles. No aluden a que unos quieran hablar y otros quieran matarse, lo cual es una forma idiota de presentar la contradicción. Los dialogantes siempre deben tener algo en común –por ejemplo, finalizar una guerra–, aunque sea por caminos diferentes y con objetivos también diferentes. Acá no hay en este momento terreno común: el régimen quiere perpetuarse indefinidamente en el poder y las fuerzas democráticas quieren desalojarlo de allí. Esto explica por qué no puede haber acuerdo en torno al referéndum revocatorio en 2016: de realizarse, implica el fin del régimen. Por eso, ni con cien mediadores habrá acuerdo para tal objetivo: solo la fuerza política, los dilemas y los costos de no hacerlo (o de hacerlo) decidirán.

Un problema adicional muy notable es el producido por la crisis de representación política que precede al chavismo y se ha profundizado con este. El advenimiento de Chávez se produjo en buena medida porque los partidos dejaron de representar cabalmente a la sociedad, incluida parte de su militancia activa. Los “cogollos” –¿se acuerdan?– habían confiscado la representatividad. Ese problema no se ha solucionado, especialmente porque democratizar instituciones en el marco de una dictadura es casi imposible. La consecuencia es que cuando “los cogollos” dialogan con el enemigo no necesariamente representan lo que la sociedad que los inspira considera aceptable.

El antídoto para la restricción mencionada es la transparencia, pero, de acuerdo con varios de los que intervienen en las tratativas actuales, hay aspectos “que no pueden mostrarse al público” porque, es de presumir, la reacción podría ser similar a la que ocurrió con la encerrona dominicana abortada por la afortunada filtración que se produjo.

La guinda de la torta es la participación de personajes cínicos, como Zapatero y cofrades, que han querido imponerse como mediadores siendo portavoces de la posición de Maduro, que es negar el RR 2016. No solo son agentes del régimen, aunque pretendan disimularlo con antifaz y cucurucho de “yo-no-fui”, sino que han desplazado –con la insólita aceptación de varios opositores– a aquellos ex presidentes, como Andrés Pastrana, Jorge Quiroga, Laura Chinchilla y Felipe Calderón, entre otros, al lado de Luis Almagro en la OEA, que se han jugado por la causa democrática venezolana.

Un diálogo eficaz significa, al menos: RR 2016, emergencia activa frente al hambre, libertad de los presos políticos y retorno de los exiliados.


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