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miércoles, 17 de febrero de 2016

Entonces, ¡que pida un reposo!. Por Marianella Salazar


Marianella Salazar

El derrumbe estrepitoso de la revolución chavista es una lamentable tragicomedia que vivimos con estupor y que asombra al mundo, que sigue sin entender cómo un país con tantos recursos, como el petróleo, terminó en manos de una banda de malandros, narcotraficantes, estafadores y mitómanos, dirigidos por un inepto que se ha fijado como meta suicidarse políticamente y, en su intento, llevarse al país hasta el mismísimo infierno.

La vorágine de la ruina económica y moral que carcome a Venezuela comenzó una acelerada espiral que debe ser detenida en el plazo más inmediato posible. Maduro lleva tres años de su errático gobierno anunciando que hará anuncios, y lo único que hace es encarcelar a los dirigentes opositores que plantearon la transición para evitar la crisis humanitaria que hoy estamos sufriendo.

El juicio al alcalde Antonio Ledezma y los 16 años de cárcel que pide para él la Fiscalía es un vergonzoso linchamiento judicial; acusarlo de conspirador es hacerlo con millones de venezolanos que clamamos por un cambio y lo expresamos con el voto el pasado 6 de diciembre. Mientras tanto, las cárceles de alta peligrosidad se han convertido en las sedes del pranato que gobierna las calles en todo el país y las mafias de las drogas, enquistadas en el poder, se declaran entre ellas la guerra.

El terror ante el posible acuerdo entre la Fiscalía de Nueva York y los “narcosobrinos” tiene a los carteles ajustando cuentas. El asesinato –dentro de una camioneta blindada– de Renny Rojas, efectivo de la Dirección de Contrainteligencia Militar y jefe de seguridad del “empresario” Samark López (muy vinculado al gobernador Tareck el Aissami), ha sido otro de los crímenes “invisibilizados” por el régimen; y luego está la detención in fraganti con 400 kilos de cocaína, en un vehículo de la Guardia Nacional, del mayor Juan Sorda Ojeda, asistente de Hugo de los Reyes Chávez en Barinas. Son casos que hablan por sí solos de la podredumbre que transpira a través de los hilos descosidos de una dictadura letal a punto de implosionar. El narcotráfico en el seno de la FANB constituye una de las amenazas más graves al Estado venezolano; los narcosoles es un tema que se aborda a diario en lo interno de las Fuerzas Armadas.

Ante la gravedad del momento, Maduro luce suspendido e incoherente. Entre tanto, las cúpulas del poder se reúnen para hablar de la sucesión y de cómo preservar el pellejo. En los mandos militares medios hacen saber que garantizarán la transición democrática y constitucional que el pueblo clama. Las últimas horas llenas de rumores sobre una eventual expropiación de Empresas Polar y la detención del empresario Lorenzo Mendoza hacen recordar la famosa cadena del pitico, cuando Chávez despidió ilegalmente a la alta gerencia de Pdvsa gritando en vivo y directo: “¡Pa’ fuera!”. A los cuatro días el Alto Mando Militar “le solicitó al señor presidente la renuncia de su cargo, la cual aceptó”.

La historia puede repetirse, y si no quiere renunciar que pida un reposo médico, como los que presentaba el Sindicato del Metro de Caracas por supuesta depresión psiquiátrica, con los que batió récord nacional como reposero. Hubiera sido un peligro en las calles como chofer, ahora es toda una amenaza. Nicolás Maduro ofrece la impresión del conductor que se bajó del autobús y corre a su lado para no perderlo, pero sin subirse de nuevo, y dando órdenes desde abajo que nadie sigue, manipulando un mando a distancia que no existe.

Este bus llamado Venezuela corre sin conductor a toda velocidad. Alguien tendrá que hacerse cargo de los mandos para no estrellarnos.


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