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viernes, 16 de marzo de 2018

¿Dolarizar?. Por José Toro Hardy


JOSÉ TORO HARDY | RUNRUNES

Venezuela se enfrenta a la peor hiperinflación en la historia del Hemisferio Occidental. La inflación es un fenómeno monetario que ocurre cuando la cantidad de dinero que circula crece más rápidamente que la producción de bienes y servicios. Se produce cuando los gobiernos obligan a los bancos centrales a emitir dinero en exceso para financiar el déficit fiscal. En su “Dinámica Monetaria de la Hiperinflación” Phillip Cagan la calculaba mediante la siguiente fórmula matemática:

Inflación Anual = [(1 + i)^12 – 1] x 100, donde “i” es la inflación promedio mensual entre 100.

Durante los meses de diciembre, enero y febrero, la inflación mensual ha rondado el 85%. De mantenerse tal promedio estaríamos superando, conforme a la fórmula anterior, una hiperinflación superior al 106.000% anual en el 2018 o más. Todo es culpa del financiamiento del gasto público por parte del BCV.

La hiperinflación es el último estadio del mal inflacionario. Es una patología económica en estado terminal.

Muchos creen que una forma eficaz de acabar la inflación de cuajo es dolarizando. Veamos sus ventajas y sus desventajas.

Dolarizar implicaría sustituir el bolívar por el dólar como unidad de cuenta, como moneda de curso legal y como reserva de valor. Al no poder el gobierno emitir dólares, perdería la capacidad de recurrir al banco central para que financie el déficit con emisiones de dinero. Así, desaparecen los excedentes monetarios del sistema que son la causa última de la inflación. Esta es la ventaja de una dolarización.

Por otra parte, una medida así sólo se puede aplicar con abundantes fuentes de ingresos en dólares, vía exportaciones variadas, a fin de que esas divisas remplacen el signo monetario local.

En el caso de Venezuela luce imposible. Somos mono exportadores de petróleo, producto que aporta el 96% de los dólares que recibimos. Para colmo el petróleo muestra severas oscilaciones en su precio, con lo cual la cantidad de dólares que circulan en la economía (la liquidez monetaria) padecería también fuertes vaivenes, imposibilitando el funcionamiento normal de la actividad económica.

Además, uno de los grandes problemas que hemos padecido es que durante años la sobrevaluación del bolívar impidió que, a excepción del petróleo, la mayoría de nuestros demás productos fuesen competitivos en los mercados internacionales. Por eso nos volvimos mono exportadores. Si tomásemos la decisión de dolarizar, el problema se agravaría imposibilitando la diversificación. Con una moneda tan dura como el dólar el país no podría competir con las exportaciones de otras naciones.

Pero el impacto de una medida de esa naturaleza iría mucho más allá. Puesto que las reservas internacionales en poder del BCV son exiguas, si decidiésemos dolarizar no habría dólares suficientes en el sistema para mantener el normal funcionamiento de las actividades económicas, en particular en momentos en que nuestra producción petrolera se está viniendo a pique. El resultado inmediato es que pasaríamos de una hiperinflación al polo opuesto del espectro monetario, es decir, una deflación.

En una hiperinflación hay excedentes de moneda demandando bienes que no están disponibles. En una deflación ocurre todo lo contrario. Puede incluso haber bienes en el mercado, pero no hay dinero con el cual realizar transacciones. Tan perjudicial es una hiperinflación como lo es una deflación. Ambas se traducen en una fuerte contracción de la actividad económica. Se detienen las transacciones y las inversiones. Las empresas se ven obligadas a cerrar y las economías caen en un marasmo de inactividad y de desempleo.

Bajo tales circunstancias el gobierno se vería obligado a aumentar el gasto público para reactivar la economía. Incurriría entonces en un déficit fiscal que sólo podría atender mediante préstamos del exterior puesto que se vería obligado a inyectar dólares; pero en el caso específico de Venezuela, incursa ya en un creciente default de sus obligaciones, nadie está dispuesto a otorgarle financiamientos.

La experiencia de la dolarización en Ecuador fue excelente para combatir la inflación pero ahora está atrapado en una trampa de crecimiento.

@josetorohardy


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jueves, 8 de marzo de 2018

Aumentó el salario?. Por José Toro Hardy


JOSÉ TORO HARDY | RUNRUNES

El presidente Maduro anunció un nuevo aumento del salario mínimo integral del 58%, pasando de Bs 288.510 a 392.646 bolívares que, por cierto, sólo llega al sector formal de la economía.

Ese salario luce irrisorio cuando por otra parte el Cendas declara que la Canasta Alimentaria Familiar de enero de 2018 se ubicó en Bs 24.402.767,10. Se requerirían 98.2 salarios mínimos para poder adquirir la canasta para que una familia de cinco miembros pudiera satisfacer sus necesidades de calorías.

Pero nada se gana con aumentar el salario cuando el beneficio que aporta tal aumento es menor que el perjuicio inflacionario que acarrea.

A nadie le importa cuántos bolívares gana. Lo que importa es cuántas cosas se pueden comprar con los bolívares que se gana. Es decir, lo que importa es el salario real.

Habría que enfrentar con urgencia el problema al menos por dos vías de choque: la primera es atacar de frente las causas de la inflación y la segunda concentrar los mayores esfuerzos para estimular aumentos en la producción.

Veamos el primer ángulo, la inflación. La causa fundamental de que Venezuela se esté hundiendo en la vorágine, no ya de la inflación sino de la hiperinflación, es el déficit fiscal. Con una brutal caída de la producción petrolera y en manos del populismo y de un monstruo de mil cabezas en que ha devenido un aparato burocrático corrupto, ineficiente y politizado, el gasto público venezolano crece desenfrenadamente. Quizá el caso más dramático es el de PDVSA que enfrenta un inmanejable déficit en su flujo de caja y que, incapaz de generar más ingresos, sobrevive sólo gracias a los auxilios financieros del Banco Central de Venezuela.

Los auxilios financieros que recibe esa empresa se incorporan al sistema monetario a través de sus gastos. Esa liquidez (no se confunda con efectivo) demanda bienes en el mercado pero debido a la perniciosa escasez imperante, el único efecto que produce es un aumento en el precio de los productos. Al final del día esos excedentes monetarios se desvían hacia lo único que se puede comprar: dólares en el mercado paralelo. Ello da lugar a una insostenible devaluación del Bolívar en ese mercado, lo cual a su vez termina por retroalimentar la inflación.

Este año Venezuela padecerá una hiperinflación nunca antes conocida en el Hemisferio Occidental. Si la inflación promedio mensual fuese de un 70%, la hiperinflación del año alcanzaría a un 58.000%.

Un problema de esa magnitud no se resuelve con decretos de aumentos de salarios. A la hiperinflación hay que liquidarla de cuajo, regresando a la racionalidad fiscal y acatando la Constitución cuyo Art 220 le prohíbe expresamente al Banco Central financiar el gasto público.

La otra vertiente tiene que ver con los aumentos de producción y de productividad. Es indispensable pasar de una economía de controles a una economía de estímulos. Hay que abrir la economía. Hay que olvidarse del control de cambios. Es vital estimular las inversiones, abundantes inversiones, y para ello no hay otra vía que devolverle la confianza a los inversionistas, la seguridad jurídica, el respeto a la propiedad privada y el respeto a la Constitución y a las instituciones, pasando por el equilibrio de los Poderes Públicos.

La hiperinflación está provocando una mortandad sin precedentes de empresas y generando un desempleo desmedido. De cumplirse la estimación del FMI de una caída del PIB de un 15% en el 2018, nuestra economía se habrá contraído en más de un 50% en apenas tres años. El empobrecimiento no tiene paralelo. Según la encuesta ENCOVI (UCAB, UCV y Simón Bolívar) el 87% de las familias viven por debajo de la línea de la pobreza y el 61% en pobreza extrema.

La hiperinflación, la pobreza, el desempleo y la escasez pueden conducir a un desgarre del tejido social.

¿Podrá Venezuela superar tan dramática situación!? La respuesta es sí. Ahora bien, la velocidad con la cual el país pueda sobreponerse guarda relación directa con el cumplimiento de las metas antes señaladas y con la magnitud de las inversiones que seamos capaces de atraer.

Es evidente que para ello se requiere un cambio de modelo económico lo cual, inevitablemente, sólo puede lograrse a través de un cambio del modelo político.

@josetorohardy


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martes, 3 de enero de 2017

2017: Tres escenarios. Por José Toro Hardy


JOSÉ TORO HARDY | RUNRUNES

La economía venezolana ha colapsado, la democracia dejó de serlo y el país está en proceso de experimentar una ruptura del tejido social. Esa es la situación planteada al iniciarse el año 2017. Me permito plantear tres posibles escenarios que quizá podrían materializarse en este año:

Primer escenario: Elección

Frustradas las expectativas de un Referendo Revocatorio y perdidas las esperanzas en el diálogo, el malestar de la población frente a una escasez rampante y una profundización de la crisis se traduce en una creciente inestabilidad. La hiperinflación campea por sus fueros e inmisericorde carcome el poder adquisitivo de la población. Las manifestaciones populares se extienden por todo el país. La comunidad internacional también se impacienta y el aislamiento del régimen se hace evidente. Tal como lo hizo Mercosur, la OEA termina por pronunciarse. Enfrentadas a una progresiva ingobernabilidad, fuerzas que hasta ahora habían garantizado la permanencia del régimen ya no son capaces de mantener su disciplina interna y reclaman una solución. No están ellas dispuestas a reprimir al pueblo. La anarquía se extiende. La realidad es dura y termina por imponerse.

Ante su evidente inviabilidad, al régimen -acorralado interna y externamente- se le impone una convocatoria a elecciones generales. El rechazo de quienes saben que no tienen a donde correr no basta para impedir el curso de los acontecimientos.

Segundo escenario: Recomposición

El oficialismo se enfrenta a un caos. Temen ir a elecciones porque serían barridos y piensan que podrían desaparecer. Las encuestas muestran que cerca de un 80% de la población los adversa. Saben que por la vía de la represión es imposible controlar la coyuntura. Se establecen prioridades. La primera es conservar el poder.

Para lograrlo deben asumir sacrificios. ¿Cuál sería el sacrificio más viable? La respuesta es obvia. El presidente Maduro se ha transformado en un personaje incómodo que genera gran rechazo. Su salida después del 10 de enero permitiría al vicepresidente concluir el período presidencial.

Saben que no bastaría con la salida de Maduro. Para mantenerse, quien asuma la presidencia deberá devolverle la cordura política al país respetando el equilibrio de los poderes y reactivando la economía. En el primer caso tendría que liberar a los presos políticos y hacer las paces con la AN. En el segundo caso tendrían que introducir cambios en la economía, buscar un tipo de cambio único y propiciar mecanismos para estimular la producción de bienes, mitigar la escasez y frenar la inflación.

La presión internacional se calmaría y los militares verían atenuado el riesgo de una inminente anarquía. Por su parte el PSUV dispondría de un tiempo para reorganizarse y poder continuar desempeñando un rol en la vida política del país.

Tercer escenario: Transición

Parece obvio que las cosas no pueden seguir por el camino que van sin que termine por producirse un estallido social. Cualquier chispa podría desatarlo. Ya vimos lo que ocurrió con el retiro de los billetes de 100. Las figuras más racionales reconocen el riesgo de un caos que pondría en grave riesgo la paz de la República. La revolución dejó de ser viable. Saben que podría reventar una vorágine de anarquía imposible de controlar por vía de simple represión. No desea sin embargo el régimen una salida electoral inmediata porque entienden que el PSUV podría enfrentar una posible extinción. Por eso se opusieron a un Referendo Revocatorio antes del 10 de enero que hubiese conducido a elecciones en 30 días.

Bajo tales circunstancias surge la posibilidad de un gobierno de transición. El mundo castrense se muestra impaciente. La prudencia lo aconseja y las circunstancias imponen una suerte de taima convenido entre las partes que permita la descompresión de las inmensas tensiones políticas imperantes: Un gobierno interino que otorgue ciertas garantías previamente negociadas.

Ese gobierno tendría que estar encabezado por una figura de gran prestigio que se comprometa a no lanzarse en el futuro como candidato presidencial. Una suerte de Ramón J. Velázquez, capaz de introducir correctivos a la gravísima situación económica que asfixia a Venezuela.

No es descartable que teniendo como meta la búsqueda de salidas pacíficas, ese gobierno de transición deba promover leyes de amnistía, tal como ocurrió en el caso de las numerosas dictaduras que asolaron a Latinoamérica en la década de los 80. Dictaduras como las de Argentina, Brasil, Chile, Uruguay y otras terminaron aceptando resultados electorales y entregando el poder, sin disparar ni un tiro. Las amnistías aprobadas, al final del día, no ampararon violaciones a DD.HH.

Una solución de ese tipo también sería bien vista por los militares y por la comunidad internacional. El país podría comenzar a transitar el camino de un regreso hacia la normalidad y se habría ahorrado inenarrables riesgos de una violencia desmedida.


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martes, 9 de febrero de 2016

El tiempo se acaba. Por José Toro Hardy


Con preocupación observamos la profundización de la crisis que afecta a Venezuela

JOSÉ TORO HARDY | EL UNIVERSAL

Con preocupación observamos la profundización de la crisis que afecta a Venezuela. Cobra vida propia y cada vez toma más cuerpo y velocidad. ¡Luce indetenible! El Presidente le ha achacado la culpa a una "guerra económica" y les ha dicho a los venezolanos que hay una "huelga de inversionistas".

¿Cuál es el origen de esta situación? ¿De quién es la culpa de la escasez que impera y de la falta de inversiones a la cual se refiere el primer mandatario?

Me viene a la memoria un episodio que explica muchas cosas. Se trata de imágenes ampliamente difundidas en todos los medios de comunicación. En ellas se veía al presidente Chávez, parado en una esquina de la plaza Bolívar de Caracas, tronando instrucciones al alcalde de Caracas, Jorge Rodríguez.

- "¿De quién son esos negocios? -preguntaba el Presidente- ¡Exprópiense!", y detrás se oía la voz del alcalde Jorge Rodríguez:

- "Como no, señor Presidente".

- "Y este edificio aquí, ¿cuál es?", preguntaba nuevamente Chávez, a lo cual el alcalde Rodríguez contestaba:

- "También es un edificio que tiene locales comerciales de propiedad privada".

- "¡Exprópiese, señor alcalde! ¡Exprópiese, exprópiese!"

- "¿Y este edificio?" -continuaba Chávez.

- "Es un edificio que tiene comercios privados de joyería".

- "¡Exprópiese!".

- "De acuerdo", respondía el alcalde.

- "¿Y aquel edificio allá en la esquina?", interrogaba mientras señalaba a lo lejos con la mano, a lo cual el alcalde informaba:

- "También son edificios que tienen locales comerciales".

- "Exprópiense!".

¡¡¡ Expropiar, expropiar, expropiar !!! Repetía obsesivamente el mandatario.

En sus "Aló Presidente" amenazaba continuamente con expropiaciones a diestra y siniestra. En una ocasión lo vimos llamar en vivo e increpar al presidente de un banco extranjero en el país. "Tenga cuidado con lo que va a decir", le advertía. Su modus operandi consistía en intimidar.

En el año 2008 se expropiaron todas las plantas cementeras del país. En el 2009 se expropió la planta productora de pastas de Cargill. Ese mismo año se expropiaron los molinos de Monaca, que producían harina de maíz, pastas, etc. Se expropiaron igualmente las plantas de Aceite Diana, Lácteos Los Andes y las principales torrefactoras de café de Venezuela, entre las cuales recordamos a Fama de América y Madrid. Siguieron en la lista las cadenas de supermercados Cada y Éxito, Owens Illinois, Agroisleña, así como las empresas que suministraban gas doméstico a los hogares de Venezuela.

Además de las expropiaciones antes citadas, se nacionalizaron las empresas siderúrgicas y las de aluminio, muchas de Guayana, así como las de servicios petroleros en el Zulia. La cifra de empresas expropiadas se ubica en torno a unas mil quinientas.

Ni qué decir del campo venezolano donde por una u otra vía, cerca de cuatro millones de hectáreas que antes eran productivas en manos del sector privado fueron a parar a manos del Estado y se han hundido en un abismo de improductividad. ¿Recuerdan el Hato Piñero y tantos otros?

El resultado de esa cruzada expropiadora es que prácticamente todos las empresas que pasaron a manos del Estado están técnicamente quebradas y el denominador común es que los bienes que solían producir no se consiguen, siendo la causa fundamental de la escasez que abruma a los venezolanos. Además, la seguridad jurídica brilla por su ausencia. ¡Nunca habíamos conocido una situación semejante!

A la incertidumbre que situaciones como esas generan en los productores, se suma la "huelga de dólares" en que incurre el Estado que no entrega las divisas que requiere el sector productivo para importar las materias primas y demás insumos, incluyendo repuestos para las maquinarias y equipos.

Y además está el tema de los controles de precios. ¿Quién se atreve a invertir para ponerse en manos de algún burócrata que fija discrecionalmente el precio de los bienes que va a producir?

Para colmo a los inversionistas extranjeros no les permiten repatriar dividendos. Muchos han asumido grandes pérdidas borrando de sus balances las inversiones que tienen en Venezuela.

¿Y tienen aún los bríos de hablar de "guerra económica" o "huelga de inversionistas?"

Como si lo anterior fuera poco, vemos al jefe de Estado, desencajado, profiriendo insultos y llamando ladrón al presidente de la Polar, quien más bien debería ser condecorado por su empeño de seguir produciendo e invirtiendo.

No le arriendo la ganancia al mandatario. El país entero sabe que sin Polar la escasez arreciaría en términos exponenciales y el hambre terminarían por agotar la paciencia de los ciudadanos. Las encuestas muestran que el 85% de los venezolanos se oponen a cualquier medida que adopte el gobierno contra esa empresa.

Y ahora se agotan los inventarios. ¡Ya estamos en extra inning!

petoha@gmail.com
@josetorohardy


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martes, 19 de enero de 2016

Moringa. Por José Toro Hardy


Por primera vez en 17 años Venezuela cuenta con una Asamblea independiente y dispuesta a cumplir con las funciones que le asigna la Constitución. Resulta insólito que quien encabeza el Ejecutivo le pida a esa Asamblea, a las primeras de cambio, que renuncie a esas funciones aceptando un Decreto de Emergencia para adelantar un plan que no hace otra cosa que radicalizar lo más negativo de las acciones que llevaron a nuestra economía al descalabro.

Por José Toro Hardy / Runrunes

Olvida quién hace esa petición que el pueblo está sufriendo duramente las consecuencias de los errores gubernamentales y que aceptar el Decreto sería una cachetada al mandato popular.

“El sector capitalista se ha declarado en huelga de inversión”, denunció Maduro en su informe ante la AN y agregó que se han sumado a los mecanismos especuladores y de “guerra económica contra Venezuela”. Por Dios, basta con escuchar al nuevo zar de la economía para entender que si no hay inversionistas es porque el gobierno los está espantando y sin embargo la propuesta gubernamental no es más de lo mismo sino, peor aún, mucho más de lo mismo.

El oficialismo pretende que todos los males que hoy afectan a Venezuela son el resultado de una “guerra económica”. Se trata de una premisa cargada de dogmatismo y también de ignorancia. No entienden cómo funciona una economía. Al carecer de este conocimiento, son incapaces de comprender las verdaderas causas de la crisis y menos aún su responsabilidad dentro de la misma. Armados con un catecismo de dogmas marxistas que creen infalibles, no pueden aceptar que su propio modelo es en buena medida culpable de lo que ocurre. Con una paranoia que raya en la ridiculez, buscan por todas partes a quien achacarle la culpa.

El pueblo habló alto y claro el 6D. La gente está harta de la escasez, de las colas y de la inflación.

La inflación -según el zar de la economía- no existe o no es más que un fenómeno “inducido” por la oligarquía, por las clases explotadoras, por la derecha golpista y por los acaparadores. ¡Pura palabrería hueca!

Ciertamente la inflación es inducida. Pero lo es por el Banco Central de Venezuela cuando imprime billetes sin respaldo con el único objetivo de financiar el enorme déficit fiscal de una administración incompetente, desorganizada y dogmática.

Los excedentes monetarios generados por ese tipo de políticas van a parar a manos del público traduciéndose en un estímulo a la demanda de bienes. Pero como esos bienes no existen en el mercado (porque a lo largo de 17 años el gobierno ha destruido el aparato productivo con medidas muy similares a las que hoy pretende profundizar en su Decreto de Emergencia) el resultado es que inevitablemente los precios suben.

Cuando hay escasez surgen el acaparamiento y la especulación, que según el oficialismo son los instrumentos de una “guerra económica” para desestabilizar al gobierno. Ciertamente son fenómenos perversos, pero se trata de prácticas provocadas por la incapacidad gubernamental.

Si el gobierno tuviese la inteligencia de estimular la producción, la escasez tendería a disminuir y las colas irían disminuyendo. Es un problema de confianza. Si en lugar de atacar a quienes producen, el gobierno los estimulase, los bienes que hoy escasean comenzarían a aparecer en los mercados. Cuando se producen suficientes cantidades de un bien, nadie en su sano juicio intentaría acapararlo por la sencilla razón de que después no podría venderlo a mayor precio para realizar un beneficio. Por eso a nadie se le ocurre acaparar el aire, simplemente porque abunda.

Si la producción fuese suficiente, lejos de subir, los precios tenderían a bajar y las colas desaparecerían. Para poder competir los productores aprenderían a ser más eficientes y producir a menor costo, porque así lograrían una mayor participación en el mercado y un mayor beneficio ofreciendo esos mismos productos a menor precio. Si por el contrario intentasen vender a mayor precio, nadie les compraría. La especulación desaparecería vencida por la competencia.

Uno de la precios que más suben en el mercado es el del dólar. Una vez que los bolívares que circulan no encuentran bienes que comprar, se desvían a la compra de otro bien que sí conserva su valor: el dólar. Cuando un banco central no es capaz de cumplir con la más importante de sus funciones que es la de preservar el valor de la moneda, inevitablemente los miembros de la sociedad desean preservar sus ahorros en otra moneda.

En Venezuela no hay una guerra económica como no sea la que el gobierno le ha declarado a la ciencia económica. Desconociendo los más elementales fundamentos de su funcionamiento, el oficialismo ha creado una maraña de intimidaciones, expropiaciones, controles, regulaciones y limitaciones de todo orden que están asfixiando nuestra economía.

Ciertamente el país necesita con urgencia de medidas capaces de reactivar la economía. Pero estas nada tienen que ver con el decreto de emergencia económica anunciado. Cuando un organismo está gravemente enfermo no puede curarse suministrándole mayores dosis de la misma bacteria que lo enfermó. Eso es lo que pretende el decreto.

@josetorohardy

petoha@gmail.com


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martes, 12 de enero de 2016

¡La inflación, por Dios, la inflación!. Por José Toro Hardy


El grueso de la gente padece a diario las consecuencias de la escasez y la inflación

p> Por José Toro Hardy / El Universal

La MUD conquistó el 6D las 2/3 partes de los miembros de la Asamblea. En presencia de la misión de acompañantes de Unasur, de los expresidentes latinoamericanos, así como ante todo el país una vez que el CNE anunció los cómputos, el presidente Maduro reconoció los resultados, aunque ahora buscan otras vías para burlar la soberanía popular.

Al votar los venezolanos manifestaron su malestar por tres razones fundamentales: la inseguridad, la inflación y la escasez. La solución de esos problemas sigue estando fundamentalmente en manos del gobierno.

Pero la Asamblea debe dar respuestas y aclarar muy bien cuáles son sus atribuciones y facultades. Una responsabilidad prioritaria que tiene la Asamblea es la de contribuir a combatir la inflación. Para ello la Constitución pone en sus manos facultades para hacerlo por varias vías: a través del Presupuesto Nacional, a través del control del gasto público e impidiendo el déficit fiscal. Para ello es indispensable devolverle la autonomía al Banco Central, a fin de que éste cumpla con las funciones que le son propias, la primera de las cuales es preservar el valor de la moneda.

El origen

Vale la pena detenernos aquí para explicar el origen de la inflación que nada tiene que ver con las monsergas del nuevo zar de la economía, quien pretende referirse a ella en términos dogmáticos, olvidando las variables de las cuales depende. Ella consiste en un aumento general del nivel de los precios que obedece a la pérdida del valor del dinero. Las causas de la inflación son diversas pero se produce inevitablemente cuando la oferta monetaria crece más que la oferta de bienes y servicios. Es el resultado de un gasto público deficitario y de un Banco Central que para financiarlo emite dinero en exceso.

Eso es lo que está ocurriendo en Venezuela. En el transcurso del año 2015 la oferta monetaria casi se duplica por la brutal expansión del dinero emitido por el BCV para cubrir un déficit fiscal del orden del 20% del PIB y un déficit en el flujo de caja de Pdvsa de unos $19.000 millones. Pdvsa ya le adeuda al Banco Central cerca de 145.000 millones de dólares por el financiamiento recibido. Mientras tanto el PIB cae en cerca de un 9%.

Decía Milton Friedman, Premio Nobel de Economía: "La única manera de acabar con la inflación estriba en no permitir que el gasto público crezca tan rápidamente". Y agregaba: "Los gastos gubernamentales pueden ser inflacionarios o no. Serán inflacionarios, fuera de toda duda, si se financian creando moneda o imprimiendo billetes".

Esa es exactamente la causa de que -según cifras del BCV- la inflación en Venezuela haya alcanzado el 270,7% en el 2015, con mucho la más alta del mundo.

Para impedir que los gobiernos puedan obligarlos a crear moneda e imprimir billetes destinados a financiar el déficit fiscal, en las economías modernas los bancos centrales son autónomos. Pero los gobiernos autoritarios se niegan a aceptarlo. Por eso tanto la Asamblea saliente como el presidente Maduro vía Habilitante, aprobaron a última hora medidas para liquidar totalmente la autonomía del Banco Central y quitarle al Parlamento las facultades que tiene en materia de designación de directores o destitución del Directorio. A la vez resulta insólito que quieran impedir que el Banco Central suministre informaciones estadísticas relacionadas con la inflación, PIB, déficit fiscal y otras. El gobierno pretende que tales datos sean un secreto de Estado.

Facultades

Vano intento del oficialismo. Se trata de facultades que tiene la Asamblea Nacional establecidas en los artículos 31, 319 y 320 de la Constitución. Aun los estudiantes de primer año de derecho saben que conforme a la Pirámide de Kelsen, la Constitución está por encima de las demás leyes y no puede ser modificada por vía de una ley, ni de una Habilitante.

Las referidas estadísticas ponen en evidencia el caos en que han hundido a nuestra economía. El gobierno cree que al ocultarlas a la población el impacto político sería menor. El grueso de la gente no tiene interés en informaciones técnicas, pero igual sufren a diario las consecuencias de la escasez y la inflación sin necesidad de que el BCV se los diga. A quien sí daña el gobierno es al aparato productivo y a los agentes económicos que necesita de esos datos para orientar sus inversiones y sus gastos, planificar la producción, realizar contratos, calcular el pago del ISLR y negociar contratos colectivos. Por supuesto, el daño agrava la escasez y contribuye a la caída del PIB.

El camino que está trazando el gobierno con su modelo, su incapacidad, su dogmatismo y su ignorancia, conduce inevitablemente a la hiperinflación y, peor aún, a una estanflación que es el peor cáncer que pueda padecer una economía y suele desgarrar el tejido social.

petoha@gmail.com
@josetorohardy


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martes, 13 de octubre de 2015

Chávez murió, el petróleo cayó y Maduro fracasó. Por José Toro Hardy


Curiosa campaña electoral la que estamos viviendo. En lugar de hablar del futuro, los candidatos del chavismo hablan del pasado y se aferran desesperadamente a Chávez: “Chávez vive”, repiten. Las loas al “comandante eterno” maximizan su imagen mientras minimizan la figura del actual.

Por José Toro Hardy / La Patilla

Quieren crear una religión entorno a la figura de Chávez, como si pretendiesen vender la idea de que va resucitar para venir a rescatarlos de los entuertos creados por el líder que lo remplazó.

Pretenden imitar el culto que los argentinos construyeron entorno a Perón, quien murió el 1 de julio de 1974 -hace 41 años- pero cuyo recuerdo aún gravita sobre la política argentina. Pero las diferencias entre Chávez y Perón son notorias. El último llegó a gobernar una nación que estuvo a punto de franquear la barrera entre en tercer mundo y el primero. Cuando uno aterriza en Buenos Aires (Ezeiza) sobrevuela kilómetros y kilómetros repletos de industrias. Y donde hay industrias, hay sindicatos. Ese era el secreto de Perón: sindicatos, enormes y poderosos -que además adoraban a Evita- que le sobrevivieron y que mantienen vivo su legado político.

Pero el comandante eterno no cuenta con esa ventaja. En Venezuela hasta los sindicatos fueron arrasados. Por eso Chávez murió y no será revivido. Quienes lo sustituyeron no tienen la autoridad moral para alimentar ningún mito.

Además, cayeron los precios del petróleo. Chávez llevaba una P de petróleo grabada en la frente. Basó su campaña electoral en una crítica feroz contra PDVSA y la Apertura Petrolera. Contó con la suerte de que el 2 de julio de 1997 estalla una crisis en Bangkok que afectó a Tailandia, Malasia, Indonesia y Filipinas, repercutiendo también fuertemente en Taiwán, Hong Kong y Corea del Sur y en menor grado a Japón e incluso a Singapur. Se la denominó la “primera gran crisis de la globalización“. Aquello provocó una caída inesperada en la demanda mundial de petróleo, que disminuyó en dos millones de barriles diarios con respecto a lo esperado. El resultado es que se desplomó el precio de los hidrocarburos.

En Venezuela el impacto fue brutal. En su peor momento la cesta venezolana llegó a 7 dólares el barril. Muchos creyeron que Chávez lo había previsto y que era un genio. Su popularidad creció como la espuma y en diciembre de 1998 arrasó en las elecciones. Ocurrió entonces otro fenómeno. La fuerte caída de los precios del petróleo estimuló una aceleración de la economía mundial y una rápida recuperación de los países afectados por la crisis, con lo cual se restableció la demanda y se fortalecieron los precios.

En los años siguientes Chávez navegó sobre una ola de precios petroleros nunca antes imaginados. De 7 dólares el barril llegaron a 116 dólares. Nunca entendió aquel líder que la característica fundamental de los precios del petróleo es su volatilidad y, en lugar de aprovechar aquel maná caído del cielo para promover una economía sustentable capaz de resolver de manera permanente los problemas sociales, se embarcó en políticas marcadamente populistas que lograron su objetivo: lo transformaron en un fenómeno político que lucía invencible. Pero en realidad era un ídolo con pies de petróleo, quiero decir de barro.

El sucesor de Chávez se encuentra ahora con dos problemas insuperables: Ya no está el comandante, ni tampoco cuenta con los ingresos petroleros que aquel disfrutó. En la actualidad cayeron hasta uno 40 dólares. Sin esos dos elementos, el legado que intenta mantener vivo ya no es viable.

La economía se hunde en problemas insuperables (al menos dentro del actual modelo): Venezuela padece la inflación más alta del mundo, el déficit fiscal resulta inmanejable, el bolívar fuerte se ha transformado en una de las monedas más débiles del mundo, la escasez –con un aparato productivo destruido por tres quinquenios de expropiaciones, controles y políticas irracionales- resulta insoportable, las colas que padecen los venezolanos cada día también lo son, ya no hay dólares, sin materias primas ni repuestos la industria se viene abajo, el PIB cae a niveles nunca antes imaginados (10% según estima el FMI), la inseguridad es rampante, faltan las medicinas, la salud y la educación destrozadas, el endeudamiento del estado y de sus empresas es abrumador, al país se le ha cerrado el crédito, PDVSA está severamente dañada, además la crisis eléctrica y la falta de agua agobian a Venezuela entera, al igual que la corrupción, la ineficiencia y el dogmatismo. La lista de los problemas es casi infinita. Es una crisis inducida por el populismo y el marxismo. Culpar de ellos a la “derecha maltrecha” o a una “guerra económica” supone presumir que el pueblo es idiota.

Y no lo es. Las encuestas nos dicen que la popularidad del actual gobernante ha caído a niveles deprimentes. Según José Antonio Gil -de Datanálsis- entre el 2012 y el 2015, el chavismo se ha reducido a la mitad. Y según nos dice la encuesta Venebarómetro al mes de septiembre el 77,9% de los ciudadanos valoran negativamente la gestión del gobierno de Maduro, el 89,3% piensa que la situación del país es negativa y agrega la encuestadora: casi 9 de cada 10 venezolanos les gustaría que cambiara la conducción del país. Según la encuestadora Hercon, a septiembre el 82,7% de los ciudadanos evaluaba negativamente la gestión de Maduro, el 82,6% piensa que las cosas van por mal camino y responsabilizan por ello al modelo impuesto por Nicolás Maduro. Según IVAD el 76,9% le tiene poca o ninguna confianza al mandatario en tanto que la encuestadora de Alfredo Keller sostiene que el 80% de los propios chavistas creen que un cambio es necesario.

Tres hechos resultan pues incuestionables: Chávez murió, el petróleo cayó y Maduro fracasó.

petoha@gmail.com

@josetorohardy


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martes, 22 de septiembre de 2015

El petróleo, para bien o para mal. Por José Toro Hardy


No cabe esperar un aumento del precio del crudo en el corto plazo

Por José Toro Hardy / El Universal

En 1913, se perfora el primer pozo petrolero en Venezuela: el Zumaque N° 1. A partir de allí, nuestra historia tuerce el rumbo.

La economía venezolana, que no había cambiado mucho desde la Colonia, comienza a recibir un creciente flujo de ingresos con lo cual la sociedad experimentaría profundas transformaciones en las siguientes décadas. Vendría más de un siglo de paz y Gómez gobernaría hasta su muerte en 1936.

En esos años el mundo cambió. Se había producido la revolución rusa y la instauración del marxismo en aquel país. Había tenido lugar la I Guerra Mundial. Según Marx un fantasma recorría al mundo: el fantasma del comunismo.

Estos sucesos impactaron profundamente en Venezuela. Una nueva generación de jóvenes -la Generación del 28- aguardaba impaciente el fin de la dictadura de Gómez. Se esperaba que iban a imponerse en la política venezolana. No fue así, por el momento. Eleazar López Contreras toma el poder y sienta las bases de la democracia. ¿Cómo lo logró con una sociedad en ebullición?

En su auxilio vino el petróleo. Entre 1936 y 1938 México nacionaliza el petróleo. En 1939 estalla la II Guerra Mundial. A Venezuela llega un importante flujo de inversiones que dan a López Contreras la estabilidad que necesitaba.

En 1941 llega al poder Isaías Medina. Venezuela era fundamental para la causa aliada. Aportamos más del 60% del petróleo que utilizaron en la guerra y, por ende desde EEUU hasta la URSS todos estaban interesados en nuestra estabilidad política. Y así fue.

Al terminar la guerra, todo cambia. Tres meses después Medina es derrocado. El petróleo venezolano ya no era tan necesario en el mundo. Vienen años de cambios políticos. Rómulo Gallegos no logra sobrevivir y es derrocado en 1948.

Estalla la Guerra Fría y con ello crece nuevamente nuestra importancia petrolera. Se temía una III Guerra Mundial. En Venezuela se instaura una Junta Militar presidida por Carlos Delgado Chalbaud y después por Marcos Pérez Jiménez.

Mientras tanto el comunismo trataba de apoderarse del Sudeste Asiático lo que desata la Guerra de Corea. El petróleo que requería el bando de EEUU era proporcionado por Irán. Pero en 1952 el Sha de Irán es derrocado por su primer ministro Mossadegh y se interrumpe la producción petrolera iraní. El avance del comunismo lucía incontenible. La importancia de nuestra petróleo aumenta aún más.

En 1954 Nasser nacionaliza el Canal de Suez y una vez más el mundo voltea la mirada hacia el petróleo venezolano y se otorgan nuevas concesiones en 1956 y 1957.

Aunque con libertades políticas menguadas, fueron años de enorme prosperidad para Venezuela. En 1957 cae Pérez Jiménez y se instaura la democracia.

A partir de 1967 comienza un ciclo de violencia en el Medio Oriente. Un conflicto tras otro afectan al mundo petrolero islámico. Todos voltean la mirada hacia nuestro país, lo que nos da una enorme importancia estratégica. El petróleo venezolano es vital para Occidente lo que le da una sólida estabilidad a los gobiernos democráticos. Fuimos considerados como el abastecedor más seguro y confiable del mundo.

En 1997 estalla otra grave crisis, esta vez fuera del mundo islámico. Se inicia en Tailandia y arrastra consigo a todo el Sudeste Asiático. La demanda de petróleo cae en casi 2 millones de barriles diarios con respecto a lo previsto. Los precios se derrumban hasta unos 7 dólares el barril para la cesta venezolana. El impacto en nuestra política fue dramático. Esa es la causa de que a finales de 1998 Chávez, que venía muy atrás en las encuestas, ganara las elecciones.

En los años siguientes los precios petroleros alcanzan niveles inimaginables. En su momento cúspide llegaron a 116 dólares por barril para la cesta venezolana, lo cual alimentó una política populista sin precedentes y un fortalecimiento del chavismo basado en una política de reparto tanto a nivel nacional como internacional.

Este régimen nunca imaginó que los precios caerían. No tomaron ninguna precaución. Ahora se están yendo a pique drásticamente. Puesto que el petróleo representa el 96% de los ingresos de divisas del país, el impacto es feroz. Esto sucede en medio de un proceso electoral con una caída radical de la popularidad del régimen. No cabe esperar un aumento del precio del petróleo en el corto plazo.

No es que $40 sea un precio bajo. Es que bajo el actual modelo ningún precio sería suficiente. Ya no tenemos capacidad para incidir en el rumbo que tomen los mercados, pero si tenemos la capacidad de actuar sobre el modelo que nos han impuesto.

El petróleo, como siempre, tendrá un impacto determinante en nuestra política. Algunos piensan: el petróleo los trajo y que el petróleo se los llevará.

petoha@gmail.com
@josetorohardy


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martes, 11 de agosto de 2015

¿Gravitará en nuestra historia para siempre?. Por José Toro Hardy


Estamos atravesando por una de las peores crisis económicas. ¿Cuándo se gestó?

Por José Toro Hardy / El Universal

Los venezolanos estamos atravesando por una de las peores crisis económicas de nuestra historia. ¿Cuándo se gestó?

Muchos creen que es simplemente el resultado de la caída de los precios del petróleo. Representando el petróleo cerca del 96% de los ingresos totales en divisas su baja inevitablemente tenía que producir una gravísima situación; sin embargo, la crisis que padecemos -y que se profundizará- se sembró durante los años en que el petróleo había alcanzado los precios más elevados por el período más largo que se conoce.

La característica fundamental del petróleo es la volatilidad de sus precios. Pero en nuestro país el conocimiento fue reemplazado por el dogmatismo y la experiencia por la petulancia revolucionaria. Creyeron que los precios se mantendrían elevados para siempre, convencidos -tal como lo sostenía Hubbert- que las reservas mundiales de petróleo ya no crecerían al ritmo que lo hacía la demanda. La conclusión de Chávez fue que el barril de petróleo pronto alcanzaría los 200 dólares.

Para él, lo único que hacía falta para que la revolución se mantuviese a perpetuidad era utilizar aquél abundante maná negro para crear una inmensa base política que garantizarse el apoyo popular.

Había que destruir cualquier otro mecanismo de generación de riquezas a fin de que la población dependiese únicamente de la voluntad del príncipe. Centenares de miles de industrias y empresas de todo tipo fueron llevadas a la quiebra. Infinidad fueron expropiadas, cerca de 4 millones de hectáreas productivas también lo fueron en el agro.

Importar bienes

Nada, nada importaba. Con la montaña de dólares a disposición del Estado era preferible importar los bienes que se requiriesen para mantener satisfechos tanto al pueblo como a los gobiernos de los nuevos socios geopolíticos que apoyasen al régimen: China, Rusia, Irán, etc.

Bajo la óptica del gobierno, también era preferible financiar a los países del Caribe mediante subsidios petroleros. De esta forma se garantizaban cerca de 15 votos en la OEA. Y por supuesto al ALBA, fortaleciendo así a quienes constituían una alternativa al ALCA propuesta por el odiado imperio. Eran pocos los gobernantes que resistían la tentación de recibir un apretón de una mano embadurnada de petróleo.

Se establecieron prioridades: "Contribuir al desarrollo de una Geopolítica Internacional en la cual tome cuerpo un mundo multicéntrico y pluripolar que permita lograr el equilibrio del Universo y garantizar la paz planetaria", (sic) como reza el Plan de la Patria.

Importante

Había que impedir el fortalecimiento del aparato productivo nacional en manos de un empresariado que no podía ser controlado por el gobierno. Ahí está el caso de Polar. No importaba el país, lo único importante era la revolución.

En cuanto a soluciones sostenibles para los pobres, eso ya lo aclaró el general Guaicaipuro Lameda en entrevista donde narra las posiciones de Giordani -ministro estrella y maestro de Chávez- "Los pobres tendrán que esperar. Los necesitamos pobres".

Se cumplió la visión de Pérez Alfonzo. El petróleo pasó a ser "el excremento del diablo".

Autonomía

Así, la revolución creó un colosal aparato burocrático. Destruyeron y arrodillaron a Pdvsa. Acabaron con el equilibrio de los poderes y con los DDHH. Eliminaron la autonomía del BCV y lo transformaron en una imprenta que, con el apoyo del TSJ, se niega a cumplir con las obligaciones que le establece la ley de informar acerca de indicadores fundamentales de la economía. La educación y la salud también fueron víctimas. Pulverizaron la moral y los valores (entre ellos el del trabajo).

Los objetivos de la revolución se venían alcanzando a paso de vencedores. Pero ocurrieron dos eventos que no esperaban. El primero fue que murió el líder. El segundo que se derrumbaron los precios del petróleo. Todo empezó a venirse abajo como un maderamen podrido.

Venezuela se halla sumida ahora en un trance que estruja el alma y que muchos temen podría devenir en crisis humanitaria. Esto no surgió con la caída de los precios. Al contrario se gestó cuando éstos estaban más altos. Sus progenitores fueron el rentismo petrolero y el populismo dogmático.

petoha@gmail.com

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martes, 30 de junio de 2015

Venezuela: grandes crisis y escasez. Por José Toro Hardy


En su historia reciente Venezuela enfrentó profundas crisis económicas

Por José Toro Hardy / El Universal

No recordábamos los venezolanos una situación de escasez como la que padecemos. En su historia reciente Venezuela enfrentó profundas crisis económicas, entre ellas:

La crisis de los 60

Durante el gobierno de Rómulo Betancourt Venezuela sufría dolores de parto de la democracia. La economía experimentó una contracción que se ensañó particularmente con la industria de la construcción. Se aplicó un control de cambio. Los gastos de consumo privado crecieron a una tasa de 5,5% al año, la mitad que entre 1950 y 1957. Sin embargo, no padeció la sociedad los niveles de escasez que hoy se sufren.

El "viernes negro"

De profundas implicaciones tuvo lugar en el año de 1982 durante el gobierno de Luis Herrera Campins. Después de años de abundancia petrolera (primer shock petrolero 1974 y la caída del Sha de Irán 1979), ya para 1982 los precios se derrumban. Estalla el llamado "Viernes Negro" y el tristemente célebre Recadi. Sin embargo, la sociedad no padeció de los niveles de privaciones que se sufren hoy.

La crisis financiera

En 1994 durante el segundo gobierno del presidente Caldera. El epicentro fue el sector financiero y prácticamente la mitad del mismo fue barrido. Se aplica un control de cambios que condujo a la quiebra de unas 70.000 medianas y pequeñas industrias impedidas de obtener divisas para adquirir insumos. Finalmente el Gobierno da un giro en sus políticas y recurre a la Agenda Venezuela, devalúa el bolívar en un 70%, aumenta el precio de los combustibles en un 800%, se revisa la Ley Orgánica del Trabajo siguiendo pautas de una Comisión Tripartita y se ejecuta la Apertura Petrolera. Fueron años difíciles que se agudizaron con una fuerte caída de los precios del petróleo (en su peor momento llegaron a 7 dólares el barril); pero aún así, la sociedad no se vio enfrentada a los niveles actuales de escasez.

La crisis bolivariana

Así, llegamos a la revolución bolivariana. Se auguraban años de abundancia. Los precios petroleros aumentaban marcadamente por la recuperación del sudeste asiático, cuya demanda de petróleo, después de haber caído en cerca de 2 millones de barriles diarios, había retomado un vigoroso crecimiento arrastrando consigo los precios de los hidrocarburos al alza. La planificada toma de Pdvsa y el despido de 20.000 de sus trabajadores (que incluía al 75% de su nómina ejecutiva donde se concentraba la mayor parte del conocimiento), produjo un severo impacto en nuestra economía; sin embargo, en los años siguientes los precios alcanzaron niveles nunca antes soñados (la cesta venezolana llegó a unos 116 dólares por barril). El Gobierno parecía tener ahora todo a su favor. Dispuso de los enormes ingresos adicionales sin control alguno, creando fondos paralelos que se erogaban al margen del presupuesto aprobado por la Asamblea Nacional.

La sensatez indicaba aprovechar aquella situación excepcional para crear condiciones para un crecimiento sustentable de la economía y una solución y sostenible de los problemas sociales del país.

Pero privó un programa dogmático que le dio la espalda a los fundamentos básicos de la economía y en buena medida de la democracia misma, causando un profundo perjuicio al aparato productivo, con una enorme mortandad de empresas, comenzando por el daño a la propia Pdvsa y al sector agroalimentario, expropiando a productores de campo (cerca de 4 millones de hectáreas), a Agro Isleña y atacando por mampuesto a Polar que es el grupo empresarial más sólido del país. Esta situación merece un análisis aparte. Mediante recursos propios de un populismo exacerbado y un irrespeto total a la independencia de los poderes públicos se intentó crear una base política que garantizase el control y permanencia indefinida en el poder por parte del grupo gobernante.

El resultado era inevitable. El aura de invencibilidad se basaba simplemente en los precios petroleros más altos y durante el período más largo de la historia. No entendió el Gobierno que si algo caracteriza los precios de los hidrocarburos es su volatilidad.

Como tenía que pasar, los precios se desplomaron y con ellos el país cayó de rodillas en lo que parece la crisis económica más profunda que haya conocido Venezuela. Las reservas internacionales se derrumban y no hay dólares para importar insumos ni bienes de consumo. La diferencia con las crisis anteriores es que ésta golpea duramente a los venezolanos con la inflación más alta del mundo, una escasez creciente nunca antes conocida y un aparato productivo que ha sufrido severos daños. La inflación, incontrolable, campea por sus fueros alimentada por la impresión de dinero inorgánico del BCV a fin de financiar el déficit fiscal.

Pero lo peor está todavía por venir. también lo mejor.

pdetoha@gmail.com

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martes, 16 de junio de 2015

Pdvsa es otra. Por José Toro Hardy


Antes disponía de infinidad de terminales y una red de oleoductos en Estados Unidos

Por José Toro Hardy / El Universal

La Pdvsa meritocrática llegó a producir 3,7 millones de barriles de crudo por día en 1997, con una capacidad de refinación alcanzaba los tres millones de barriles/día en el mundo, con producción petroquímica de 4,1 millones de toneladas año, una producción de carbón de 5,1 millones de toneladas al año, que producía 4,7 millones de toneladas de Orimulsión y adelantaba el proyecto Cristóbal Colón para el aprovechamiento de las enormes reservas de gas no asociado al Norte de la península de Paria.

Aquella empresa estaba asociada en Jose con 4 grandes centros de mejoramiento de crudo para la conversión de los petróleos extrapesados de la Faja en crudos sintéticos de alto valor.

Era una corporación energética global que contaba en Venezuela con 5 grandes refinerías: Amuay, Cardón, Bajo Grande, El Palito, Puerto La Cruz y San Roque; y a nivel internacional contaba con 7 grandes refinerías en EEUU: Lake Charles, Paulsboro, Chalmette, Corpus Cristi, Saint Croix, Lyondelle, Savanah, Sweney, Lemont; contaba con la propiedad compartida de 4 refinerías en Alemania en asociación con Ruhr Oel; tres refinerías en Suecia, Bélgica y el Reino Unido en asociación con Nynas; una refinería en Curazao, además de un centro de almacenamiento Bopec- Borco en el Caribe y una flota de supertanqueros.

De Sur a Norte

Aquella empresa disponía de infinidad de terminales y una red de oleoductos en EEUU que atravesaban ese país de Sur a Norte y a lo largo del Golfo de México. Contaba con cerca de 15.000 estaciones de servicio abanderadas con la marca Citgo, filial que pertenecía 100% a Pdvsa y que llegó a controlar el 10% del mercado interno de combustible en EEUU.

Podíamos llevar el petróleo desde nuestros propios yacimientos hasta los tanques de gasolina de los automovilistas americanos pasando todo el tiempo por instalaciones venezolanas.

Era además Pdvsa no sólo la segunda mayor empresa petrolera del mundo, sino que además éramos la que tenía menor nivel de endeudamiento y mejores índices de estabilidad, solvencia, rentabilidad, utilidad neta, solidez, etc.

Pero esa tacita de plata fue sacrificada en el altar de la revolución. Hoy es la Pdvsa "de todos" y de ella se benefician todos los cubanos, los nicaragüenses, los haitianos, los bolivianos, los ecuatorianos, los salvadoreños, los dominicanos, los jamaiquinos, guyaneses, los uruguayos, etc. Los niveles de eficiencia de la Pdvsa "de todos" se han venido al suelo. La producción petrolera ha caído dramáticamente y el nivel de mantenimiento de las instalaciones da vergüenza.

Pdvsa perdió también su misión y su visión. Antes era una empresa petrolera, ahora no sabemos lo que es. Parece más bien un centro de adoctrinamiento asfixiado en un mar de dogmatismo y politiquería.

Pdvsa es hoy en día responsable de la inflación que padecemos los venezolanos. Con un déficit en su flujo de caja (que algunos estiman en unos 19.000 millones de dólares al año), la única forma de que la empresa sobreviva es con apoyos financieros del BCV, mediante la emisión de dinero inorgánico. Ese dinero se incorpora a través de Pdvsa a la masa monetaria que circula en el país. Es la causa de la inflación que está destruyendo a nuestra economía.

Padecimiento

Ese dinero írrito (por calificarlo de alguna forma) genera demanda de bienes, pero como existe una inmensa escasez, lo que termina logrando es un grave impacto en el nivel de los precios. Es la causa de las inmensas colas que tenemos que hacer los venezolanos cada vez que vamos a un automercado, para salir después frustrados porque no conseguimos los bienes más elementales que requerimos. Ese dinero nos ha llevado a padecer la mayor inflación del planeta. Ese dinero está creando distorsiones de todo tipo que humillan a los ciudadanos. En muchos automercados y redes de farmacias se están instalando captahuellas que es una de las formas de racionamiento más perversas que conoce la humanidad. Se ha llegado al extremo inaudito que para comprar un simple rollo de papel toilette, tengamos que colocar nuestra huella digital en esas máquinas captahuellas, sin que los ciudadanos podamos saber que fin ulterior pretende darle el gobierno a esos archivos de huellas digitales.

Pero peor aún, ante la grave escasez que impera, los bolívares excedentarios se desvían hacia la compra de dólares en el mercado paralelo, contribuyendo así a una espiral indetenible de su valor. Esos dólares, llegan a transformarse en la referencia que tiene que usar el comercio a la hora de estimar el costo de la reposición de sus inventarios. Todo este mecanismo absurdo es causado por la ignorancia y el dogmatismo de quienes hoy en día manejan no solo nuestras políticas públicas, sino además el BCV y Pdvsa.

petoha@gmail.com

@josetorohardy


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lunes, 25 de mayo de 2015

¿cuánto vale en verdad un dólar? Por José Toro Hardy para Runrunes


Por José Toro Hardy / Runrunes

En enero de 1999, cuando el gobierno de Chávez asumió el poder, el dólar “paralelo” costaba Bs 573,86. Abrumado por los problemas y la inflación que desataron las políticas públicas en los años siguientes, el gobierno optó en enero del 2008 por quitarle tres ceros al bolívar. Se trató puramente de un maquillaje contable. No se adoptó ninguna otro mecanismo capaz de contribuir a fortalecer al ficticiamente llamado “Bolívar Fuerte”. El sucesor de aquel dólar paralelo es el dólar libre de hoy, que por costumbre se le sigue llamando dólar paralelo. Para la fecha en que escribo estas líneas el dólar libre o paralelo está en Bs 423,39. Eliminada la ficción de los tres ceros, en realidad estamos hablando de Bs 423.390,oo de los de antes por 1 dólar. En otras palabras, el dólar paralelo es 738 veces más caro que al asumir el gobierno.

En medio del demencial sistema de cambios diferencial que rige, los alimentos y las medicinas se siguen importando a un tipo de cambio de Bs 6,30 por dólar, otras importaciones menos prioritarias se pagan a 12 y que el Simadi está cerca de Bs 200. Pero la realidad es que pareciera que sólo el gobierno tiene acceso a ese dólar a 6,30 y que las otras dos tasas oficiales brillan por su ausencia, debido a que el gobierno de manera inexplicable carece de dólares suficientes para alimentarlos.

Así como el valor del petróleo venezolano utiliza como referencia el crudo Brent, a la hora de fijar el precio de muchos bienes en Venezuela, el valor de referencia es el dólar paralelo, es decir, el cuarto tipo de cambio del régimen diferencial. Ese el único dólar al cual tienen acceso los venezolanos -siempre y cuando puedan pagarlo- y por tanto es el que se utiliza para calcular el costo de reposición de los inventarios en el comercio.

Ahora bien, muchos sostienen que no es posible que el valor de este tipo de cambio paralelo lo fije una página WEB en la frontera. Eso no es del todo cierto . El verdadero responsable del valor de la moneda no es otro que el BCV al imprimir a diario ingentes cantidades de bolívares sin respaldo.

Ese mismo mecanismo perverso de financiar el déficit fiscal a través del Banco Central de Venezuela es el que ha llevado al país a padecer de la más alta inflación del mundo, lo cual a su vez contribuye fuertemente a propiciar la devaluación.

La autonomía de los bancos centrales tiene una razón de ser. Se ha demostrado hasta la saciedad que cuando las instituciones que emiten moneda se arrodillan frente a los gobiernos, terminan -de una u otra forma- imprimiendo dinero inorgánico para cubrir el déficit fiscal, desatando así una tragedia inflacionaria. Tal situación se torna tanto más grave cuando se trata de gobiernos populistas y dogmáticos que desprecian (o ignoran) hasta los más elementales fundamentos de la economía.

Los bolívares inorgánicos que imprime el BCV para cubrir el déficit fiscal (y el déficit en el flujo de caja de PDVSA y otras empresas del estado) inevitablemente se incorporan a la masa monetaria y generan demanda de bienes y servicios. Pero como hay una enorme escasez de esos bienes, el dinero sin respaldo que imprime el Banco Central -después de impactar severamente el nivel de los precios internos- se desvía a la compra de dólares paralelos y por lo tanto se crea un sistema vil que se retroalimenta y crece como una bola de nieve.

Y eso nos lleva a una pregunta: ¿cuánto vale en verdad un dólar?

La respuesta no es sencilla. No me voy a referir al valor del dólar implícito ni a ningún otro tecnicismo a los cuales somos propensos los economistas. Al igual que cualquier otro bien, el valor de un dólar es el que la gente esté dispuesta a pagar por él. “Lo demás es paja” como dijo Luis Vicente León.

En el fondo es un tema de confianza y de expectativas. Mientras menos confianza haya en el gobierno, más será lo que la gente estará dispuesta a pagar por el dólar. Si el gobierno no es capaz de controlar el déficit fiscal, ni dejar de imprimir dinero inorgánico, ni de dejar de endeudarse alocadamente, ni controlar la inflación, ni de estimular la economía del país, ni abandonar sus ruinosas prácticas populistas, ni controlar la corrupción, ni subsidiar a otros países, inevitablemente la gente estará dispuesta a pagar cada vez más por el dólar. Casi no hay límites.

Cada vez el gobierno radicaliza más sus errores. Algunos piensan que no son errores sino una estrategia.

Ninguna economía sensata del mundo recurre a sus bancos centrales para financiar el gasto público porque ese es un camino seguro al infierno inflacionario y la destrucción de la moneda. Pero, después de varias modificaciones de la ley respectiva, el BCV fue tomado por asalto y sus funciones ya no corresponden a las de un Banco Central. Hoy es un brazo más de la revolución, armado con la letal potestad de imprimir dinero inorgánico para financiar el déficit fiscal. El daño a la economía venezolana es abismal. ¡Qué desastre!



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