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miércoles, 12 de julio de 2017

Aquí lo que hay es hambre. Por Elides J. Rojas


ELIDES J. ROJAS L. | EL UNIVERSAL

Los venezolanos se fueron a la calle desde hace más de tres meses. Protestas de todo tipo. Trancazos, plantones, marchas, guarimbas, oraciones, vigilias. Plomo, gases, muertes, presos, heridos. Casi todo el abanico mundial de la manifestación. Y no es de gratis. Enumerar las razones de tanto descontento sería ocioso. Lo sabe todo el mundo dentro y fuera del país.

Tan es así que ya no se habla de gobierno chavista. Se habla de régimen con toda la razón. Por estos días han sacado todas las fuerzas de la represión contra la gente. Guardias nacionales, policías nacionales y los llamados paramilitares chavistas o colectivos han exhibido toda su furia contra la población que no siempre está protestando por razones ideológicas. De hecho la mayoría de las manifestaciones tienen como base el hambre, la falta de comida, el alto costo de la vida, la falta de gas, la escasez de productos y hasta las dificultades para adquirir medicamentos. Está claro que, más allá de socialismo o militarismo, si la gente no tiene comida ni trabajo decente la inestabilidad y el descontento serán los marcadores del día a día del país. Como viene ocurriendo, luego de casi 19 años de fracaso en fracaso.

Pero, sin exageración alguna, en los últimos meses son inocultables las muchas manifestaciones de hambre pareja que ofrecen las calles de Venezuela. Veamos algunas crónicas.

Candelaria. Caracas. Cuatro esquinas. Varios negocios. Varios hechos. El primero. Un hombre se detiene a comprar una chicha en la calle. Dos niños se le guindan literalmente al pantalón. Deme un traguito, señor. Déjeme la mitad de la chicha, señor. Bríndeme una chicha. El señor opta por dejarles la mitad del vaso plástico. Y les dice no puedo comprar otra. Vale 2.500 bolívares. No tengo plata para estar regalándola así.

El segundo. A metros de la primera. Una señora compra un dulce en una panadería frente a la plaza. Varios mendigos hacen vida en la calle estratégicamente situados para pedir al que entra y con más énfasis a los que salen. Esta señora les dice a los solicitantes hambrientos: esto es lo que tengo. Y les da 100 bolívares. Le dijeron a gritos que con eso no se compra ni un pan.

Tercero. La cuadra que da hacia la avenida Urdaneta. Una señora bastante joven con cuatro niños casi de la misma edad, echada en la acera, le tira la mano a todo el que pasa: tenemos dos días sin comer. Tengo cuatro hijos y no tengo trabajo. Un señor se detiene y le dice: ¿y su marido dónde está? Ella dice: no tengo marido. Y el señor la termina de cortar, señalando a Miraflores: Vaya y pídale a Maduro, es el hijo de Chávez. Tienen mucha plata. Solo diga que votará por él y su Constituyente. Se escuchó un insulto a gritos desde el suelo.

Cuarto. Calle que da hacia el edificio nuevo, frente a la plaza. Allí se ubican al menos cinco familias de indigentes que duermen en las escaleras sobre cartones y al aire libre. Todo el que pasa les lanza algo. Esta vez un joven tiró unas galletas para perros, pues ahí hay otro montón de perros; pero su objetivo, por ahora, no fue cumplido. Unos niños les arrebataron las galletas a los perros antes de que pudieran darles siquiera el primer mordisco.

Esto ya es habitual. Es parte de la panorámica caraqueña, del centro socialista caraqueño. Y eso solo tiene un nombre: hambre.

Sí. Se llama hambre.


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