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jueves, 17 de diciembre de 2015

¿Patadas de moribundo?. Por Félix Seijas Rodríguez


Félix Seijas / La Patilla

Ante la derrota en la reciente elección parlamentaria, los líderes del oficialismo han optado por radicalizarse aún más lanzando amenazas y ejecutando acciones que sin dudas apuntan a desconocer lo que representa el resultado del 6 de diciembre. ¿Por qué hacen tal cosa? ¿Tiene sentido esa actitud?

Por supuesto que una lectura de la reacción del gobierno es que para los jerarcas de la revolución el costo de perder poder político es muy alto. Eso es algo que no están dispuestos a aceptar. Para ellos es preferible una salida forzosa antes que consentir cualquier tipo de contrapeso en el poder. Pero más allá de este hecho, ¿son los zarpazos que lanzan Maduro y su entorno patadas de moribundo sin esperanzas? No del todo.

Con la muerte de Hugo Chávez en 2013, cerca de 8% de los votantes venezolanos decidieron apartarse de la “revolución” y apostar por la alternativa que en aquel momento representaba Henrique Capriles Radonski. Esto ocasionó la nivelación de las fuerzas electorales entre gobierno y oposición, reflejado en el resultado de los comicios presidenciales del mismo año. El PSUV perdía estos votos de manera definitiva.

Con el agudizamiento de la crisis económica durante el mandato de Nicolás Maduro, quienes permanecían fieles a los sucesores de Chávez comenzaron a dudar. Así empezó un proceso de desapego de la figura del presidente y su entorno. Para ellos estos líderes ya no representaban lo que en su imaginario era la esencia del Comandante. “Es que sin Chávez ya esto no es lo mismo”, decía una chavista desconsolada en un grupo focal. “Hay que decir que Chávez se equivocó dejando a estos ahí, lamentablemente se ve que no dieron la talla”, decía un treintañero en otro grupo. Estas personas se desprendían de las fuerzas rojas por desencanto, no por la convicción que mostraron los que lo hicieron en 2013.

En 2015, poco menos de la mitad de esos desencantados decidió apostar de nuevo por los ojos de Chávez. Ellos tomaron esa decisión durante los cuatro meses previos a la elección. Por otra parte, en medio de la incertidumbre un pequeño grupo de descontentos se atrevió a pulsar la tarjeta de la Unidad. “No sé, yo voté por la manito pelúa esa”, dijo un motorizado a un compañero, casco debajo del brazo, atravesando el lobby de una clínica. El resto, aquellos que llegado el momento final mantenían sus dudas sobre qué hacer, decidieron abstenerse dando el golpe de gracia a las filas rojas.

Así, el oficialismo perdió entre 2013 y 2015 cerca de 2 millones de votos, los cuales desaparecieron, principalmente, entre el humo de la abstención. Por su parte, la oposición logró no solo mantener los votos logrados en 2013, sino aumentarlos en una cifra cercana a 400.000. El resultado final fue la conocida debacle electoral para la revolución.

No obstante, es un hecho que el gobierno aún mantiene poco más de 40% de respaldo electoral, y esto no es poca cosa. Adicionalmente, Maduro y su entorno saben que la mayor parte del 10,5% que perdió en estos comicios son personas que le han retirado su apoyo, pero que aún no lo depositan en nadie más y por lo tanto podrían ser rescatables. Esto último puede tener sentido si se piensa en estas personas como votantes que guardan recelo a lo que puede representar la oposición en el poder. Entonces el discurso agresivo del oficialismo juzgando y condenando de manera anticipada a la MUD podría avivar tal recelo, debilitando la imagen de la coalición ante ese segmento de votantes. Recordemos que desde el oficialismo se ha iniciado una campaña de acusaciones en la que se asegura que la oposición emprenderá acciones contra “el pueblo”, todas atrevidas, como por ejemplo eliminar el sistema de pensiones. El objetivo es nivelar de nuevo las fuerzas.

Por otro lado está la gran presión bajo la cual la oposición tiene que actuar. No solo debe manejar de manera eficaz los ataques del oficialismo, sino que en cierta manera el tiempo conspira en su contra. La oferta electoral de la MUD fue el cambio. Las expectativas de la población luego de una victoria contundente son enormes. Es sabido que los pueblos juzgan a sus líderes basados en la brecha que hay entre expectativas y percepciones de la realidad. Las mismas personas que un domingo recibieron a Jesucristo con ramos, a los pocos días lo condenaron. Eso lo sabe el gobierno y desde ya ha empezado a hacer todo lo posible por endosar a la MUD la dura situación económica que viviremos en 2016. Con esto apunta a fracturar la moral del voto opositor.

No es poca cosa lo que enfrenta la Unidad. A su favor tiene la baja credibilidad que exhibe Maduro. No todos los que el domingo 6 votaron por el Gran Polo Patriótico confían en el aglomerado rojo. Allí hay dudas. Por su parte, el gobierno tratará de hacer ver que “los otros” son peores. El nivel de radicalización aumentará cada vez más. Y todo esto ocurrirá en medio de uno de los peores años en materia económica en la historia del país.

La Unidad consolidó un 2015 lleno de aciertos. La clave fue precisamente permanecer unida sorteando los escollos que se le presentaron. En 2016 necesitará aún más unidad y cabeza fría.


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sábado, 12 de diciembre de 2015

En cifras, ¿Qué pasó el 6D?. Por Félix Seijas Rodríguez


Félix Seijas / La Patilla

FelixSeijasREl domingo pasado la oposición alcanzó una victoria contundente. En las siguientes líneas trataré de colocar tal hecho en perspectiva desde las magnitudes y características de los movimientos registrados en el mercado electoral. En el artículo del sábado 5, un día antes de la elección, comentaba los factores que hacían vislumbrar una victoria opositora aplastante. Sin embargo, de inmediato mencionaba dos elementos que generan dudas en cuanto a la estabilidad de tales márgenes.

Uno de ellos era la existencia de aquella zona gris de chavistas descontentos. Parte de ese grupo había migrado ya en los últimos cuatro meses para declarar que votaría por el oficialismo, lo que hizo que la brecha entre PSUV y MUD se redujese de 35% a 20%, al menos hasta la última medición semana y media antes de los comicios. Sin embargo, aún existía una cantidad importante de personas descontentas de cuyo comportamiento dependía el resultado en un número importante de circuitos. El otro elemento era la fortaleza de recursos con la que contaba la maquinaria roja y la incertidumbre que planteaba el “como sea” que de manera insistente nos recordaba el Presidente.

Ahora bien, por un lado sabemos que el domingo no ocurrió ningún hecho notorio que perturbara el desarrollo del proceso de votación. Por otra parte, analizando los resultados de los comicios, encontramos la respuesta de qué hizo finalmente esa masa de chavistas descontentos: se abstuvo. Ante estas dos realidades, la debacle en los resultados para el oficialismo estaba cantada.

Analicemos qué ocurrió en cifras. La oposición obtuvo poco más de 7,7 millones de votos a nivel nacional contra cerca de 5,6 millones del oficialismo, para una brecha de aproximadamente 2,1 millones de sufragios. Sin embargo, la cifra alcanzada por la MUD representa un aumento de casi 400 mil votos (2,1% del padrón electoral) con respecto a lo obtenido en la elección Presidencial de 2013 (Maduro-Capriles), mientras que la registrada por el Gran Polo Patriótico (GPP) representa una disminución de cerca de dos millones de sufragios (-10,6% del padrón electoral). Esto nos lleva a una primera conclusión: la brecha de 2,1 millones se produce principalmente por un retroceso del chavismo más que por el avance del voto opositor.

Con la intención de simplificar el análisis, supongamos que los 400 mil votos de crecimiento opositor provienen de los dos millones que disipó el oficialismo. Entonces, ¿qué pasó con el restante 1,7 millones de votantes que perdió el GPP? Ellos corresponden a la masa de chavismo descontento que el 6D optó por abstenerse, y en algunos casos, por asistir a las urnas para guardar “las formas” y votar nulo.

El detalle clave aquí es que la abstención de los descontentos se produjo de manera casi pareja en todo el territorio nacional. Analizando los resultados del domingo, el oficialismo registró una disminución de votos con respecto al 2013 en el 98% de las parroquias del país (en el 60% de ellas este retroceso fue de más del 10% del padrón electoral). La oposición, por su parte, creció en el 69% de las parroquias, siendo tal incremento en la mayoría de los casos de no más del 5% del padrón electoral.

¿Qué ocurrió en los circuitos ganados por el oficialismo? En gran parte de ellos el GPP también retrocedió de manera importante. Sin embargo, las brechas a favor del oficialismo registradas en 2013 en las parroquias que conforman estas circunscripciones eran inmensas, por lo que aquello resultó insuficiente para que la balanza se inclinara hacia el lado opositor.

Ahora bien, ¿opacan estas cifras el mérito de la MUD en la victoria conseguida el domingo? Para nada. La elección de la Asamblea Nacional es la que tradicionalmente despierta el menor entusiasmo entre los electores y por lo tanto es la que registra menores niveles de participación. El éxito de la oposición en esta oportunidad consistió en mantener activo el voto logrado en 2013 y anexarse nuevos sufragios, cosa que en las parlamentarias de 2010 no consiguió hacer el mismísimo ex Presidente Hugo Chávez.

Este objetivo se alcanzó basado en dos factores fundamentales. Por un lado se logró transmitir a la población la idea de que la Asamblea es una instancia desde la cual se puede incidir en el juego político del país, estableciendo la conexión de la misma con el factor que hoy une a los venezolanos: el deseo de cambio. Por otra parte, la oposición logró mostrarse como un bloque unido exhibiendo elementos vitales como candidaturas unitarias y la tarjeta única, lo que unido a una estrategia comunicacional coherente antes y durante la campaña electoral, la posicionó como la opción que podía dar inicio al tan anhelado cambio.

¿Se pueden considerar esos 7,7 millones de votos fieles a la MUD? No todos. Sin embargo, lo que sí podemos decir es que ellos ya no son de la actual administración de Gobierno; se desprendieron para no volver, y en cada elección por venir analizarán aquellas opciones que se distancien de lo que represente el Presidente Maduro y su entorno. ¿Qué ocurrirá con la zona gris del descontento? Esta seguirá aumentando. Todo el que entra allí inicia un tránsito que al principio le genera cierto grado de desconcierto. Para ellos ha ocurrido un divorcio entre “chavismo” y lo que representa el Presidente. Entonces, a su debido tiempo, empezarán el proceso natural de evaluar alternativas. Todo esto nos dibuja un mercado electoral diverso, lejos de estar polarizado; aunque la oferta en este momento se perciba como tal. En algún momento la oferta tendrá que diversificarse también, al menos es lo deseable. Sin embargo, no hay que olvidar que el oficialismo aún representa dos quintas partes de la población, lo que no es poca cosa, y que el PSUV continúa siendo el principal partido político del país. Por lo tanto, la existencia de una fuerza como la MUD que aglutine a todos los que buscan una alternativa es aún necesaria y lo será por algún buen tiempo si se ha de enfrentar con éxito al GPP en el plano electoral.

@felixseijasr


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viernes, 4 de diciembre de 2015

Razones para no votar. Por Félix Seijas


Félix Seijas / La Patilla

Puede que usted piense que existen muchas razones para no votar este domingo. Solo que todas ellas carecen de fundamento. Hablemos de las tres más extendidas entre la población.

El voto no es secreto

Este mito nace en la elección parlamentaria de 2005. En una auditoría realizada en Filas de Mariche, algunos técnicos de la oposición denunciaron que el sistema conectado a la captahuellas generaba un archivo que permitía reconstruir la secuencia de votación y, por lo tanto, conocer por quién votó cada elector. El CNE brindó sus explicaciones de por qué aquello no era posible, y para acabar con el debate, decidió al final eliminar el uso del captahuellas. Pero la oposición insistió en utilizar lo de Mariche como parte de sus argumentos para retirarse de la contienda. Para aquel momento, el vergonzoso episodio de la llamada “Lista Tascón” estaba muy reciente en la memoria de los venezolanos, por lo cual resultó natural que las personas asociaran una cosa con la otra y entonces naciera el miedo a las consecuencias que podría originar la supuesta vulnerabilidad del secreto del voto.

Pues la buena noticia es que el voto siempre ha sido secreto. Y lo será el próximo domingo. Durante todos los eventos electorales automatizados que se ha llevado a cabo en el país, expertos de las diferentes toldas políticas han auditado el sistema asegurando la inviolabilidad del secreto al votar. ¿No le bastan estos testimonios? Entonces solo recuerde el audio que corrió recientemente por las redes sociales, en el que un alto gerente del Gobierno les pide a sus empleados que tomen fotos con el celular al momento de votar, para así probar que lo hicieron por la Revolución. Ese señor estaba confesando que no tenía ninguna otra manera de saberlo.

El CNE cambia los resultados a su antojo

Este mito es tan solo un año más antiguo que el del secreto del voto. Su origen podemos fijarlo en la fatídica madrugada del 16 de agosto de 2004, cuando los dirigentes opositores de la llamada Coordinadora Democrática, liderada por Enrique Mendoza, calificaron de fraudulentos los resultados del Referendo Revocatorio que ratificaba a Hugo Chávez como Presidente del País. Esa actitud irresponsable de aquellos líderes instaló en el imaginario de la gente que manipular resultados electorales era una práctica sencilla de operar. Nada más falso. Para aquel momento todos los estudios de investigación previos al evento, así como los exit poll de las empresas serias, demostraban que la realidad era otra: el oficialismo era mayoría. Y lo fue hasta hace año y medio. ¿No cree en los estudios de investigación? No hay problema. Revise entonces un poco de historia y encontrará que en el mundo, todos los procesos electorales en los cuales se ha incurrido en fraude, han marcado el principio del fin de los Gobiernos que se atrevieron a tal fechoría.

Y es que cambiar un resultado no es cosa fácil, más aún cuando hay una clara mayoría. Existen cantidades de mecanismos para supervisar el proceso de conteo y transmisión de datos. ¿Que con esto quiero decir que no hay posibilidad de trampa? No es lo que afirmo. Estoy consciente del país en el que vivimos y de la situación actual de nuestras condiciones electorales. Sin embargo, de existir la trampa, esta se hace antes de presionar el botón. Luego de pulsado, tenga usted la seguridad de que su voluntad será contabilizada.

¿Recuerda las dudas que se suscitaron en los comicios presidenciales de 2013? Aun hay personas que consideran que en aquel momento hubo trampa. Sin embargo, lo que pocos manejan es el hecho de que el reclamo de la dirigencia opositora se basaba en la negativa del CNE para revisar los cuadernos de votación, y realizar la auditoría a las incidencias de la autenticación biométrica que corroborara que quienes aparecían como votantes, realmente se habían presentado en la mesa correspondiente. En ningún momento se habló de que el CNE hubiese cambiado el conteo de los votos pulsados. La acusación consistía en que se habían “añadido” votos de electores que no habían ido a votar.

La buena noticia en esta ocasión es que existe un nuevo protocolo, acordado previamente por las partes, para realizar esta auditoría. Si aún así le molesta que el día de la elección alguien pueda hacer semejante trampa, le cuento que la solución la tiene usted mismo. Vaya a votar para que no quede un “hueco” en el cuaderno que otro pueda llenar.

Para qué votar si todos los políticos son iguales

Definitivamente, no todos son iguales. Pero sin entrar en tal discusión, aquí no se trata de si me caen bien o no. Se trata de que ya tenemos muestras suficientes de que la política afecta nuestras vidas, por lo que no podemos permanecer al margen de ella. Hay que participar. Y aunque el voto en Venezuela no es obligatorio, todos debemos saber que constituye un derecho que hay que ejercer porque, particularmente en estos tiempos, se trata de un acto de responsabilidad.

Termino estas líneas con lo siguiente. El voto es secreto y no existe sistema que pueda tapar una mayoría sólida en un proceso electoral. No votar es contribuir a que tal mayoría no se haga efectiva en las urnas. Recuerde que una elección no necesariamente la gana quien tiene mayor intención de votos, sino quien registra la mayor cantidad de votos efectivos.

Todos a votar.

@felixseijasr


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viernes, 23 de octubre de 2015

Chávez se vestía de azul. Por Félix Seijas


Félix Seijas / El Nacional

En la guerra, en el amor y en campaña electoral todo se vale. Por supuesto que, al igual que sucede con la conocida frase de Maquiavelo “el fin justifica los medios”, una expresión de este tipo pululando en el sistema ético inadecuado puede servir de excusa para cometer atrocidades. En Venezuela, durante la “cuarta” vivimos campañas electorales impregnadas de ofrecimientos descabellados que lograban instalar en la mente de muchos imágenes tan singulares como la de un presidente caminando por un puente hasta la isla de Margarita. También, durante esa misma cuarta, nos cansamos de escuchar frases como “acta mata voto”, e historias de adecos enseñando a la Venezuela profunda cómo votar: “Usted abre el tarjetón y coloca el sellito aquí, arriba y a la izquierda”.

Hugo Chávez hizo lo propio durante todas sus campañas electorales. Sin embargo, en la medida en que iba consolidando un poder hegemónico, aquel “vale todo” fue adquiriendo dimensiones desproporcionadas ante las cuales cualquier historia de la cuarta se queda pequeñita. Sin ánimo alguno en justificar los excesos cometidos durante los años que precedieron la llegada del PSUV a la escena política, resulta claro el contraste que existe entre la estructura ética que reinó en la “cuarta” y la que ha reinado en la “quinta”.

Nos encontramos ahora a pocas semanas de unos comicios rodeados de una atmósfera que, en muchos aspectos, difiere de las acostumbradas en la última década y media. La oposición cuenta con una ventaja apreciable en la intención de voto nacional, así como en algunos circuitos en los que jamás ha ganado. El gran líder del oficialismo está ausente y la imagen de su sucesor se encuentra en crisis. Los problemas económicos que hacen dudar al elector oficialista parecieran agravarse de manera sostenida. Sin duda, para el gobierno el panorama luce desalentador. Pero la elección aún no ha ocurrido y, en este sentido, hay cosas que vale la pena rescatar de las campañas que lideró el presidente fallecido.

Recordemos que Chávez utilizó todo el ventajismo posible en procesos electorales en los que de antemano gozaba de una ventaja sólida. Él jamás dio nada por descontado. Podía hablar de meter “diez por el buche” y aun así no descuidaba ni una sola pieza del engranaje electoral. Sus movimientos eran calculados. Su timing era perfecto y, aun disminuido por la enfermedad que suponía acabaría con su vida, el hombre entregó todo lo que tenía en campaña.

Por otra parte tenemos que, si bien su bastión se encontraba en los sectores D y E de la población, Chávez durante sus campañas buscó acercarse a las clases B y C. ¿Lo recuerdan en grandes vallas vestido de azul?

Así mismo, es bien sabido que su discurso frontal y agresivo lograba acentuar en el electorado aquella estructura polarizada que le reportaba altos dividendos. Sin embargo, Chávez en campaña le habló a los moderados de una manera atrevida. ¿Lo recuerdan en videos hablando bajito y pidiendo el voto “por amor”?

Hugo Chávez partía con ventaja y se ocupaba de manera disciplinada no solo de mantenerla, sino de ampliarla, cosa que en la mayoría de las ocasiones consiguió. En esta oportunidad la oposición es la que parte adelante. Sin embargo, hay ciertos aspectos que poco han cambiado.

La capacidad de maniobra en cuanto a recursos disponibles y a la puesta en práctica de acciones del tipo “todo se vale”, continúa principalmente en manos del gobierno. Ahora que ellos realmente lo necesitan, utilizarán esta capacidad a su máxima potencia. La labor de los factores de oposición no es transmitir al elector que estas cosas no van a ocurrir -mayoritariamente las personas consideran que tal ventajismo existe y resultaría difícil convencerles de que no ocurrirá-, sino asegurarles que tienen la capacidad para contrarrestarlas y salir airosos a pesar de ellas.

La oposición tiene mucho terreno por conquistar y debe agotar esfuerzos en hacerlo, adecuando la forma y el vehículo del mensaje -unidad y cambio para bien- para las diferentes audiencias. Por su parte, el oficialismo tiene ante sí una labor titánica para revertir un panorama que hoy se le presenta cargado de nubarrones. La carrera está viva. Aquí no hay nada decidido. Quien esté convencido de que sí lo hay, que se aparte y le dé paso a quienes sí estén dispuestos a trabajar. Queda poco tiempo.

@felixseijasr


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jueves, 17 de septiembre de 2015

Qué Leopoldo ni qué nada. Por Félix Seijas


Félix Seijas / El Nacional

Vaya donde Juana Sifontes en La Vega y pregúntele cuánto le preocupa la sentencia de Leopoldo López. Ella forma parte del 15% de venezolanos que se autodenominan chavistas, pero que están desencantados de la actual administración del presidente Maduro. Juana debe hacer colas de dos y tres horas para comprar harina y aceite. Además, se conoce todas las farmacias de Caracas persiguiendo la medicina que su mamá debe tomar todos los días. Ella cuenta, entre lágrimas, que a su bebé le está dando chicha mezclada con leche completa porque hace rato que no consigue la formulada. Ahora bien, vaya usted y pregúntele si le preocupa mucho lo de Leopoldo López. Seguramente su respuesta será algo como “qué Leopoldo ni qué nada”. Y Juana sabe del caso. A ella incluso le parece un poco injusto lo sucedido, aunque guarda ciertas dudas sobre si el hombre es o no culpable. Chávez le dijo durante años, desde su televisor, que esa gente era mala. Ella no los ve tan malos, pero su Comandante sabía mucho y era muy inteligente, así que algo de eso debe ser verdad. Lo que sí es cierto es que con todo lo que Juana debe resolver día a día, el caso de López ocupa un puesto bastante bajo en su muro de preocupaciones.

Lo que Juana desea es que cesen sus problemas. Ella no aspira a una quinta en La Lagunita ni a una Hummer en su garaje. Ella quiere rescatar su tranquilidad. Ella desea ir al abasto y saber que va a encontrar leche de fórmula y que dispone del dinero para comprarla sin sacrificar su propia comida o las vacaciones adonde su hermana en Sinamaica. Pero ya Juana no confía en que el actual gobierno le puede garantizar aquello. Entonces ella busca opciones, voltea la mirada hacia la oposición, y por primera vez se hace de manera seria la pregunta: ¿Será que vale la pena?

Para que ante Juana la oposición “valga la pena”, esta debe sonar preocupada por los problemas de ella y además transmitir que tiene la capacidad para resolverlos. Y para que a su vez eso sea creíble, la oposición debe mostrarse seria, transparente y, sobre todo, dueña de un accionar coherente producto del atributo más valorado por la población: “unidad”. Es aquí donde los factores concentrados en la MUD, dando los pasos correctos, pueden capitalizar de mejor manera un hecho lamentable, pero ya consumado: la injusta sentencia a Leopoldo López.

Las señales que harían que Juana se mostrase interesada en la oposición son aquellas que transmitan intereses colectivos. Y estas señales bien pueden reflejarse en la preocupación de los factores opositores, no por una persona en específico, sino por lo que él representa, y que además, en ese camino los intereses particulares de cada tolda sean dejados atrás en la búsqueda del bien común. El caso López debe percibirse como la injusticia de un familiar asesinado por un par de zapatos, como la obligación de hacer colas de horas para comprar azúcar, como el hecho de no conseguir un medicamento, de que el dinero no alcance para un mercado decente, de no visualizar un futuro, de no tener esperanzas. La oposición debe lograr tal conexión y la debe lograr en positivo, sin transmitir odios o deseos de venganza. Hay que mantener siempre presente que Juana quiere un cambio porque las cosas no andan bien, no porque odie a alguien dentro del gobierno. Percibir tal sentimiento la asusta.

¿Por qué hago énfasis en el sector de la población al que representa Juana? Porque ese sector se parece mucho a aquel que dice no ser ya chavista, pero que tampoco está convencido de que la oposición sea una alternativa válida, así como tiene también mucho en común con aquellos que han empezando a ver a la oposición como una posibilidad, pero que, incluso diciendo que votarían por ellos, aún guardan ciertas reservas. Y son estos grupos -que en conjunto representan a 40% de la población inscrita en el RE- quienes constituyen el mercado electoral, es decir, el terreno bien sea por ganar o por consolidar. El restante 60% ya tiene decidido por quién votar; aquí el trabajo de ambas fracciones, oficialismo y oposición, consiste en asegurarse de que los “suyos” asistan a sufragar.

@felixseijasr


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sábado, 30 de mayo de 2015

El reto de la oposición. Por Félix Seijas Rodríguez


Félix Seijas / El Nacional

Si a las personas se les presentan solo dos opciones, oficialismo y oposición, la última casi duplica a la primera en intención de voto. Si se ofrece una tercera opción -no asociada con ninguna de las dos primeras-, el oficialismo mantiene relativamente estable su nivel de intención de voto mientras que la oposición ve desvanecer cerca de 15%. ¿Por qué ocurre esto?

Alrededor de 20% de las personas que declaran votar por la oposición lo hace buscando la única alternativa al oficialismo que conocen, sin estar convencidos de que ello sea algo bueno. Esto tampoco quiere decir que si aparece una tercera opción ellos migrarían su voto hacia ella. Para que sea así, tal alternativa tendría que representar algo en lo que ellos vieran reflejadas sus aspiraciones. Esto pudiese o no ocurrir en algunos circuitos, el riesgo está ahí, así como también está la posibilidad de que estos “no convencidos” se abstengan. ¿Por qué estos venezolanos no terminan de ver a la oposición como la alternativa ideal?

Debemos partir del hecho de que la mayoría de estas personas, en algún momento del pasado reciente o lejano, simpatizaron con el exmandatario Hugo Chávez. El haber militado en aguas de simpatía chavista supone que estuvieron sometidos a un discurso que constantemente satanizaba a las fuerzas opositoras, y en cuyo saco caía todo lo que no se plegara a la voz de mando gubernamental. Esto en sí mismo marca una barrera “natural” para que estos votantes puedan percibir a la oposición como algo bueno. Hablamos de una muralla que solo la misma oposición puede derribar. ¿Por qué la barrera no termina de caer? 

Por un lado tenemos que una parte de estas personas recién se “desprende” del oficialismo, y apartarse de algo para correr a la acera contraria no es algo común. Ese proceso requiere de cierto tiempo, así como de ciertas condiciones que permitan al elector percibir a la oposición como el lugar donde sus aspiraciones se pueden materializar. Es allí donde se encuentran las trabas para derrumbar los obstáculos que separan a esos votantes de la opción que ofrece la MUD. ¿Qué cosas harían percibir a la oposición como merecedora de la confianza de la gente?

Primero: las personas, en particular aquellas que estaban acostumbradas a una sola voz de mando como ocurría con Hugo Chávez, necesitan percibir cohesión, sincronía, unidad. Si bien es natural que una coalición habitada por tantos factores con distintos ritmos cardíacos muestre diferencias en algunos aspectos, y que el simple hecho de conducir tal embarcación en aguas tan delicadas constituye en sí un esfuerzo digno de admiración, las desavenencias que esta agrupación ventila en público son percibidas como síntomas de desunión y muestras de egoísmo al servicio de agendas ocultas de quienes la conforman. La lectura final que estas personas hacen es que la oposición no está preparada para conducir el país.

Segundo: una de las características que definen a las personas que integran el grupo de los “no convencidos” es el cansancio ante la diatriba política. A ellos les repele olfatear lo que definen como “peleadera”. No importa de qué bando venga, al escuchar un discurso que se base en atacar al otro por medio de críticas u otra forma, se cierran de manera automática desplegando un escudo que no cederá. Para ellos, estos son actos mezquinos donde aparecen de nuevo las agendas ocultas demostrando que “todos son iguales” y en los que hay un solo perdedor: el pueblo. Las personas necesitan escuchar que se habla de propuestas, de soluciones, sin percibir otro interés que el beneficio colectivo. Entonces, el escudo se desvanece.

Por último: el líder. Uno de los atributos más asociado a la idea de “unidad” es la presencia de un líder. Sin líder no hay unión, solo grupos en pugna. Esta es otra característica a la que están acostumbrados quienes vienen del oficialismo y más allá; el caudillismo persiste en nuestra psique social. En las últimas campañas electorales la oposición logró posicionar la figura de Capriles Radonski como el líder de la unidad, que quizás gustaba mucho a unos y poco a otros, pero estaba ahí, existía y era el punto de referencia. Sin embargo, ha transcurrido poco más de un año en que esta imagen cedió y la oposición se ha conducido sin una figura clara de liderazgo. Coincido con quienes sostienen que el amor al caudillo es algo que debe cambiar en nuestra sociedad, pero lo cierto es que tal cambio aún no se ha dado y las estrategias electorales de hoy deben montarse sobre realidades presentes. El cómo se presenta la figura de un líder es un tema para el debate. Podría no tratarse de una sola persona.

El mercado electoral está ahí, es amplio y complejo. La estrategia para ganarlo constituye un reto para ambas fracciones. Cada una debe trabajar por hacerse de lo conquistable y neutralizar lo perdido. La oposición parte con ventaja, es cierto, pero las características propias de una elección parlamentaria y las realidades del país en el que hoy vivimos mantienen más de una puerta abierta.


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jueves, 14 de mayo de 2015

La oposición luce adelante, pero… Por Félix Seijas


Félix Seijas

Se aproxima la elección de diputados a la Asamblea Nacional. A diferencia de procesos anteriores, en esta oportunidad abundan cifras y análisis que colocan al oficialismo ante un escenario electoral adverso.

No hay duda de que la oposición goza de una clara ventaja en intención de voto. Sin embargo, también es cierto que el triunfo no se vislumbra como algo sencillo: existen diferentes factores que representan amenazas para la consolidación de una victoria electoral.

Lo primero es que no se trata de una elección nacional sino por circuitos y el sistema electoral actual no garantiza que una mayoría en la votación general se traduzca en mayoría parlamentaria. Adicionalmente, nos encontramos con un sistema que dista mucho de lo proporcional en el cual se favorecen circuitos con menor población en los que el oficialismo tiende a tener mayor apoyo. Esto obliga a la oposición a conquistar terrenos en los cuales la población es altamente dependiente del sector público y donde hacer campaña resulta costoso. Sin embargo, la merma en la confianza de la gente hacia la actual administración de gobierno se encuentra extendida por todo el territorio nacional, por lo que un trabajo coherente por parte de la dirección opositora y de sus candidatos encontrará terreno fértil en el que ganar circuitos perdidos en 2010 es factible.

Por otra parte tenemos el fantasma de la abstención, el cual, si bien constituye un peligro para ambas fracciones, continúa siendo una amenaza mayor para la oposición. Una parte importante de los venezolanos está disgustada con el gobierno, pero también está desanimada y con pocas expectativas de que a través de la Asamblea Nacional se pueda generar el cambio al que aspiran. Entonces se hacen la pregunta: ¿para qué votar? La oposición debe ofrecer una respuesta contundente a tal interrogante que logre permear en el imaginario de la población, conectando las imágenes “Asamblea Nacional” y “cambio”.

La idea de que con la actual directiva del CNE no habrá elecciones justas es otra creencia extendida entre el electorado. Ella potencia el desánimo del elector opositor y en consecuencia, la abstención. Los líderes de la unidad deben trabajar en convencer al venezolano de que pueden defender el voto, y fortalecer la percepción de que cualquier ventajismo funciona en escenarios ajustados, y no cuando existe una mayoría sólida que acude a votar. El voto opositor es mayoría en intención y este hecho debe ser difundido; pero también hay que comunicar que tal intención debe convertirse en mayoría efectiva el día de la elección.

El oficialismo por su parte tiene la obligación, por un lado, de despertar y cohesionar el voto que aún conserva y tratar de recuperar algo del terreno perdido, y por otro lado, de potenciar la desesperanza en las filas opositoras. Para ello, en los próximos meses debe generar la sensación de que los problemas cotidianos del venezolano, en especial la escasez, el desabastecimiento y la pérdida del poder adquisitivo, están siendo solventados, mientras va creando situaciones que desmotiven el voto opositor. Para ello existe margen de maniobra, y sin lugar a dudas veremos acciones orientadas a tal fin.

La oposición tiene por delante un delicado trabajo el cual pasa por la indispensable tarea de mostrarse como una alternativa válida al actual gobierno y consolidar así el apoyo de aquellos que aún no los ven como tal. De eso hablaremos en un próximo artículo.

@felixseijasr


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