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domingo, 28 de agosto de 2016

Ataques de pánico. Por Alberto Barrera Tyszka


Por Alberto Barrera Tyszka | Prodavinci

El 7 de junio la oposición convocó a una manifestación a la sede del CNE. En esa ocasión, la manifestación fue disuelta por la Policía Nacional Bolivariana. Fotografía de Andrés Kerese. Haga click en la imagen para ver la galería completa.

Están muy asustados. Le tienen miedo a los votos, le tienen miedo a las manifestaciones, le tienen miedo al parlamento, le tienen miedo al dólar paralelo, le tienen miedo a las redes sociales y al precio de las cebollas. Es una alarma difícil de controlar, un temblor en el ánimo y en las certezas. La histeria se contagia más rápido que el zica. Y ahora el poder está histérico. No confía ni en sí mismo. Ingenua y lamentablemente, cree que su única seguridad está en la violencia.

El chavismo ya no sabe cómo congelar al pueblo. El gobierno, como en otras ocasiones, apostó por el desgaste. Sin en el menor escrúpulo. Decidió usar la pobreza de los venezolanos, sus necesidades y carencias, con tal de no negociar nada. Prefirió sacrificar a la gente antes que renunciar a su control absoluto del poder. Pero ahora la realidad ha cambiado. La crisis económica es un vértigo fulminante. La política de la parálisis ya no parece ser tan eficaz. El discurso encendido y vehemente tiene menos seguidores. La iglesia que promovía el culto a San Hugo no está de moda…Hace rato que la revolución cambió las promesas por las amenazas. Ahora, el socialismo del siglo XXI solo es un exceso de generales.

Un ataque de pánico es un rapto, un viaje hacia la irracionalidad. Así parece estar el gobierno. Su capacidad de discernimiento se ha evaporado velozmente. Sus reacciones frente a la marcha propuesta para el 1 de septiembre son destempladas, erráticas, miserables. Hunden aun más su imagen en la violencia. Frente a los venezolanos, y también frente a la comunidad internacional, el gobierno de Maduro solo parece capaz de conjugar tres verbos: prohibir, censurar, reprimir.

La detención de Daniel Ceballos ofrece una narrativa digna de cualquier dictadura de la segunda mitad del siglo pasado en Latinoamérica. Una madrugada, una ambulancia, una orden de traslado clandestina…Hay en esa secuencia una construcción épica que solo alimenta a la oposición. Lo mismo puede decirse del traslado, sin aviso y sin justificación, de Francisco Márquez y Gabriel San Miguel a la cárcel de Tocuyito, dos jóvenes sometidos a un proceso judicial totalmente viciado, cuyo relato solo logra hacer crecer la temperatura heroica de quienes adversan al gobierno. Lo mismo, también, vale por supuesto para los demás detenidos por causas políticas. Se trata ya de una práctica continua y generalizada. Como la suspensión de sueldos para los parlamentarios. Como la prohibición de entrada al municipio libertador a la manifestación del próximo jueves. Como la absurda medida que oficializa en el Estado Barinas la imposibilidad de ejercer un periodismo independiente y crítico. Estamos asistiendo a un espectáculo patético y terrible: un poder desesperado y sin tino, entregado a su propia ceguera.

En medio de todo esto no deja de ser penoso y lamentable ver cómo los líderes del oficialismo reproducen la misma retórica que, en su momento, esgrimieron algunos líderes de algunos gobiernos anteriores. Así retrataba Chávez a la Venezuela de finales de los años 80: “Aquí estaban rotos casi todos los mecanismos de diálogo. El diálogo era plomo. Plomo, persecución, represión, hambre, miseria (…) Y los líderes encerrados en Miraflores lo que hicieron fue mandar a los militares (…) Nos utilizaron a nosotros para masacrar a un pueblo que lo que estaba reclamando era comida, salud, que alguien lo oyera” ¿No podrían caber estas misma palabras en esta semana? ¿Qué piensan ahora militares mandados a reprimir cualquier protesta?

En el año 2005 Alejandra Szeplaki dirigió un documental sobre la década de los 80 en Venezuela. La narración se articulaba fundamentalmente sobre el testimonio de varios protagonistas del movimientos estudiantil de aquellos años. Ricardo Menéndez era uno de ellos. Ahora forma parte de la cúpula del madurismo y actualmente se desempeña como Ministro de Planificación. En la cinta, Menéndez dice lo siguiente: “Nos veían a los estudiantes como a unos revoltosos, como a unos desadaptados (…) Y se dedicaban las 24 horas a hablar en los programas de opinión descalificando al Movimiento Estudiantil” ¿No recordará el Ministro, ahora, estas frases? ¿No las pensará de nuevo mientras se transmite, en cadena nacional, una versión parcializada de lo ocurrido el 11 de abril del 2002?

En otro momento del mismo documental, Menéndez también refiere las tácticas represivas del Estado en aquellos años, cuando en algunas oportunidades los cuerpos policiales y militares aprovechaban las circunstancias y promovían la violencia. Que la marcha terminara o no terminara en paz –asegura Menéndez- no dependía del sector universitario. “Dependía del Estado”. Según él, lo único que buscaba con esto el gobierno de aquella época era “justificar acciones de represión masiva” ¿Con qué cara se mira al espejo hoy día el Ministro Menéndez? ¿Con qué dignidad escuchó ayer a Nicolás Maduro denunciando un supuesto golpe de Estado, justificando con antelación el uso de la violencia?

Deslegitimar desde el Estado la marcha del 1 de septiembre, tratar de desmovilizar a la población, sabotear la participación popular, promover la violencia, generar caos, organizar la represión…El oficialismo vive en un permanente ataque de pánico. La democracia les da terror. Es un susto muy costoso pero también muy inútil. No podrá detener la historia.


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