Otro Blog del Grupo Noticias en Tweets »» Sígueme en Facebook Sígueme en Twitter Síguenos en Instagram Suscríbete a NT Youtube Suscríbete Gratis Síguenos en Google +

Mostrando entradas con la etiqueta Miguel Ángel Santos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Miguel Ángel Santos. Mostrar todas las entradas

jueves, 11 de febrero de 2016

Dios no proveyó. Por Ricardo Hausmann y Miguel Ángel Santos


Miguel Angel Santos | Prodavinci

Venezuela se encuentra en un momento de extrema fragilidad que ya está causando un inmenso daño social y podría devenir en una catástrofe de magnitudes nunca antes vistas si no hacemos algo pronto. Tras diecisiete años de disparates, todos los cimientos del país han cedido en rápida sucesión. Y la solución esta vez va mucho más allá del repertorio de herramientas y respuestas que hemos utilizado en el pasado para resolver nuestras crisis.

Para entender por qué, es bueno repasar los números actuales y recordar cómo llegamos aquí.

En estos tiempos de penuria, parece mentira que hace apenas tres años vivíamos en la abundancia más grande e irresponsable de nuestra historia. En el año 2012 el precio del petróleo promedió 103 dólares por barril. Según el Banco Central de Venezuela (BCV), exportamos 97.340 millones de dólares e importamos, entre bienes y servicios, 75.300 millones.

A pesar de la bonanza, el sector público registró un déficit de 17,5% del PIB, una cifra demencial, totalmente inaudita en un país que debía haber ahorrado su buena suerte para cuando ésta se agotara. Dicho de otra forma, en el último año electoral de Hugo Chávez el gobierno gastó como si el precio del petróleo fuese de 197 dólares por barril. Y la diferencia fue cubierta con una combinación de endeudamiento e impresión de dinero.

Ese año los desequilibrios alcanzaron su clímax, pero los desvaríos venían desde tiempo atrás. Entre 2006 y 2014, en medio de la bonanza petrolera más prolongada de nuestra historia, Venezuela multiplicó por cinco su deuda externa. Mientras tanto, otro países aprovecharon los buenos precios de sus materias primas para fortalecer su balance en moneda extranjera, ya sea reduciendo la deuda externa o acumulando activos internacionales. Kazajistán, por ejemplo, aprovechó las vacas gordas para crear un fondo de ahorro equivalente a siete años de contribución fiscal petrolera.

El gobierno de Venezuela, por el contrario, lo aprovechó para declararle la guerra al sector privado, poniéndose a competir con importaciones baratas, racionándole el acceso a divisas para importar, expropiándolo u ocupándolo, regulándole los precios y márgenes, criminalizando los inventarios e inclusive la exportación y sujetándolo a un sin número de regulaciones que acabaron por extinguir su rentabilidad.

Las consecuencias de esta cadena de políticas en términos de abastecimiento fueron camufladas detrás de un enorme boom de importaciones financiadas con petróleo y deuda. Y así se creó la ilusión del socialismo posible, mientras se debilitaba nuestra capacidad productiva y se hacía al país más vulnerable a una eventual caída del petróleo que hoy se ha materializado.

El año pasado, Venezuela exportó alrededor de 37.000 millones de dólares, algo más de un tercio de nuestras exportaciones del 2012. Por esa razón, apenas pudimos importar 50.000 millones de dólares entre bienes y servicios. Esa caída en importaciones, dada nuestra incapacidad para sustituirlas con producción local, tuvo consecuencias dramáticas en términos de desabastecimiento, colas para adquirir alimentos y medicinas, caída del salario mínimo en 51%, caída en la producción de alrededor de 10% y una inflación superior a 250%.

Aún así, vale la pena preguntarse: ¿cómo hizo Venezuela para importar 50.000 millones de dólares en bienes y servicios (34% menos que en 2012), si apenas exportamos 37.000 millones de dólares (62% menos que en 2012)?

Más aún: ¿de dónde salieron los 26.000 millones de dólares de diferencia entre lo que entró por exportaciones y lo que tuvimos que pagar por importaciones de bienes y servicios, e intereses y principal de deuda?

Pues salieron de caídas en las reservas internacionales líquidas (5.700 millones), empeños del oro monetario (3.500 millones), adelantos de acreencias que teníamos en Petrocaribe con un descuento de 45% (3.700 millones), uso de nuestros derechos especiales de giro en el Fondo Monetario Internacional (2.300 millones) y endeudamiento contratado a nivel de CITGO para pagar dividendos a PDVSA (2.000 millones). Además, se renovó el Tramo B del Fondo Chino (5.000 millones, de los cuáles es difícil precisar cuánto es financiamiento neto), se liquidaron activos (entre ellos la refinería Chalmette, en Louisiana) y se dejó un monto impreciso de importaciones sin pagar.

En resumen, el año 2015 no sólo fue uno de los peores años de nuestra historia, sino que además fue un año en el cual tuvimos que “raspar la olla” con el petróleo venezolano a 45 dólares por barril y una combinación de liquidación de activos y contratación de deudas imposible de repetir.

Y la pregunta ahora es cuánto vamos a poder importar en 2016, si en lo que va de año la cesta venezolana ha promediado 25 dólares el barril.

Sin importaciones, no tendremos las cosas que ya no hacemos en Venezuela ni las materias primas para poder hacer las que sí sabemos hacer. A estos precios, las exportaciones de Venezuela no llegarían a 22.000 millones de dólares. Nuestro servicio de deuda pública externa totaliza 10.300 millones de dólares, sin incluir unos 6.000 millones por servicio de préstamos del Fondo Chino.

Aún asumiendo que los chinos nos renuevan el crédito, apenas tendríamos algo menos de 12.000 millones de dólares para importar. Eso es apenas 25% de lo que importamos en el 2015, lo que llevaría a una contracción económica de una magnitud nunca vista en Venezuela, equivalente a las registradas tras grandes catástrofes naturales o situaciones de guerra a nivel mundial.

¿No podemos liquidar más reservas para importar más? Las reservas internacionales netas, valorando el oro a su precio de mercado y restándole las cantidades que ya han sido empeñadas, no llegan a los 10.000 millones de dólares. Con esto podríamos importar 22.000 millones (56% menos que en 2015), pero si decidimos utilizarlas todas en 2016, no tendríamos nada en la bóveda para hacerle frente al 2017. Y si usamos los activos de PDVSA para importar comida y bienes de consumo, se acentuaría el ritmo de caída en la producción petrolera de los últimos años.

¿Y los mercados internacionales? Están completamente cerrados. Como hemos comentado líneas más arriba, Venezuela agotó su capacidad de endeudamiento en la época de bonanza y hoy en día tiene la mayor prima de riesgo soberano del mundo: 3.627 puntos básicos o 36,26% de interés por encima de títulos de igual duración emitidos por el Tesoro de Estados Unidos.

Otras fuentes posibles de financiamiento, como los Derechos Especiales de Giro en el Fondo Monetario Internacional o el descuento de créditos petroleros ya fueron agotadas el año pasado. En el FMI, Venezuela apenas cuenta con 700 millones de dólares. Peor aún: el 84% de nuestras acreencias petroleras actuales están en Cuba, Nicaragua y Haití, tres países que no parecen estar en capacidad de pagarle por adelantado a Venezuela.

Hay quienes han argumentado que todos nuestros males se resolverían con una devaluación o, más aún, con una unificación cambiaria. Esta decisión promovería un uso más racional de nuestras escasas divisas, eliminando los incentivos a la sobrefacturación de importaciones.

También se dice por ahí que la devaluación reduciría el déficit fiscal, porque aumentaría el valor en bolívares de nuestras exportaciones petroleras. Si bien los efectos de eficiencia en la asignación de divisas de una devaluación y unificación cambiaria son acertados, la posibilidad de que corrijan el déficit fiscal es mucho más remota.

Para entender por qué, es bueno resaltar que las devaluaciones tienen un impacto positivo sobre las cuentas del sector público en la medida en que el sector público tenga un superávit en su balanza de pagos. Así, una devaluación aumenta el valor en bolívares de los ingresos en divisas más que el de sus gastos en dólares, resultando en una mejora en su saldo en bolívares.

En 2016, con las obligaciones actuales, es improbable que el sector público registre un superávit en dólares: tiene 22.000 millones en exportaciones, importó 26.700 millones el año pasado y debe cancelar entre 10.000 y 16.000 millones de dólares en servicio de deuda, según se logre refinanciar la deuda con los chinos. Esto implica que se requeriría un brutal recorte de las importaciones públicas para que el gobierno pueda tener un superávit de divisas.

Esto no había pasado nunca en la historia de las crisis anteriores de la Venezuela petrolera.

Ni en 1960, ni en 1983, ni en 1989, ni en 1996, ni en 1998, ni en 2002 ni en 2009.

No habíamos caído en hiperinflación porque, cada vez que nos metíamos en problemas, devaluábamos. Y dado el superávit en divisas, disminuía el déficit fiscal. Ahora la devaluación muy probablemente aumente el déficit fiscal, incrementando la necesidad de imprimir dinero y acelerando la inflación.

Esta nueva realidad ocurre por la confluencia de tres factores: haber multiplicado por cinco la deuda externa, llevar las importaciones públicas de 3.200 millones de dólares (15% del total) en 1998 a 33.200 millones (52%) en 2014; e insistir en un sistema cambiario que genera incentivos perversos a sobrefacturar importaciones.

Por estas razones, devaluar y unificar en la situación actual es necesario, pero no suficiente.

Se requiere, además, reducir los gastos en divisas del sector público. En términos generales, de lo que se trata es de redefinir el rol del Estado en la economía, alcanzar un nuevo acuerdo social que delimite qué debe hacer el Estado por el ciudadano y qué debe hacer el ciudadano por el Estado y por sí mismo.

¿Por dónde empezar? ¿Qué podemos hacer?

Para salir de esta situación con el menor daño posible e iniciar la reconstrucción debemos considerar dos opciones que cambian significativamente los números del juego. Son dos opciones que nos permitirían salir del hueco y continuar el flujo de importaciones, abriéndonos la posibilidad de producir más y detener los estragos que esta crisis está causando en la calidad de vida de todos los venezolanos, en especial los sectores más vulnerables.

Estas dos opciones son pedir ayuda a la comunidad internacional y reestructurar la deuda.

Opciones que no deben evaluarse con base en consideraciones ideológicas, sino más bien con criterios prácticos que prioricen el bienestar de los venezolanos.

Y no son necesariamente independientes. Un acuerdo con el FMI, que es el organismo que coordina y canaliza la ayuda internacional hacia los países que están en problemas, podría requerir la reestructuración de la deuda. Eso ya ocurrió, entre otros casos, con Grecia, Chipre y Uruguay. De acuerdo con las últimas cifras del BCV, para septiembre del año pasado Venezuela tenía una deuda de 138.000 millones de dólares, equivalente a más de seis años de exportaciones a los precios actuales. Y esa cifra no incluye los juicios pendientes en el CIADI, ni la deuda acumulada con el sector privado por los rezagos en la liquidación de divisas (ALD) ni los préstamos necesarios para salir de la situación actual.

La comunidad financiera internacional ha creado estos mecanismos de coordinación para rescatar a los países, no a los tenedores de bonos. Estos últimos, por su parte, ya tienen una idea de lo que les viene: sus títulos de deuda valen 37 centavos por cada dólar, porque presumen que no vamos a poder pagar completo. Una reestructuración ordenada le daría más valor a los títulos de deuda, nos daría la oportunidad de recuperarnos y tener con que pagar la deuda reestructurada.

Las proyecciones con el apoyo del FMI y una reestructuración negociada de la deuda son mucho más viables y esperanzadoras. Venezuela podría aspirar a un programa por entre 40.000 y 50.000 millones de dólares en un plazo de dos a tres años. Suponiendo múltiplos de cuota similares a lo que sucedió con Grecia, el monto sería 53.000 millones.

Estos fondos vendrían a tasas de interés muy bajas, que contrastan no sólo con lo que hoy en día exigen los mercados a Venezuela, sino también con los cupones de muchos de nuestros bonos. Además, un acuerdo con el FMI le permitiría a Venezuela acceder a entre 10.000 y 15.000 millones de dólares adicionales en tres años entre el Banco Mundial, el Banco Inter-Americano de Desarrollo (BID) y la Corporación Andina de Fomento (CAF).

En las condiciones actuales, esta estrategia luce como la única que podría evitar ese recorte brutal en importaciones que nos llevaría a una crisis humanitaria.

A partir de allí podríamos empezar a recuperar la producción, la inversión y el consumo, así como reponer nuestras maltrechas reservas internacionales. Para eso, además del financiamiento, sería necesaria una nueva administración que consiga reestablecer la esperanza y el optimismo en Venezuela y cambie las expectativas.

Los países no desaparecen, pero sí pasan por momentos de extrema dificultad que dejan cicatrices duraderas. El gobierno de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro no sólo nos trajo hasta aquí tras diecisiete años de disparates en la política económica, sino además se ha quedado inerte mientras la crisis se extiende y profundiza, pretendiendo enfrentar la realidad con mentiras como la “guerra económica” o el lanzamiento de algún eslogan como “los trece motores”.

Éste es el drama en el cual nos encontramos. Sin un nuevo gobierno que recurra a la ayuda internacional, y promueva una renegociación ordenada de la deuda externa, Venezuela no levantará cabeza. Con esto no queremos decir que vamos a evitar los momentos difíciles, que son consecuencia de la improvisación, parálisis e insistencia en un modelo económico fracasado que ha dejado exangüe a la economía del país. Pero sí es posible minimizar el dolor, acelerar los plazos de recuperación y abrir la posibilidad de iniciar la reconstrucción.

Es una alternativa algo más responsable y productiva que esperar a que Dios provea.


Recibe nuestras actualizaciones por E-Mail. SUSCRÍBETE GRATIS AQUI


Qué Opinas?

martes, 28 de julio de 2015

¿Cómo levantar el control de cambio? Una hoja de ruta. Por Miguel Ángel Santos


Por Miguel Ángel Santos | Prodavinci

El control de cambio se ha convertido en el elefante blanco de la economía venezolana: durante mucho tiempo todos hemos sabido que ahí está el problema central, pero muy pocos políticos se habían atrevido a decirlo públicamente. Éste es un hecho curioso que se puede atribuir a un conjunto relativamente razonable de prejuicios.

En primer lugar, está el hecho de que durante muchos años, para bien y más recientemente para mal, el gobierno ha venido importando bienes de consumo a tasas preferenciales, que también resultaron en precios artificialmente bajos. Esta circunstancia, además de ahogar a los productores nacionales de dichos bienes, provocó un boom de consumo que fue sostenido a punta de importaciones, pagadas a su vez con petróleo y deuda. Mientras fue posible, con los precios del petróleo subiendo y nuestra deuda creciendo exponencialmente, esta práctica creó una suerte de ilusión del socialismo posible.

Una vez que cayeron los precios del petróleo y, predeciblemente, los mercados de crédito empezaron a tener dudas sobre Venezuela y a exigirnos tasas cada vez mayores, los productos “controlados” distribuidos a través de la red de distribución expropiada por el régimen venezolano se hicieron más escasos, llegando eventualmente algunos a desaparecer.

En segundo lugar, no existe una receta clara acerca de cómo salir del control de cambio, como no sea de la forma en que hemos salido otras veces; es decir, eliminándolo de golpe y porrazo. Dada la vulnerabilidad económica que exhiben amplios segmentos de la sociedad, muchos se preguntan si existe una forma más gradual de salir del control de cambio. Es una preocupación legítima. A fin de cuentas, la población más vulnerable es precisamente aquella que el régimen se vanagloria de proteger. Tras la bonanza petrolera más prolongada de nuestra historia, este segmento de la población exhibe una mayor dependencia del Estado, no cuenta con trabajos productivos, y muy probablemente, a fuerza de depender de la suerte y de los ingresos de otros, haya venido perdiendo la confianza en sí misma.

Por último, existe el mito de que si se levanta el control de cambios en Venezuela, todos saldríamos corriendo a cambiar nuestros bolívares por dólares, y la fuga de capitales sería colosal. Esta es una de esas creencias populares difíciles de cambiar, pero que no coincide con la evidencia que se deriva de nuestra experiencia con controles. En una investigación publicada recientemente hemos demostrado que la fuga de capitales, cuando se incluyen estimados conservadores de la sobrefacturación de importaciones que suele ser rampante en estos períodos, es mayor con control de cambio que sin él. La diferencia está en que con controles el gobierno tiene cierta capacidad para decidir quiénes se fugan.

Cinco premisas básicas

Antes de pensar en un mecanismo gradual para salir del control de cambio, me gustaría introducir cinco premisas básicas. La gradualidad ésa a la que uno suele aludir y que en ocasiones de transiciones políticas puede ser conveniente, cuesta real. Corregir los desajustes creados por el control de manera gradual implica, necesariamente, mantener diferentes precios del dólar durante algún tiempo, lo que a su vez reduce tanto la recaudación fiscal como los beneficios derivados de una mayor eficiencia del sistema de precios (a la vez que mantiene los incentivos a la corrupción).

Durante la campaña electoral de 2012 analizamos varios mecanismos para levantar el control de cambios de forma gradual. En aquel entonces, el petróleo venezolano rondaba los cien dólares por barril y nuestra reservas internacionales los 25.000 millones de dólares. Tres años después, el petróleo venezolano ha caído por debajo de los cincuenta dólares por barril y nuestras reservas apenas llegan a 15.500 millones de dólares. Peor aún: hemos ido agotando de a poco todas las fuentes de divisas que teníamos a nuestra disposición, adelantado acreencias a grandes descuentos, endeudando CITGO, disponiendo de nuestros Derechos Especiales de Giro en el Fondo Monetario Internacional (FMI), además de vender parte de la capacidad refinadora del país en Estados Unidos

Todo esto para decir que proceder de forma gradual requiere de unas reservas con las que Venezuela no cuenta en este momento. Nuestro país enfrenta una colosal crisis de liquidez que obliga a escoger entre recortar nuestras importaciones hasta niveles no vistos en quince años (cuando no sólo éramos muchos menos, sino que además contábamos con algún tipo de aparato industrial) o pagar la deuda. Vender activos para cubrir la enorme y creciente brecha es insuficiente, pero además se me antoja la expresión más pura de daños al patrimonio nacional. Sin rumbo, sin política económica y sin credibilidad, no tiene sentido salir a vender en el momento más desesperado, pues eso es algo que no se le escapa a los potenciales compradores.

Esto quiere decir que con toda seguridad Venezuela requerirá de un paquete de financiamiento para superar su situación actual. Las ayudas internacionales se suelen canalizar a través del Fondo Monetario Internacional. Algunos le tienen miedo a la expresión y creen que se protegen políticamente evitando las siglas y aludiendo a préstamos de UNASUR (organismo sin ninguna experiencia como banco de desarrollo), a la banca multilateral de los BRICs (que todavía no ha otorgado su primer préstamo) o a China (cuya experiencia como banquero multilateral ha sido catastrófica, a juzgar por la experiencia venezolana). En cualquier caso, comencemos por reconocer que sin financiamiento para fortalecer nuestras reservas es imposible levantar el control en la situación que estamos. Eso es cierto hoy en día y lo seguirá siendo de aquí en adelante.

La gradualidad no sólo es un elemento necesario para poder realizar un ajuste sostenible desde el punto de vista social, que a su vez le de credibilidad al proceso de reformas: es un requisito indispensable si queremos reformar la economía evitando una nueva crisis bancaria. Levantar el control de cambio tiene como requisito previo liberar las tasas de interés. Nadie va a mantener depósitos en bolívares ganando 15% de interés, mientras la inflación supera los tres dígitos, a menos que se vea forzado a hacerlo. Es un mecanismo perverso que ha perfeccionado la revolución y que, básicamente, traslada los impuestos al ahorro que cobra a quienes se ven obligados a mantener su dinero en bolívares, y transfiere a quienes tienen acceso a dólares a tasa de cambio oficial. La banca venezolana está llena de bonos del gobierno que rinden en promedio 14%, incluyendo unos bonos públicos que han sido forzados a tomar recientemente a 3% nominal. Además, poseen numerosos créditos hipotecarios, turísticos, agrícolas y demás “carteras dirigidas” (gavetas) a tasas de interés subsidiadas. Los movimientos en la política cambiaria deben ser cuidadosamente coordinados con la banca, porque un desbalance de la magnitud que se ha planteado entre tasas activas y pasivas en el evento de un levantamiento súbito del control de cambio, provocaría una caída de los bancos que bien podría descarrilar el proceso en la primeras de cambio.

Cualquier sistema que se adopte en transición hacia una tasa de cambio libre debe reducir los desequilibrios que existen actualmente, no acentuarlos.

La literatura económica ha documentado casos exitosos con tasas de cambio duales (de nuevo, como mecanismo de transición), en tanto la prima del mercado paralelo libre sobre la tasa oficial no supere el 30%. De acuerdo con mis números, la tasa de cambio de equilibrio de la economía venezolana debería estar hoy en día alrededor de 150-170 bolívares por dólar. Eso quiere decir que una tasa de cambio unificada oficial debería ubicarse en la vecindad de 110-130 bolívares por dólar. En cualquier caso, sea ésa o una más baja, será una devaluación significativa que tendrá impactos en el poder adquisitivo de los venezolanos y le exigirá al gobierno malabarismos fiscales para implementar programas sociales compensatorios, condicionados y no condicionados.

También es conveniente recordar la trinidad imposible (Obstfeld-Taylor dixit), según la cual los países pueden escoger sólo dos factores de tres: libre movilidad de capitales, tasa de cambio fija y política monetaria independiente. Nunca se pueden escoger las tres.

En el caso de Venezuela, dada las dificultades previsibles de una transición gradual y la necesidad de una herramienta clave para manejar las expectativas inflacionarias, la independencia de la política monetaria es fundamental. La libre entrada y salida de capitales es inherente al levantamiento mismo del control, por lo que el candidato a sacrificar es la tasa de cambio fija. Esto quiere decir que, dentro del contexto de transición, la tasa de cambio oficial administrada por el Banco Central de Venezuela debe ser flexible. Muchos economistas, algunos muy respetables y otros no tanto, piensan que para promover credibilidad es necesario comprometerse con un patrón de cambio fijo (o incluso con la adopción de una moneda extranjera). Tanto la literatura económica como la experiencia reciente indican que no hay nada menos creíble que tratar de promover credibilidad adoptando una medida o patrón que el país no tiene cómo sostener. Es el tipo de arreglo rápido y fácil que suele terminar muy mal. La dolarización, en concreto, sin instituciones y sin disciplina fiscal no tiene sentido… y con ellas no hace falta.

Por último, es necesario superar el mito de que sin control de cambio Venezuela sufriría una fuga de capitales sin precedentes. Durante los treinta años que van de 1983 a 2013, se fugaron de Venezuela 155.200 millones de dólares y la sobre-facturación de importaciones estimada de forma muy conservadora sobrepasó los 52.000 millones de dólares. Entre ambas, representan más de veinte años de importaciones de comida. Con un sistema cambiario más creíble y una economía abierta, donde se restituya el derecho a la propiedad como institución y prevalezca la ley, Venezuela podría revertir esa tendencia y convertirse en un receptor neto de capitales. Pero esto implica adoptar un nuevo modelo de desarrollo. Mientras Venezuela siga siendo un país donde quienes tienen bolívares están más pendiente de la tasa a la que puede comprar dólares que de las oportunidades de inversión, no habrá programa de ajuste que pueda considerarse exitoso.

UNA PROPUESTA PARA EL LEVANTAMIENTO GRADUAL DEL CONTROL DE CAMBIO

No existe una secuencia óptima, ni receta mágica que indique cómo se debe levantar el control de cambio de forma gradual. En todo caso, la velocidad depende en buena medida del grado de credibilidad de la administración que la ejecute, de la percepción de sostenibilidad y estabilidad política y, en consecuencia, del beneficio de la duda que los inversionistas nacionales e internacionales le otorguen a los encargados de conducir la transición. Es por esa razón que al régimen actual le resulta no sólo imposible, sino también muy poco conveniente levantar el control: Correrían con los costos, sin ninguna oportunidad de recoger los beneficios.

Fase I
10 medidas para iniciar el levantamiento del control de cambio

En una primera fase, el gobierno debe dejar claro que el levantamiento del control de cambio es una de sus prioridades. Durante esa primera etapa, las señales que se puedan enviar al mercado para proveer credibilidad son esenciales y no conllevan significativos costos políticos. El gobierno debe esforzarse por sentar las bases de una nueva relación entre el Estado y el sector empresarial, restablecer la institución de la propiedad privada, restituir la confianza en las reglas del juego y garantizar la seguridad jurídica. También debe promover una discusión nacional alrededor de un nuevo contrato social, que contenga las bases de qué hace el Estado por el ciudadano y qué debe hacer el ciudadano por el Estado y por sí mismo. En esta primera etapa, los anuncios que se realicen y las señales que se envíen son esenciales.

1. Crear un Fondo de Inversiones de Venezuela, con el mandato claro de gerenciar el portafolio de empresas públicas no-petroleras y no-financieras, retornándolas a sus antiguos dueños en los casos de expropiaciones o preparándolas para la venta en esquemas que incorporen a los trabajadores y que serán evaluados de manera individual, según las circunstancias de cada empresa.

2. Promover, a través de la Asamblea Nacional, un cambio en la Presidencia del Banco Central de Venezuela y, a partir de allí, renovar al Primer Vicepresidente Gerente y a los demás miembros del Directorio. El nuevo equipo debe estar conformado por profesionales de reconocida trayectoria, con estudios reconocidos en Economía y capacidad de generar confianza, comenzando por la publicación inmediata de las estadísticas económicas que han sido suspendidas efectivamente desde finales del año pasado y la suspensión de los traslados de reservas internacionales a fondos parafiscales.

3. Revertir la reforma del Banco Central de Venezuela ejecutada en 2005 (Gaceta 38.232 del 20 de julio de 2005), a través de la cual se eximía a PDVSA de vender los proventos de las exportaciones petroleras al Banco Central de Venezuela. PDVSA debe liquidar todas sus divisas en el Banco Central de Venezuela, con la excepción de un fondo rotatorio que incluya sus compras en divisas e inversiones en equipos denominadas en moneda extranjera del ejercicio fiscal.

4. Eliminar el Fondo de Desarrollo Nacional, el Fondo Chino y los demás fondos en bolívares y moneda extranjera que han absorbido más de 150.000 millones de dólares y sobre los cuales no existen mecanismos de rendición de cuentas, para consolidar nuestras reservas en divisas en el Banco Central de Venezuela y la gestión fiscal en el gobierno central.

5. Reducir el déficit fiscal a través de la reducción de gasto público, particularmente en el gasto en bienes transables. En 2012 el gobierno venezolano alcanzó el gasto público más alto de América Latina: 52% del PIB, pero además ha venido incrementando sus importaciones hasta alcanzar 45% del total durante el último año reportado (2014).

6. Para reducir gradualmente el déficit, minimizando los impactos recesivos, es fundamental recortar el componente externo del gasto del gobierno (y muy particularmente el gasto militar) y permitir que sea el sector privado el que lo sustituya en términos de importaciones a precios relativos más eficientes.

7. Luego de anunciar estas medidas, el gobierno puede proceder a legalizar el mercado paralelo y unificar la tasa de cambio oficial.

8. La tasa de cambio oficial debe ser de naturaleza flexible, en función de las diferencias de inflación entre Venezuela y sus principales socios comerciales. Debe ser administrada directamente por el Banco Central de Venezuela a través de un sistema de subastas diarias de dólares a la banca nacional.

9. En las primeras de cambio, la tasa oficial debe estar restringida a importaciones, manteniéndose cerrada para las transacciones de capital, que podrán ser ejecutadas legalmente a través del mercado paralelo.

10. Durante el período en que prevalezca la tasa de cambio dual, el gobierno implementará un sistema de verificación aleatoria de importaciones ex post, para restablecer con mayor celeridad los flujos comerciales.

Fase II
Levantamiento del control de cambio

Es imposible prever las condiciones en las cuales ocurrirá la transición política de Venezuela. De mantenerse la esquizofrenia económica que hoy predomina, es muy probable que un conjunto de medidas como el que aquí se ha descrito produzca una fuerte apreciación del bolívar en el mercado paralelo. De entrada, esto reduciría la prima entre ambas tasas y haría más viable la unificación de las tasas oficiales en niveles más razonables.

El levantamiento definitivo del control de cambio dependerá del desenvolvimiento de la economía durante la Fase I, en especial del beneficio de la duda que los mercados internacionales (en términos financieros y comerciales) le otorguen a la correspondiente administración. En principio, la idea es deslizar la tasa de cambio oficial e ir incorporando la liquidación de divisas a tasa oficial para operaciones de capital de manera gradual, hasta que ambas tasas converjan.

La expectativa de una tasa oficial cada vez más incluyente, en términos de usos, podría actuar como un inhibidor a la adquisición de divisas en el mercado paralelo legal. La clave para que durante este proceso la brecha entre ambas tasas se reduzca gradualmente está en la reducción del déficit fiscal: Venezuela debe marchar hacia una consolidación y racionalización fiscal, basada en una reducción del gasto militar, en una gestión más eficiente del gasto público y en una vigorosa recaudación fiscal no petrolera sobre la actividad económica privada que resurgiría a raíz de la transición. Si no se corrigen los desequilibrios fiscales (el déficit proyectado para 2015 supera los 20% del PIB), la posibilidad de hacer converger el mercado cambiario de forma gradual y parsimoniosa hacia una tasa única y libre se reduce considerablemente.

Esta segunda fase resulta algo más incierta. No existen soluciones mágicas que garanticen el éxito, por lo que se requiere monitorear constantemente el desenvolvimiento de la economía y tener la flexibilidad necesaria para ajustarse, corregir y reorientar políticas en función de los diferentes eventos que pudieran ocurrir.

Aún cuando las medidas descritas en la Fase I involucran diferentes áreas de políticas públicas, distan mucho de ser una propuesta integral de acción. Hay otros temas importantes que no han sido tocados aquí, que son igual de urgentes y guardan en sí un potencial igual o más significativo. La única forma de recuperar el poder adquisitivo de los salarios es a través de mejoras sostenidas en los niveles de productividad. Y, en este sentido, la revolución ha plagado el sistema productivo de regulaciones inútiles, que han conducido la actividad económica a la vecindad de la paralización. Ir resolviendo esos cuellos de botella en coordinación con el sector empresarial será un elemento esencial, no sólo de la transición sino dentro de la concepción de una Venezuela productiva en el futuro.

En el contexto de una reforma como la que aquí se ha descrito, las primas por riesgo soberano deberían caer drásticamente. Eso es algo que abriría las puertas a un proceso de renegociación voluntaria de la deuda venezolana. Sin reforma económica, no tiene sentido renegociar. Sin cambios en los factores que subyacen a la percepción de riesgo de Venezuela, saldríamos a cambiar bonos de PDVSA que vencen en octubre 2015 (cupón de 5.00%), 2016 (5.125%) y 2017 (dos vencimientos: 5,25% y otro de 8,00%) por instrumentos con una tasa de interés implícita que ronda los 28,6%.

Renegociar sin reformar es una receta segura para acentuar la ruina de la Nación.

Lo que tenemos por delante no es nada fácil, pero tampoco es imposible. Para bien y para mal, no estamos en 2012. Sí: la caída en los precios petroleros, sumada a la impericia económica, han traído niveles de inflación, recesión y escasez sin precedentes en nuestra historia. Y han agotado nuestras reservas. Pero también es verdad que esta bomba de tiempo le ha estallado en la cara a la revolución, dejando a la vista de todos los resultados de la implementación y persistencia de un modelo fracasado. Le corresponde ahora a la Oposición ponerse a la altura de las circunstancias: presentarle al país una visión distinta de nuestra historia, una narrativa inclusiva, atractiva y esperanzadora que nos permita entender quiénes somos, cómo llegamos hasta aquí y cómo vamos a salir.


Recibe nuestras actualizaciones por E-Mail. SUSCRÍBETE GRATIS AQUI


Qué Opinas?

sábado, 24 de enero de 2015

Del por ahora al Dios proveerá. Por Miguel Angel Santos


Miguel Angel Santos / El Nacional

Maduro llegó a la sesión de memoria y cuenta en el momento cumbre. Tras volver de la gira mundial con las manos vacías, y con los precios del petróleo por debajo de cuarenta, hay un cierto presentimiento de que esta vez sí será. Muy poca gente entiende las cosas a las que presumiblemente se va a referir; pocos son capaces de interpretar las medidas, los tonos, lo que dijo y lo que no se dijo, en términos de champú, de pollo, de abastecimiento, de carne, de poder de compra del salario. Vienen tiempos difíciles, y siendo así no es de extrañar que haya empezado por recurrir a la épica histórica del chavismo, contrastando los dieciséis años de revolución a los dieciséis previos.

¿Y qué ha pasado en estos dieciséis años? En promedio, quienes se sientan a escuchar a Maduro esa noche consumen 52% más que en 1998. Ha ocurrido un boom fenomenal en el consumo, equivalente a aumentar en volumen 2,7% cada año. En ese período, el consumo alcanzó su punto máximo histórico, y uno tiene la impresión de que cualquier aclaratoria o advertencia que se haga, las que hemos venido haciendo muchos todos estos años, va a caer en terreno estéril. Hasta hace poco, era en cierta forma el equivalente a aparecerse con la cuenta en la Última Cena (una idea original de Cabrujas, que me ha parecido útil traer a colación).

¿Cómo ha sido eso posible? Lo primero que cabría aclarar es que no lo ha hecho posible nuestra capacidad productiva. En esos dieciséis años nuestra producción per cápita apenas aumentó 12% anual, equivalentes a un mísero 0,7% anual. Toda la diferencia entre nuestro consumo y nuestra producción la vinieron a cubrir importaciones. Con el chavismo, Venezuela pasó de importar 18.000 millones de dólares en 2004, a nada menos que 65.000 millones en 2012. He aquí la clave del éxito de la revolución y el espejismo del socialismo posible: promovió un conjunto de medidas que en otras circunstancias habrían causado un empobrecimiento acelerado, en medio de un boom de consumo privado. De ahí que haya podido darse el lujo de expropiar, amenazar y saquear a empresarios nacionales e internacionales (estos últimos siempre mejor pagados), y sobrevivir políticamente a la destrucción del aparato productivo nacional.

Todo eso fue posible no sólo al boom petrolero, 698.000 millones en exportaciones entre 2004 y la fecha. El endeudamiento acelerado de la nación vino a complementar el ingreso petrolero: entre 2006 y 2012 la deuda de Venezuela se cuadruplicó, pasando de 26.500 millones de dólares a nada menos que 116.000. Maduro ha dicho Dios proveerá, pero el hecho es que Dios lleva ya rato proveyendo la bonanza petrolera más larga de nuestra historia.

Llegados a este punto, con el petróleo por debajo de cuarenta y los mercados internacionales cerrados para Venezuela, tras trajinar por el mundo pasando colecta y regresar con las manos vacías: ¿qué ha dicho Maduro?

En primer lugar ha anunciado el mantenimiento de la tasa oficial 6,30, sobrevalorada ya en una magnitud inestimable, y ha garantizado al menos 8.000 millones de dólares en esa gaveta que serán “sólo para alimentos y medicinas”. El problema está en que hace rato que esas asignaciones se vienen orientando a lo que contablemente se registra como alimentos y medicinas, pero en ningún caso se traducen en una cantidad similar de bienes. Con el mercado paralelo 29 veces por encima de esa tasa, recibir dólares a tasa oficial y crear importaciones ficticias es el único negocio del lugar. Maduro demuestra así la importancia de la élite que lo mantiene, manteniéndole a su vez los privilegios del dinero fácil. Nosotros los mantenemos a ellos, y ellos lo mantiene a él.

Maduro ha anunciado también la consolidación de Sicad I y II en una única subasta, y ha asomado que habrá un tercer mercado “de bolsas públicas y privadas”. Aseguró que con eso trata de “aplacar a ese otro mercado, el ilegal”, algo que muchos han interpretado erróneamente como el levantamiento del control de cambio. Es temprano aún. Habrá que leer la letra pequeña. Una retórica similar ya prevaleció con el lanzamiento tanto de Sicad I como de Sicad II, y lo que ocurrió después ya se conoce: Cualquier cosa menos un mercado libre.

Mi impresión es que, en este caso, tampoco lo será. Con el precio del petróleo por debajo de cuarenta dólares, nuestras exportaciones petroleras apenas llegarían a 25.000 millones de dólares. Nuestras importaciones en 2014, un año terriblemente caótico, con caídas de 4% en la producción, 3,3% en el consumo privado, 93% de inflación de alimentos y desabastecimiento rampante, estuvieron alrededor de 42.000 millones. Nuestra balanza de servicios, que contempla pagos de intereses de deuda, fletes y seguros, totalizó nada menos que 15.000 millones de dólares. Si se le agregan 5.000 dólares de pagos de principal de deuda, ese país caótico y errático viene quemando dólares a ritmo de 62.000 millones anuales. Ahora la cantidad de dólares que el gobierno tiene para vender entre esos tres sistemas es mucho menor, y si vende en el paralelo “legal” no tendría para SICAD y para el 6,30; si vende en esos dos, no tendría suficiente para aquél.

Con un detalle adicional. Muchos dan por sentado que un mercado paralelo legal traería consigo una reducción significativa en el precio del dólar “libre”. Es posible, hoy en día el mercado tiene una prima por falta de liquidez y otra por ilegalidad, es inestable y caprichoso. Algo de estructura legal podría reducir el riesgo y bajar el valor del dólar. Pero también es verdad que hay muchas transnacionales sentadas en diez años de utilidades acumuladas en bolívares (los diez años que tiene Cadivi sin liquidar dólares para repatriación de dividendos) que estarían dispuestas a volcarse sobre el mercado legal aumentando exponencialmente la demanda. ¿Y quién va a ofertar divisas en ese mercado?

Maduro también ha asomado la posibilidad de un aumento de la gasolina. Eso, que no podemos seguir regalando la gasolina, es acaso la única cosa responsable que ha dicho. Está claro que lo ha hecho más por necesidad que por convicción. El problema está en que ni la devaluación, ni el aumento de gasolina, generan dólares. La única forma de que eso ocurra es que el nuevo precio de la gasolina sea tan colosal, que reduzca la demanda en Venezuela y podamos exportar esos barriles a precios de mercado. Improbable.

Llegados a este punto, con nuestro consumo dependiendo de importaciones en una proporción nunca vista, lo único que podría evitar una caída colosal serían dólares. Pero China ha dicho que no. Los mercados internacionales están efectivamente cerrados, con primas superiores a 30% en dólares. En esa circunstancia han recurrido a una de las pocas opciones abiertas: endeudar Citgo. Por estos días, un grupo de banqueros de inversión de Texas se pasean por ahí ofreciendo 2.500 millones de dólares en bonos de la subsidiaria de Pdvsa con un rendimiento estimado de 10%. Parten de la base de que, en caso de default, la deuda sería fácilmente recuperable liquidando los activos de Citgo en Estados Unidos. Lo más curioso: en el road show queda claro que los fondos irán directamente a Pdvsa (gasto público) y no tendrán nada que ver con inversiones de la subsidiaria. El problema está en el riesgo de un default hacia finales de año, cuando debamos enfrentar el vencimiento de 11.000 millones de dólares muy cerca de las elecciones parlamentarias. ¿Qué pasaría con esa deuda de Citgo si caen en default los bonos soberanos o Pdvsa?

A propósito de la posibilidad de default, hubo un par de comentarios de Maduro que me parece vale la pena rescatar. Ha dicho que ya está claro que todo el riesgo que las calificadoras le atribuyen a Venezuela es “por factores geopolíticos”, y que en el futuro “habrá que filtrar las teorías poniendo por delante los intereses de la nación”. También ha asomado que promoverá una mayor inversión privada en el negocio petrolero, algo que podría hacer en alguna medida sin modificar la ley que exige mayoría para la República en todos sus contratos (en algunos Venezuela tiene más de 50,1%).

En resumen, Maduro ha anunciado que se mantendrá el sistema de cambio múltiple que ha engendrado el episodio de corrupción más grande de nuestra historia (y mire que tenía competencia). Ha anunciado una revisión en el precio de la gasolina, que tomará algún tiempo y en cualquier caso sólo recaudará bolívares. No ha hecho un solo anuncio monetario ni fiscal, no ha dicho cómo va a cubrir ese enorme hueco entre los ingresos y los gastos del Estado, y peor aún, se ha comprometido a crear nuevos programas sociales de protección que probablemente no vayan más allá de un espejismo. Si el déficit en 2014 fue 19% del PIB, con el petróleo en promedio a noventa dólares por barril, la magnitud del hueco fiscal ahora es inestimable. Lo único que queda es imprimir dinero a mansalva, a un ritmo que traería una inflación superior a 100%. Quizás ese Dios al que se refería Maduro no sea otro que la propia Casa de la Moneda de ahí de Maracay. Podría inclusive ir mucho más allá, pero es aún temprano para predecir una hiperinflación. La caída en el consumo privado y la de la producción será muy acentuada. La contracción necesaria en importaciones para cuadrar las cuentas en dólares es brutal, y a estas alturas ya no queda nadie en disposición ni capacidad de venir a producir aquí lo que ya no podemos comprar afuera. El Fondo Monetario Internacional, que ha actualizado su pronóstico hace unos días a nada menos que -7%, muy probablemente se haya quedado corto.

¿Qué no anunció Maduro? No levantó el control de cambio, ni ofreció una ruta clara para llegar ahí. No ofreció unificar el Tesoro Nacional, ahora dividido en cuatro o cinco partes, sólo una de las cuales pasa por el escrutinio de la Asamblea Nacional. No habló de suspender los envíos de petróleo subsidiado que aún persisten. No ofreció restablecer los activos expropiados a sus antiguos dueños. No garantizó la propiedad privada. No solicitó la renuncia el pleno al Directorio del BCV, que ha fracasado en su meta de “mantener estabilidad de precios”. No dijo nada en relación con el control de precios, por el contrario, comenzó anunciando una suerte de saqueos institucionalizados a los inventarios aún disponibles entre productores y comerciantes nacionales. Nada de esto, ninguna mención a atacar el problema de fondo y reconocer el enorme fracaso, el fraude, que ha sido la revolución. Hacer algo así, hubiese implicado acabar con el sistema de privilegios que lo sostiene, equivaldría a serruchar el piso en el que precariamente se sostiene. Por esa razón, no anunció nada de lo que nos convendría. Y es que lo que nos conviene a nosotros, como nación, hace ya rato que no le conviene ni a él ni al chavismo. Y viceversa.


Recibe nuestras actualizaciones por E-Mail. SUSCRÍBETE GRATIS AQUI


Qué Opinas?

sábado, 3 de enero de 2015

La economía aérea y la “caotización”. Por Miguel Angel Santos


Miguel Angel Santos / El Nacional

No se trata tanto de que el billete de mayor denominación equivale a cincuenta centavos de dólar a tasa paralela, o a cuatro dólares de tasa Sicad-II. La parte más confusa es que cuando pagas con él, con frecuencia te responden: ¿No tienes nada más pequeño? Es parte de la enorme confusión que se ha apoderado de nuestra economía. Nicolás Maduro, un día antes de fin de año, concentró la atención del país en lo que debía ser un anuncio de emergencia ante la crisis económica que atraviesa el país y el vendaval que se avecina. No fue así. Ha dicho muy poco, más allá de anunciar que no aumentaría la gasolina y de repetir que “los que escribieron esto se encargarán de explicárselo a la gente en detalle” (revelando que ha tenido muy poco que ver con el programa, acaso ocurre ahí lo mismo que en el resto de las decisiones que le corresponden).

Maduro sí ha hecho una referencia correcta, aunque en el proceso le haya parido una nueva palabra a la RAE: caotización. Ha dicho que el proceso de precios se ha “caotizado”, “estamos ante la caotización de los precios”. No hay nada que alcance a explicar más el caos que ha traído consigo la revolución que el desajuste en el sistema de precios. Hace pocos días, en medio de las compras navideñas, di con un par de zapatos importados cuyo precio era 8.600 bolívares, algo sí como 50 dólares a tasa paralela. Visto así, era una verdadera ganga. Lo dejé pasar, como suelen hacer quienes reniegan de las compras innecesarias. En el proceso, pude aprender en carne propia que demorar las decisiones de consumo en una economía que no ofrece certezas en cuanto al abastecimiento y la inflación puede resultar fatal. Unos días después volví y los encontré remarcados a nada menos que 32.500. Es decir, algo más de 200 dólares a tasa paralela. Unos días atrás me hubiesen costado la mitad de su precio en Estados Unidos, ahora costaban prácticamente el doble.

Pero hay más. Algunos familiares y amigos que me acompañaban empezaron a proferir amenazas enfrente del sorprendido dependiente que apenas comenzaba con parsimonia la jornada. Como solemos hacer, no iban dirigidas a él directamente, pero la elevación patética de la voz en neutro lo acusaba. ¡Sinvergüenzas! ¡Los voy a denunciar ante el Indepabis! ¡Especuladores! También hicieron alusión a otras siglas que presumo, cuestión de contexto, hacían referencia a entes del Estado encargados de fiscalizar precios, perseguir comerciantes, y “garantizar” el margen de máxima ganancia. Fue una suerte de iluminación al impacto de quince años de retórica chavista en la psique del consumidor venezolano. Si ese es el estado mental de la clase media, imagínese usted el de los sectores populares.

Hemos perdido la noción de libertad económica, la idea de que la mejor estrategia contra la inflación es la competencia, y de que cada quien es libre de vender al precio que mejor la parezca, y cada quien es libre de decidir dónde comprar. Tiene su sostén. El proceso sigue arrojando productores y comerciantes a la trilladora revolucionaria. El sistema cambiario se ha convertido en el gran elector, en el mecanismo a través del cual el gobierno decide quién sobrevive y quién no. Conseguir dólares a tasa oficial, intermediarlos, se ha convertido en el único negocio del lugar. La actividad productiva principal es apenas ahora una excusa para buscar divisas e intermediarlas en el mercado paralelo con márgenes de ganancias que vienen expresados en cientos por ciento.

En ese contexto, los productores han sido arrasados, y quedan apenas un puñado de comerciantes, productores y vendedores asociados de alguna u otra forma a la revolución. Responden a un sistema de incentivos muy particular, como otrora lo hicieran los empresarios de la cuarta ante las oportunidades de rentabilidad infinita que ofrecía el capitalismo de Estado en el contexto de una economía cerrada. Los precios ya no tienen ningún sentido relativo, y han perdido su función como señales de asignación de recursos y de esfuerzos. En el fondo, el fracaso económico de la revolución tiene su origen en su falta de confianza en el sistema de precios, en la ignorancia de la fuerza de los precios como promotores de la eficiencia económica.

Ese es el mayor daño que ha hecho el control de cambio, pero también ha creado poderes económicos de facto que sostienen a la revolución. Es decir, quienes más se benefician de nuestra ruina económica son también quienes sostienen al gobierno. Por esa razón no hay ajuste, por esa razón la gran revolución cambiaria no será levantar el control, sino subir los niveles de las diferentes tasas múltiples, y mantener las brechas que hacen posibles las rentabilidades que a su vez garantizan los soportes. Hasta donde se aguante.

Más allá de los mecanismos internos que haya escogido la revolución para ir aproximándose poco a poco hacia su implosión, me preocupa la distorsión en nuestras propias convicciones. Me preocupa que lo que tenemos que promover es un sistema con el que nunca, nunca antes, hemos experimentado. En Venezuela jamás ha prevalecido la libre empresa, con numerosos comerciantes por rubros, que garantizan la estabilidad de precios –dentro de un sistema de reglas claras– a punta de competencia. Trascender desde lo que tenemos hoy a ese sistema no será fácil; la transformación verdadera debe empezar en la mente de cada uno de los venezolanos, en nuestra concepción del hecho económico y, sobre todo, en la idea que tenemos de la relación entre el Estado y el ciudadano. Nuestros males son legítimos, pero hemos venido utilizando desde hace tiempo los remedios equivocados. Transformar nuestra economía en cierta forma nos exige exponernos a una serie de principios que no nos vienen de manera natural. Es una suerte de réplica de la República Aérea a la que se refería Bolívar, en el mismo sentido, pero en economía. En ese proceso, es fundamental el papel de las élites, económicas, sociales, políticas, empresariales. Ahí está el dilema de Mafalda: los presidentes deberían asistir al colegio, sí, pero… ¿quiénes serían los profesores? Es un dilema que debemos romper si de verdad queremos dar a luz a una nueva república. Nos guste o no, los pueblos siempre terminan haciendo espejos de sus élites.

@miguelsantos12


Recibe nuestras actualizaciones por E-Mail. SUSCRÍBETE GRATIS AQUI


Qué Opinas?

sábado, 27 de septiembre de 2014

La revolución perdida. Por Miguel Ángel Santos


Por Miguel Ángel Santos / El Nacional

Hace pocos días llegó a mi buzón electrónico uno de esos estudios de opinión que circulan ampliamente en Venezuela, con frecuencia cada vez mayor, de nombres indescifrables, a ratos también de mal gusto. Y sí, para una de las pocas cosas que da el mercado venezolano es para hacer encuestas. Tengo para mí que las encuestas se han convertido en una suerte de jeringa en las venas de un segmento de la sociedad que siente que ya lo ha intentado todo, elecciones, guarimba, golpes, paro nacional, abstención, vuelta a elecciones, y así. La realidad se nos ha ido volviendo circular e inefectiva, y ante la ansiedad que trae consigo el destino no controlado se ha promovido la ilusión de control, el horóscopo de lo concreto, los números, la palabra del que promete y se erige en el intérprete de nuestras posibilidades.

No se me malinterprete, encuestas en este país hubo siempre, pero rara vez provocaron esa secuencia repentina de ansiedad, éxtasis, paranoia y posterior paralización que caracteriza el proceso de nuestros días. A ratos se me ocurre que en nuestra circunstancia actual la productividad marginal de las encuestas se aproxima ya a cero, si no negativa. Uno las vuelve a leer una y otra vez con esperanza de encontrar allí algo distinto, pero sin hacer nada por provocar esa distinción. Esta rutina se me asemeja a las crónicas de fútbol que solía leer de pequeño, una y otra vez, tratando de imaginarme las jugadas allí descritas en detalle y de fantasear con que en alguno de aquellos giros, una pelota al palo, un penalti a poco del final, terminara por cambiar el rumbo de lo que ya había ocurrido. Se trata de qué vamos a ser capaces de hacer con esa realidad, más que de sentarse a esperar que tome un giro inesperado, fotografiado en el último “campo” de opinión.

Me explico. Las encuestas, independientemente de su orientación, coinciden desde hace tiempo en un set de parámetros. La población, en su inmensa mayoría, ha sido embargada por la decepción y la desesperanza. La realidad económica de todos los días, la caída del salario, ausencia de trabajo formal, la inflación y la escasez, han terminado por dar al traste con el paraíso perdido prometido por la égida chavista. Se ha creado un enorme vacío político, porque esa esperanza que sí fue capaz de despertar la revolución, ese reconocimiento a los males de las mayorías, llegó con una batería de remedios totalmente equivocados. Ese enorme vacío no ha sido llenado por nadie, una amplia mayoría de la población desconfía por igual de nosotros (quiero decir, de nosotros como oposición) y del gobierno; acaso algo más en ellos, pero en ningún caso significativo.

Esa circunstancia se me antoja peligrosa, por varias razones. En primer lugar, porque existe un vacío similar al que existía en 1998, uno de esos que a Chávez le costó muy poco llenar, y que nos trajo hasta aquí. En segundo lugar, porque veo cómo se suelen pasar las páginas de esas encuestas con avidez, hasta llegar a la pregunta de “por quién votaría usted sí…”. Ahí, de nuevo, la mayoría de las encuestas coinciden en que el gobierno caería derrotado por un amplio margen contra el “candidato genérico” de oposición. Esta realidad ha provocado una suerte de “efecto Chacao”, es decir, que la pelea es ahora entre nosotros, ellos ya están desahuciados. Como si el solo hecho de ser una minoría política fuese incompatible con su permanencia en el poder. Por último, por la tentación de sacar una cabeza por encima de los demás, tratando de llenar ese vacío con el tipo de mensajes y cosas que se presume que todos quieren escuchar, que no es menos peligrosa. El problema está en que de tanto mirar encuestas para ver qué es lo que “la mayoría” quiere escuchar hemos terminado por perder toda noción de nuestra propia identidad; quiénes somos, en qué creemos y qué queremos hacer, cuáles son nuestros remedios.

No hay ilusión más persistente que la de pensar que esto ahora se trata de poner una mampara aquí y otra allá, de prometer una suerte de modelo socialista pero más eficiente (todo un oxímoron), de empezar a sumar las reivindicaciones que todos exigen sin contrastar en qué medida esa reclamación agregada supera la suma de lo que cada quien aporta. Es una tentación peligrosa para el día después, y para muestra uno no tiene más que mirar el botón egipcio, con la revolución estudiantil y popular ahogada bajo el dominio de una élite muy parecida a la de Mubarak, e incluso con algunos de sus lugartenientes a bordo. Cuántas plazas, lágrimas y sacrificios perdidos. Lo nuestro no se trata solo de traer “a la gente correcta”, de implementar estas o aquellas medidas. Se trata de una manera de vivir, de unos hábitos, y de una concepción de la relación Estado-ciudadano que se agotó y exige renovación.

@miguelsantos12


Recibe nuestras actualizaciones por E-Mail. SUSCRÍBETE GRATIS AQUI


Qué Opinas?

sábado, 20 de septiembre de 2014

Venezuela: el ajuste que no fue. Por Miguel Ángel Santos


Miguel Ángel Santos / El Nacional

El gobierno de Maduro ya se ha puesto en marcha de vuelta al pasado. Atrás quedaron los cantos de sirena de los que presagiaron la caída del “ala más radical el chavismo”, tras la salida de Giordani. En cualquier caso, el paquete ortodoxo que asomó Ramírez en sus reuniones con los banqueros, nunca estuvo realmente sobre la mesa. Por un lado, no está en el ADN del chavismo la unificación cambiaría y de las reservas, el retroceso del Estado para abrirle espacios a la iniciativa privada, el mercado. Por el otro, no existe el capital político suficiente, pues un segmento amplio del chavismo, del que Maduro no se puede dar el lujo de prescindir, se ha erigido en vigilante de lo que ellos interpretan como “la herencia política del comandante”.

En esa circunstancia, en ese reconstruir el andamiaje de los pronósticos rotos, tratando de que parezcan una continuación no demasiado maltrecha de lo que se dijo y no fue, se describe la situación venezolana como un problemita con los precios relativos. Es decir, la escasez es consecuencia de haber racionado los dólares vía unas tasas de cambio oficiales extraordinariamente sobrevaluadas. Se trata solo de corregir, de alinear el cambio, de recoger los beneficios fiscales de la devaluación real, y ya está. Es una manera tentadora de ver lo nuestro, y también una que le podría resultar muy atractiva al gobierno, en estas épocas de pronósticos oscuros y en medio de esta sensación de que todo está frágil, cediendo, a punto de venirse abajo. Podría, sí, pero hasta ahora nadie ha picado.

La situación, en el fondo, es mucho más grave. Venezuela se aproxima a su quinto año consecutivo con un déficit fiscal de dos dígitos. El año pasado cerró en unos 18% del tamaño de nuestra economía y, en lo que transcurre del corriente, todo parece indicar que los excesos han superado la contribución fiscal de la devaluación gradual a tasas múltiples. Para financiar ese déficit el gobierno sigue imprimiendo dinero a manos llenas. Más aún, el racionamiento de divisas, ya sea porque se están amontonando los cobres para pagar deuda o porque no hay ni para una cosa ni para la otra, ha provocado una escasez generalizada de medicinas, equipos médico-quirúrgicos, alimentos y repuestos. La revolución arrasó con los que producían, y creó una cohorte de importadores a la que ahora no tiene cómo pagar. El sector privado productivo viene perdiendo terreno, las inversiones se paralizaron hace ya bastante tiempo, y de las plantas y equipos se ha ido apoderando la herrumbre, cuando no de plano el abandono. Ese cuadro no se corrige con un martillazo aquí y otro allá, con la sustitución de Giordani por Torres, o la de Torres por algún otro fetiche, acaso más ortodoxo.

¿De verdad? ¿Y qué tal si nombran a este o a aquel, que es más amigo de los mercados? ¿Qué tal si de repente Venezuela transmuta en China, y empezamos a crecer en medio de la represión política? Parafraseando a Ernesto Sábato, ese arrebato de entusiasmo no aguantaría un solo análisis lógico. Una devaluación como la que se requiere para corregir el desajuste de los precios relativos, y en el proceso como por arte de magia equilibrar el presupuesto, tendría unos impactos sobre la demanda (consumo, inversión) brutales. Se parte del supuesto de que la inflación derivada de ese ajuste de alguna manera prodigiosa ya se encuentra en la calle, ahora lo que resta es cambiar una celda en el Excel y darle “goal seek” para cerrar la brecha. Nada más lejos. Si ya la inflación ocurrió y cuando devaluemos el PIB nominal no va a crecer, la razón de deuda a PIB se dispararía por encima de 150%. Más aún, ¿qué hacer después de devaluar? La devaluación, con la correspondiente unificación de tipos oficiales (que no es unificación), nos devolvería a unos años atrás, precisamente allí donde se originó la ruina que hoy nos agobia. ¿Y luego qué? ¿Liberar el control? No, ahí está el detalle.

Un ajuste ortodoxo ejecutado por la revolución es todo un oxímoron. Los ajustes económicos son duros, pero si se acompañan de buenas dosis de credibilidad pueden traer consigo movimientos de segundo orden que, si bien no suelen reparar los efectos negativos primarios, sí ayudan a compensar las cargas mientras la economía se enrumba. Nada de eso le puede suceder a la revolución. El ajuste tumbaría la demanda interna, sí, pero no hay ninguna posibilidad de que el aumento de la inversión privada compense el retroceso del Estado. No hay exportaciones no tradicionales de base para beneficiarse de mejores precios relativos. No habrá cambios en la legislación laboral que protege los puestos de trabajo a expensas de una volatilidad extraordinaria en el salario real. Peor aun el ajuste revolucionario no se podría dar el lujo de levantar el control, porque para eso se haría necesario liberar también las tasas de interés. ¿O es que alguien se va a quedar con un bolívar encima ganando 12% con inflación en 70%, si no está forzado? El modelo se agotó, colapsó, fracasó, póngale usted el nombre que mejorar le parezca.

En el fondo, quizás lo que el gobierno ha hecho no sea sino reconocer su propia incapacidad, aceptar las pocas perspectivas que un ajuste de ese tipo tendría si quienes lo ejecutan son ellos mismos, con una cara ansiosa nueva aquí y otra allá. No. Es mejor seguir hasta donde dé el motor, agotar la reserva, vender el oro, dejar el pellejo de la economía en el suelo para tratar de alcanzar de alguna forma las parlamentarias. Y una vez ahí volver a pensar. Respira profundo y hunde la cabeza. No se trata solo de que no entiendan. Acaso conocen mejor sus límites de lo que muchos estamos dispuestos a atribuirles.

@miguelsantos12


Recibe nuestras actualizaciones por E-Mail. SUSCRÍBETE GRATIS AQUI


Qué Opinas?

miércoles, 23 de abril de 2014

Mucho ruido y pocas nueces. Por Miguel Ángel Santos


A través de una política de encajes reducir la capacidad de convertir ese dinero en crédito de la banca

MIGUEL ÁNGEL SANTOS | EL UNIVERSAL

El nombre original de la obra de Shakespeare que ha servido de título a esta nota, viene a ser distinto de la forma en que se ha traducido tradicionalmente: Much ado about nothing. Es decir, algo así como muy ocupados en nada, acaso también muy preocupados por nada o esmerándose en la nada. Me viene a la mente a raíz de las declaraciones optimistas de algunas bancas de inversión que han venido a Venezuela y conversado con nuestras autoridades económicas. Comoquiera que ya uno lleva años escuchándolos a diario, ya se ha creado una especie de cuero contra promesas, unos anticuerpos para propósitos de enmienda y declaraciones de intención. Ya aquí, tras quince años, se trata de constatar la existencia de hechos antes de creer.

¿Cuáles son los hechos? Se ha dado ahora una discusión intensa acerca de a qué tasa de cambio Pdvsa va a venderle dólares al (BCV). Hay una suerte de nuevo aire, de corrección fiscal proveniente de la devaluación, que hace a algunos más optimistas que otros. Me incluyo entre los últimos. La decisión de a qué tasa le vende Pdvsa dólares al BCV es irrelevante. Si se los vende lo más caro posible, a tasas de Sicad-2, Pdvsa obtendrá cincuenta bolívares por cada dólar. En consecuencia, sus balances mejorarán significativamente, y el BCV no se verá en la obligación de imprimir menos dinero para financiarle el hueco vía pagarés. Si, por el contrario, Pdvsa le vende dólares al BCV a 6,30, su hueco fiscal será mayor, y el BCV tendrá que imprimir más dinero para financiarle el déficit a la petrolera estatal. ¿Cuál es la diferencia entre estas dos? ¿Hay más dólares disponibles en una o en otra? No. ¿Hay una que implique menor expansión monetaria que la otra? No. Imprimir dinero para financiar el déficit es idéntico a cambiar los mismos dólares por más bolívares. La diferencia es apenas contable: Si devalúas, los ingresos recurrentes en bolívares serán mayores, y el financiamiento requerido del BCV será menor. Si no devalúas, el déficit será mayor, y la expansión monetaria mayor. Me cuesta pensar que un detalle cosmético pueda en realidad hacernos una diferencia tan grande.

Las tasas a las que liquidan bolívares a los venezolanos es distinta. Según el ponderado de esas tasas, la inflación. En este sentido, la devaluación provocará una subida fenomenal en los precios de los bienes importados, que vienen a representar ya aproximadamente 45% del consumo nacional. Esa aceleración de precios traerá consigo una caída en el salario real. He aquí la única diferencia. A partir de aquí, estas medidas puntuales y espasmódicas que el gobierno ha tomado, más por necesidad que por convicción, serán apenas el comienzo de una serie de devaluaciones e inflaciones sucesivas.

Hasta la primera semana de abril la impresión de dinero no había cesado. El gobierno puso a circular 95% más de monedas y billetes que hace un año. La estrategia no ha sido dejar de imprimir dinero, sino más bien a través de una política de encajes reducir la capacidad de convertir ese dinero en crédito de la banca. Así, con el encaje subiendo y la capacidad de los bancos de convertir monedas y billetes en créditos reducida de 2,96 a 2,66, la liquidez monetaria ha crecido 75%. A ese ritmo, no hay tasa que aguante.

Mucha gente me pregunta qué hubiese sido diferente de haber ganado la oposición. La mayoría de las consecuencias económicas del último show de Chávez ya estaban talladas en piedra cuando el gigante nos dejó. Ahora bien, no es lo mismo ajustar el tipo de cambio y levantar los controles de precios y seguir en lo mismo, que hacerlo en un contexto de replanteamiento de la estrategia económica, que tenga como prioridad el restablecimiento de la seguridad jurídica, los derechos de propiedad, la institucionalidad económica y que invite a la inversión extranjera a aprovechar las oportunidades que un país devastado pero con demanda garantizada como Venezuela ofrece.

De allí que no comparta el optimismo de algunos. Nuestros fundamentos no han cambiado. Estamos apenas decidiendo cuánto devaluamos, cuánto cae el consumo, y cómo se contabiliza la impresión de dinero que resulta de allí. No estamos en lo de México, no acabamos de pasar una reforma laboral y tecnológica para promover la productividad, no abrimos los sectores monopolizados por el Estado a la competencia, no se ha generado una profunda reforma fiscal. Siendo así, seguimos ocupándonos de minucias, del ruido que hacen las cada vez menos nueces, de los bolsillos del Estado y cómo se distribuye la renta petrolera menguante entre ellos. Vemos a los mismos hacer más de lo mismo, pero de alguna forma prodigiosa esperamos resultados diferentes.

@miguelsantos12



Compártelo y Coméntalo en las Redes Sociales



Recibe nuestras actualizaciones por E-Mail. Suscríbete Gratis


miércoles, 2 de abril de 2014

La dictadura del no-hay-alternativa. Por Miguel Ángel Santos


El problema se ha ido convirtiendo en uno de pérdida de esperanza, de ausencia de fe

MIGUEL ÁNGEL SANTOS | EL UNIVERSAL

La revolución se ha metido en una calle que ciega que le sigue presentando a Venezuela falsos dilemas. ¿Qué es un falso dilema? Ocurre cuando alguien nos quiere convencer en que debemos escoger entre infierno I e infierno II; cuando realmente esas no son las únicas opciones. Veamos dos ejemplos.

El Gobierno nos mantiene encerrados entre la incómoda elección entre inflación y escasez. Nos han convencido de que debemos escoger entre controles de precios que medianamente contienen la inflación y dejan los anaqueles vacíos; o anaqueles medianamente abastecidos a precios exorbitantes. Bajo las premisas de la revolución; la inversión privada es vista como un mal necesario al que se le ponen toda serie de obstáculos y trabas, la productividad y la competitividad son dos conceptos imperialistas (Franco Silva et Haiman El-Troudi dixit), y el Estado debe ser un proveedor todopoderoso de servicios, verdaderamente no hay alternativa. No hay ningún otro país en América Latina, incluyendo a Ecuador y Bolivia, forzado a escoger entre inflación y escasez. En la mayoría de los casos, la escasez es inexistente y la inflación es de menos de un dígito. ¿Por qué? Porque la única manera de combatir ambas es a través del estímulo a la competencia privada. La revolución se resiste a la promoción de la competencia, y ha escogido en su lugar un país en donde no existan más de uno a tres proveedores por industria, que corren los riesgos de inversión y expropiación (de los que están protegidos los empresarios del Gobierno) a cambio de la promesa de ganancias exorbitantes. Así, le hemos garantizado el mercado a un conjunto pequeño de productores lo suficientemente audaces o protegidos como para realizar enormes ganancias ofreciendo productos de baja calidad o servicios muy pobres. ¿El resultado? Tenemos ambas: inflación y escasez.

Otro falso dilema se nos ha planteado en el mercado cambiario. Si no se abre el mercado, la depreciación del bolívar en el mercado negro continuará. Y si se abre, y el Gobierno lo abastece, se registrará una colosal salida de capitales. En ese contexto, el Sicad- 2 está condenado a una de tres: desaparecer, sirve para financiar fuga de capitales (si el Gobierno interviene), o será irrelevante (si el Gobierno no interviene: una suerte de paralelo legal, condenado a la depreciación). Encerrados en esta suerte de cueva oscurantista chavista, se nos ha olvidado que en la mayoría de los países de América Latina el mercado de dólares está abierto y no se han registrado fugas de capitales. Todo lo contrario, durante los últimos seis años América Latina ha sido receptora de un extraordinario boom de inversión extranjera que ha obligado a los bancos centrales de muchos países a intervenir para evitar la apreciación de sus monedas (Chile), y amenaza con dar al traste con la economía de quienes no lo han hecho aún (Brasil). Mientras eso ocurre nosotros seguimos discutiendo Sicad-2, que si se necesita el ISLR, si me asignaron o no, que si oferté un bolívar más del equilibrio y no me tocó, que si el lunes pasado se transaron allí siete millones de dólares y unas semanas después unos cuarenta. Y así. Como tratando de beber agua de una manguera, nos hemos dejado arrebatar ante la posibilidad de adquirir divisas y se nos ha olvidado exigir un paquete de medidas más coherentes que resuelva el problema de raíz: la falta de confianza en la moneda local. Si quieres promover el consumo sin promover la productividad, si crees que puedes seguir imprimiendo dinero para financiar el gasto, si insistes en aplicar la ley de máxima ganancia o las guías de ruta del SADA, cualquier sistema que se te ocurra (mercado de divisas abierto o cerrado, con controles o sin ellos) va a ir a parar al mismo sitio, con más o menos legalidad, más o menos opacidad.

Y así sucesivamente. Es el desorden público o es la represión. Te quedas aquí y corres los riesgos de la inseguridad, la violencia, la ausencia de derechos, la expropiación; o te marchas lejos de las únicas aceras capaces de reconocerte los pasos. Así es la revolución. Es entre sufrir más o sufrir menos. Después de tantos años encerrados en esta lógica, encuentro a muchos convencidos de que en efecto no hay alternativa: la vida es difícil. No es verdad. De alguna u otra forma, parafraseando al filósofo Roberto Unger, es la dictadura de la ausencia de alternativas. Es posible armar una propuesta para que todos salgamos adelante, sin necesidad de que se nos quede nadie atrás. El problema se ha ido convirtiendo no en uno de falta de políticas, sino de pérdida de esperanza, de ausencia de fe. Es ahí donde la revolución ha registrado su mayor éxito.

@miguelsantos12



Compártelo y Coméntalo en las Redes Sociales



Recibe nuestras actualizaciones por E-Mail. Suscríbete Gratis