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domingo, 25 de marzo de 2018

Inspiración para Nicolás. Por José Domingo Blanco


José Domingo Blanco (Mingo) / Runrunes

Cuando en un país, las instituciones son independientes y fieles a los principios para los cuales fueron creadas, las cosas funcionan. Cuando en un país, los magistrados y congresistas cumplen a cabalidad con las funciones de sus cargos y no con las órdenes del mandatario de turno, las cosas funcionan. Cuando en un gobierno, el congreso vela por los intereses de los ciudadanos, la contraloría exige transparencia en la ejecución de los presupuestos y la fiscalía castiga a los que disfrutan desviando los recursos de la nación hacia sus cuentas personales, eso es un modelo exitoso. Cuando un presidente que se ve involucrado en escándalos de corrupción, renuncia, eso es “el deber ser”. Cuando un hombre, ocupando la cúspide del poder, antepone su moral y se aparta del cargo para evitar la inestabilidad política de una nación, eso es gallardía. Y no muchos, tienen las agallas para realizar un acto como ese.

Por el contrario, nuestro continente está plagado de historias de caudillos enfocados en lograr que su permanencia en el poder sea vitalicia. Caudillos de este siglo, con sueños trasnochados y ansias de reflotar modelos fracasados, que mantienen secuestrados los países que gobiernan, movidos por sus egos y ambiciones personales. Latinoamérica, la del siglo pasado y este, está plagada de mandatarios que no han terminado de ganarse la banda presidencial, cuando ya están pensando en cómo abolir la Constitución, darle un golpe de Estado al Congreso y gobernar con plenos poderes otorgados por los serviles ambiciosos que nunca faltan. Latinoamérica está infectada de caudillos febriles que se creen neolibertadores de unas naciones que, más que liberadas, aspiran ser gobernadas con equilibrio y justicia, con garantía y respeto a la vida de sus ciudadanos, con crecimiento económico, con oportunidades, desarrollo y calidad.

Cuando me enteré que el presidente peruano, Pedro Pablo Kuczynski, había renunciado, y escuché las razones de su dimisión, pensé en Nicolás. Lamenté que la noticia no tuviera como protagonista al culpable de la destrucción de nuestro país. Deploré que eso estuviese ocurriendo en Perú y no en Venezuela donde, desde hace algunos años, hemos apelado a todas las opciones constitucionales para extirpar este cáncer llamado chavismo/madurismo, y que ha sido el causante de la crisis más profunda y cruenta que haya tenido nuestra nación. Me vinieron a la memoria los cientos de casos de corrupción, estafas, desvío de recursos que han ocurrido en los últimos veinte años –que yo mismo he denunciado, junto con otros colegas, con pruebas, entregadas en las instituciones correspondientes- y con culpables abiertamente identificados –algunos prófugos; otros, olvidados; caídos en desgracia o, en el peor de los casos, aún gobernando al lado de Nicolás.

Pero, también pensé en el aplomo que se requiere para tomar una decisión como la que tomó Kuczynski. Insisto, no todos tienen esas agallas para soltar el poder que, en la mayoría de los casos –y sólo, salvo contadas excepciones de comprobada honradez- reporta “enormes beneficios”. Y son, precisamente, esos enormes beneficios los que envician a quienes desesperadamente buscan las justificaciones para mantener el control de un país, de sus ciudadanos y sus recursos “a como dé lugar”.

Mientras escuchaba a Kucsynski, imaginé que era Nicolás quien se dirigía a nuestra nación. Que era Maduro el que nos hablaba para darnos la excelente noticia –sí, esa sería una excelente noticia- de que renunciaba al cargo al que fue ilegítimamente designado. Pero que, además, antes, en un acto de arrepentimiento y compasión, ponía a la orden de la Interpol o el FBI, a cada uno de los funcionarios que le acompañaron –a él y a Chávez-, durante estos 20 años, e hicieron de Venezuela su caja chica. Que él, y no el Fiscal Poeta de la Revolución, antes de renunciar, destapaba las ollas podridas de corrupción y guisos que han caracterizado las dos últimas décadas. Que, antes de ponerse a la orden de las nuevas autoridades judiciales del obligatorio período de transición y de la Asamblea Nacional –por la que sí votamos- señalaba a cada uno de los corruptos del régimen, responsables de la quiebra del país: una delación de la que no se salvaría nadie. Ni su amada Cilia.

Pero, fue Kucsynski el que renunció. Y todos los venezolanos aspiramos que el gesto del mandatario peruano, sirva de inspiración a Nicolás.

@mingo_1


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viernes, 4 de agosto de 2017

¿Estamos para elecciones?. Por José Domingo Blanco


José Domingo Blanco (Mingo) / Runrunes

¿Es el momento de desviar la atención hacia lo electoral? ¿El país, el ánimo de los venezolanos, está como para cambiar el rumbo y comenzar a hablar de elecciones? ¿La crispación actual se aplacará eligiendo gobernadores y alcaldes? Supongamos que, por consenso, todos estuviésemos de acuerdo con unas elecciones en diciembre de este año, ¿asistiríamos a unos comicios organizados por Tibisay Lucena, a pesar de las denuncias del Director de Smartmatic, Antonio Mugica? “Cosas veredes que faran fablar las piedras” una expresión que, por cierto, muchos colocan en boca de Don Quijote, la célebre novela de Miguel de Cervantes; pero que, al parecer, tiene una raíz literaria más antigua, remontándose incluso al Cantar de Mío Cid. Así podríamos decir los venezolanos después de tres meses de protestas: “cosas veredes que faran fablar las piedras”, un dicho que se usa como sinónimo de perplejidad y asombro ante las cosas que ocurren en derredor.

La recomposición de Venezuela no comienza con unas elecciones regionales. Los problemas del país, no se solucionan participando en unos comicios para seleccionar nuevos gobernadores. Hay demasiado desorden como para suponer que, sin instituciones imparciales, autónomas, independientes y apolíticas, vamos a corregir los errores que nos tienen hundidos en este atolladero.

Cómo hablar de elecciones cuando la ONG Súmate, a propósito de los resultados del 30J, enumera las posibles irregularidades que se cometieron en el acto del domingo. Y cito textualmente las declaraciones de Francisco Castro, uno de sus voceros, reseñadas en El Nacional del jueves 3 de agosto; “lo grave es la falta de información, pero el fraude puede deberse a diversas causas: el voto múltiple, la usurpación de identidad, la introducción de votos fraudulentos mediante la simulación sin la presencia del elector, que se hayan precargado en el software de las máquinas o es perfectamente posible que Lucena haya inventado los resultados en una computadora o en una hoja. Las cosas se complican porque no hubo auditorias, no abrieron las cajas, no se imprimieron las actas de escrutinios, lo que dificulta la auditoría”. ¿Les parece haber oído esto antes?

Asegurar que hay que participar en las elecciones para no perder espacios, así estén organizadas por este cuestionado CNE, es avalar todos los procesos que a lo largo de estos años de opresión ha organizado el ente rector –incluido el del pasado domingo 30 de julio. Es seguir haciéndonos los sordos ante las evidencias de fraude que, elección tras elección, los expertos en la materia vienen denunciando. Es aceptar que este CNE, el que tiene la misma directiva caduca, es legítimo y, por tanto, cada uno de los actos que ha organizado, válidos. Es barnizar de democrático a un régimen dictatorial.

Es que acaso no despierta suspicacia que este miércoles, el Director Ejecutivo de Smartmatic, Antonio Mugica, denunciara que se abultaron los resultados de las elecciones del 30J. Estas declaraciones, unidas al hecho de que veinte gerentes de Smartmatic se hayan ido del país, avalan una realidad de la cual los venezolanos fuimos testigos: la cifra de Tibisay no concuerda con la afluencia de votantes que hubo en los centros de votación habilitados, ¡incluido el Poliedro! Sin embargo, era lógico suponer que el régimen estaba obligado a “inflar el perro”, como se dice en el argot periodístico. Disfrazar la abstención y elegir una ANC a pesar del rechazo y las denuncias de más de 40 naciones del mundo, es insistir con la imposición de un sistema de gobierno que prescribió.

¿Debemos reenfocarnos en el cronograma electoral y abandonar la protesta? ¿En qué cambiaría el país si logramos una nueva cohorte de gobernadores sin antes corregir otros males mayores? Porque, si la tesis es “no perder espacios” –o ganar gobernaciones o parcelas de poder- recordemos que, cuando en diciembre de 2015 masivamente elegimos a una nueva Asamblea Nacional opositora, antes de entregar sus curules los diputados del régimen se apuraron en nombrar al nuevo TSJ, éste que se ha encargado de arrinconar y desconocer las decisiones del poder legislativo. O que ocurra lo mismo que sucedió cuando Ledezma fue electo Alcalde Mayor: inmediatamente, le colocaron por encima un supra alcalde que le inhibió todas sus actuaciones, hasta que finalmente, lograron neutralizarlo con una detención que continua en un limbo jurídico.

Evaluaría la posibilidad de votar en una elección de gobernadores, si y solo si, volvemos al voto manual; pero, en el que cada Estado, con sus ciudadanos, con su infraestructura, organizara el proceso regionalmente. Pero, cuando volteo la mirada, y hago un recorrido por los destrozos que ha dejado este régimen a su paso, me doy cuenta que, en este momento, son otras las prioridades. La urgencia de Venezuela, no está en escoger candidatos para las gobernaciones. Los problemas son más graves y si no los solucionamos antes, no quedará ni siquiera un país que repartirse entre los ambiciosos de siempre.

@mingo_1


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sábado, 19 de noviembre de 2016

Mesa que más aplauda… Por José Domingo Blanco (Mingo)


José Domingo Blanco (Mingo) / Noticiero Digital

“Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los apóstoles y les dijo «Yo tenía gran deseo de comer esta Pascua con vosotros antes de padecer. Porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que sea la nueva y perfecta Pascua en el Reino de Dios, porque uno de vosotros me traicionará”. Juan 13:21… Así describe la Biblia la última cena de Jesús de Nazaret con sus 12 discípulos. Una cena que, al terminar –al levantarse de la mesa, como diríamos en criollo– daría inicio a las persecuciones, calvario y crucifixión de quien fue llamado el hijo de Dios.

Esta mesa, en la que tuvo lugar la última cena de Cristo, es quizá de las primeras de la historia que adquiere tanto protagonismo: allí se sentaron los apóstoles. Allí se sentó Judas Iscariote, el traidor, y Pedro, quien negó a su Maestro, no una sino tres veces. Y todos decían amar a Jesús. O, por lo menos, eso es lo que nos cuentan las sagradas escrituras sobre este episodio: un episodio muy simbólico, profundo y de gran significado para el cristianismo.

La última cena de Jesús de Nazaret ha sido motivo de inspiración para los artistas a través de los siglos. No hay última cena sin mesa en torno a la cual se distribuyan los apóstoles. Quizá la más famosa de estas representaciones sea la de Leonardo Da Vinci, en cuyo mural la “mesa” ocupa un primer plano y pasa a ser tan importante como el resto de los personajes pintados magistralmente en esa obra. Una mesa con mantel blanco impoluto –más impoluto que las intenciones de algunos de sus comensales– sobre la que Da Vinci pintó hogazas de pan y copas de vino.

También me viene a la mente otra mesa mítica y legendaria: la de Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda, la que dio origen –gracias a que todos se sentaban en la misma mesa– a una orden de caballeros que se encargaba de decidir el destino de Camelot y emprender épicas cruzadas. En ese tablero redondo, presidido por el rey Arturo, se sentó, por ejemplo, sir Lancelot, quien supuestamente fue de los más fieles al rey: su mano derecha, el más solidario y el que le siguió la corriente en la búsqueda del Santo Grial…; el que también tuvo un tórrido romance con Ginebra, la esposa de su pana, el rey…

Estas son solo las más famosas mesas que me vienen en este instante a la mente. Indiscutiblemente, debe haber otras, más mundanas que divinas, pero con igual importancia que las dos con las que abro este artículo.

Ya, en nuestros tiempos, hemos tenido la ocasión de presenciar mesas más paganas. Preñadas de buenas intenciones, pero ocupadas por algunos Judas Iscariote, Pedros o Lancelot, con o sin justificadas razones, para actuar de esa manera.

En los últimos días, hemos sido testigos de cómo el Vaticano, a modo de maestro que reprende a los camorreros del salón, sentó en una misma mesa a dos bandos opuestos para que limaran asperezas, apartaran sus ambiciones y antepusieran las necesidades de una nación completa que clama por soluciones. Muchos aplaudieron el momento, tan cargado de simbolismo como la Última Cena de Jesús o la Mesa Redonda de Arturo…, pero no tomaron en cuenta que esta mesa, la de diálogo que impusieron el Vaticano y Zapatero, estaba infestada de termitas: esos bichitos que no se ven a simple vista, mas corroen y se devoran las entrañas de la madera.

Esta mesa de diálogo, de la Mesa de la Unidad y el régimen, la he interpretado de distintas maneras. Sin que falten los calificativos: mesa de ilusos, mesa sainete, mesa de reparticiones, mesa de la neodictadura de partidos, mesa de quienes creen sentirse los dueños absolutos de nuestro destino, mesa de quienes creen que los venezolanos somos ganado y Venezuela la gran hacienda que se reparten en parcelas. Recuerdo que cuando se anunciaban estas conversaciones de la Mesa de la Unidad y el desgobierno, no me hice mayores expectativas. A los pocos –o muchos– que me atreví a comentárselo me tildaron de pesimista. Lo primero que alerté es que estas conversaciones no darían luz verde al revocatorio. Incluso, me atreví a cuestionar a los voceros de la MUD, a quienes desconocemos bajo qué criterios fueron seleccionados como representantes de una de las oposiciones. Esta mesa de diálogo, a mi juicio, oxigenó a un Maduro que –antes de sentarse a negociar– estaba perdido. Y no me cansaré de repetirlo. El régimen obtuvo lo que quería: afianzarse en el poder, prohibir las protestas en su contra y negar las posibilidades de que, amparados por la Constitución, salgamos de él.

Atrapado en el tráfico, enciendo la radio. De pronto, un ritmo contagioso llama mí atención: “mesa, mesa más aplauda; mesa que más aplauda le mando, le mando, le mando a la niña…za za za cha cu za, cha cu za. Za za za cha acu za, cha cu za...”.

Llego a mi casa, aun tarareando el “za za za cha cu za”, voy directo a la computadora y la busco en Youtube (https://youtu.be/WTzHir-jmes). Al ver el video, y escucharla de nuevo, suelto la carcajada. No pude evitar pensar que la mesa de diálogo era como está canción: una rochela que estará sonando por un tiempo y que pondrá a bailar a más de uno…Luego, irremediablemente, caerá en el olvido, sin que nada haya cambiado.


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sábado, 5 de noviembre de 2016

Seguimos jodidos. Por José Domingo Blanco (Mingo)


José Domingo Blanco (Mingo) / Noticiero Digital

Coincidí en el ascensor con un vecino que, en dos palabras, resumió la situación de los venezolanos: “estamos jodidos”. Y me temo que, a pesar de que me gustaría opinar lo contrario, coincido con él. Llegamos otra vez al punto “ciego” en el que hemos estado en otras oportunidades. Porque no es la primera vez que la oposición cae en la trampa del diálogo. No es la primera vez que accede a reunirse con los representantes del desgobierno para plantear sus peticiones. Solo que en esta oportunidad, en un intento por resolver la crisis que enfrentamos, el papa Francisco –nada más y nada menos que el máximo representante de Cristo en la Tierra– interviene y manda a un emisario de la Iglesia para que siente a la oposición y al régimen en la misma mesa, los ayude a dirimir las diferencias y se establezcan acuerdos.

Pero una de las partes en conflicto es como un muchacho malcriado y camorrero, que no quiere dar su brazo a torcer. Y al mejor estilo de un mocoso peleón, apenas el papa dé la espalda pensando que logró reconciliación, volverá a entrarse a puños, se burlará de los acuerdos, incumplirá las promesas y las verdaderas víctimas de esta tragedia –nosotros, la sociedad civil– seguiremos sufriendo las consecuencias de vivir en un país arruinado, destruido y gobernado por malandros.

Porque, a mi juicio, el diálogo es una trampa cazabobos, por más que en esta ocasión el nuncio apostólico actué como mediador imparcial del debate. Ya todos conocemos las artimañas, engaños, rencores y maldad de este régimen. No es la primera vez que los vemos encogidos de hombros, aparentando un falso arrepentimiento y deseo de enmienda. Basta que los árbitros den la espada para que el régimen olvide los convenios y siga dando dentelladas y zarpazos a quienes se le oponen en su camino a la perpetuidad en el poder. Me cuesta creer que en esta oportunidad será distinto: aun cuando dialogar con la oposición haya sido la penitencia que el papa Francisco le impuso a Nicolás.

La MUD tiene una lista de peticiones que exigirle al régimen; un régimen que, muy astutamente, vuelve a ponerse el disfraz de corderito manso y bondadoso para fingir que está dispuesto a encontrar salidas conjuntas. Tendría que mudarse el Vaticano a Venezuela para lograr que Maduro y sus secuaces actúen con la disposición que, en apariencia –y solo en apariencia– dicen tener. Porque, de otra manera, como ya lo demostraron en los minutos siguientes al primer encuentro “pre diálogo, pre exploratorio”, la soberbia y el verbo altanero será el que siga imponiéndose, bajo el amparo de leyes maleables a sus antojos y caprichos. Porque escuchar a Nicolás diciendo –después de la reunión con un sector de los opositores– que los felicitaba porque “están cogiendo mínimo” o referirse a Voluntad Popular como un partido de terroristas, muestra su verdadero talante.

Cuando una parte de la MUD le concede el beneficio de la duda al desgobierno y se sienta a dialogar, lo oxigena y lo ayuda a liberarse de la presión que la sociedad civil está ejerciendo para exigir un cambio de timón. No es la hora del guabineo, porque el guabineo nos ha dejado 18 años de pesadillas, saqueos y destrucción. Es muy difícil creer que un malandro, luego de años en prisión, se regenera. Un malandro no entiende de diálogos ni acepta órdenes, ni se gana el respeto de los otros haciendo lo correcto. Un delincuente amenaza, castiga, tortura, abusa del poder que se ha ganado a costillas del miedo de sus víctimas y de los mecanismos violentos que tiene para imponer su voluntad. Y los venezolanos estamos claros de quienes son los que nos gobiernan: solo basta mirar las posiciones deshonrosas que ocupamos en los peores rankings mundiales.

Esta conversadita del pasado domingo, con fotos para la posteridad, palmaditas en el hombro y unas cuantas libretas de excarcelación para algunos presos políticos son como el chupón que se le mete en la boca al niño llorón, al que no se le quiere hacer caso y al que, efectivamente, no se le prestará atención. ¿Cuántos de los puntos presentados por un sector de la oposición a Nicolás se van a cumplir? ¿Cuántos corruptos de este régimen salvarán sus cabezas a cambio de las peticiones que presentó la MUD? ¿Qué sabe la MUD, que no sabemos nosotros –el resto de los venezolanos– que los llevó a asumir este costo político de sentarse a hablar con Maduro, cuando lo que la sociedad civil está pidiendo a gritos es un cambio radical de gobierno, con cualquiera de las opciones que permite la Constitución? ¿Ustedes creen que los chavistas/maduristas están dispuestos a ceder para soltar lo que por años les ha permitido tantos lujos y beneficios? ¿Qué podemos esperar de un régimen que tiene “narcosobrinos” y alianzas con personeros de la más dudosa reputación? No nos queda tiempo para ser ingenuos. No estamos frente a niños inocentes, con deseos de hacer las cosas bien: estamos frente a pranes, asesorados por los Castro, expertos en totalitarismo y destrucción.

Me cuesta concederle a los dialogantes el beneficio de la duda, por más que me digan que no debo perder la fe, y recordar que tiranos que se creían más poderosos fueron derrocados. Me cuesta creer que esta vez, Nicolás, Diosdado, Jorge, Héctor, Delcy, Aristóbulo, Elías y el resto del clan van a poner la soberbia a un lado y ceder lo que tantos beneficios les ha reportado. Me cuesta no concederle la razón a mi vecino… “estamos jodidos”.


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sábado, 22 de octubre de 2016

Diosdado, “el kraken”. Por José Domingo Blanco (Mingo)


José Domingo Blanco (Mingo) / Noticiero Digital

No sé si reírme o sentir pena ajena. En una de sus tantas cadenas, Maduro amenazó “con soltarnos a Diosdado…” ¿para que nos asuste o lo defienda?

Debo confesarles que no recuerdo a quién, con exactitud, intimidaba de esta manera, pero fue así tal cual como estoy diciéndoles: ofreció liberar a Diosdado como quien suelta a una bestia furiosa para que se devore a una presa.

Y el comentario me pareció brutal –desde todo punto de vista– porque Nicolás, en medio de esa desesperación ciega que lo hace cometer estupideces, utiliza como defensa ante los ataques que se gana por inepto, con “soltar a Diosdado” para que arremeta contra sus detractores como si el diputado Cabello fuese un furibundo perro Rottweiler, encadenado y hambriento, de esos que tienen de mascota en los talleres mecánicos y que sueltan en las noches a manera de “guachimán”.

Supongo que comentarios de este estilo, emanados desde el Ejecutivo, pudieran ser un halago para Cabello quien, con su verbo y actuaciones, no hace más que fortalecer esa imagen de “bravucón de barrio” que con tanto afán cultiva. Supongo que gozará sembrando el miedo a su paso, porque el poder y la autoridad están de su lado. Pero, es mucho el alzadito al que tarde o temprano “le llega su sábado…o uno más arrecho que él que lo pone en su lugar.

Pero así es como gobierna esta gente. A lo malandro de las zonas de paz, que impone sus propias reglas usando como papel higiénico las hojas de la Constitución. El país actual, la Venezuela desmembrada y saqueada, está gobernada por el más selecto grupo de incapaces, que ha logrado transformarla en una réplica gigante de cualquiera de nuestras cárceles, en las que los pranes son la máxima autoridad. Los líderes negativos absolutos que imponen las reglas y el resto del penal, simples peones obligados a obedecer y a acatar. Poder, dinero (malhabido) y armas: esas son las herramientas que les permiten a los pranes tener el control. ¿No son acaso estas las mismas herramientas con las que cuenta la revolución? ¿No son las amenazas y las violaciones a la Constitución las características de quienes prefieren delinquir? ¿Cómo se tilda al individuo que, por sentirse guapo y apoyado, viola los derechos de sus subyugados y quiere exigirles que hagan su voluntad?

Este miércoles, para no ir muy lejos, en su programa Con el mazo dando –un nombre que ilustra muy bien la actitud camorrera de quien lo conduce– Diosdado aseguró que el referéndum revocatorio no va este año “y punto”… y que tanto la MUD como este proceso establecido en la carta magna, “rodó y muy feo”. Listo, no se diga más. Ya Cabello habló y sentenció que en 2016, por más que se cumplan con todos los recaudos, se superen los escollos y las trabas, no habrá referéndum. Porque este régimen sabe, como nadie, que ya no cuenta con el favoritismo de la gente y presentarse a unas elecciones significaría el fin de su estadía en el poder. Porque la necesidad de mantenerse gobernando a Venezuela y a los venezolanos “a como dé lugar” va más allá de lo que establecen las leyes. Porque para eso se han blindado y rodeado de gente fiel, con débiles principios y dudosa ética, capaz de retorcer las normas e interpretarlas para que siempre se adapten a los caprichos del dictador.

Y en medio de todo este caos siguen invirtiendo esfuerzo y dinero para fortalecer la política de amedrentamiento. Una política muy tenebrosa, que amenaza con negar las bolsas CLAP a quienes se les opongan. Porque el hambre, generada por la escasez y la inflación, es la soga al cuello del venezolano, en manos de los verdugos. Porque un régimen que obliga a sus empleados a faltar a las oficinas y a incumplir con sus horas de trabajo para que vayan a las marchas en respaldo a la revolución, deja ver su carácter dictatorial. Un desgobierno que le niega a los empleados de sus instituciones el derecho a la asistencia médica si descubre que firmaron en apoyo al revocatorio, o porque faltaron a alguna concentración, es a todas luces más totalitario que democrático.

Así que, no conforme con estas medidas intimidatorias, Nicolás amenaza con soltarnos a Diosdado, como si este fuese una especie de kraken y, a imagen y semejanza de la espeluznante criatura de la mitología, destruya con su furia a aquellos que se atrevan a llevarle la contraria.


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domingo, 24 de julio de 2016

¡Maduro Menú!. Por José Domingo Blanco (Mingo)


José Domingo Blanco (Mingo) / Noticiero Digital

- A lo lejos, un flaco -muy flaco- que no reconozco, comienza a agitar sus brazos al mejor estilo de CAP en campaña electoral. La distancia no me permite reconocerlo, aun cuando es evidente que él a mí sí. A medida que se me aproxima, apelo a mi buena memoria para rostros y nombres; pero, nada: sigo sin saber quién es. Hasta que lo tengo de frente y su voz lo delata. Finalmente, identifico en ese flaco al amigo de la infancia, al compañero de bachillerato, al compinche de los años de juventud y al socio de las andanzas profesionales. Se ha quitado unas cuantas tallas de encima; sin embargo, no me atrevo a preguntarle las causas de su extrema delgadez. No quiero que me responda como Pedro, mi pana el motorizado, quien también luce mucho más flaco y no precisamente por recomendación del doctor: “le estoy dejando la comida a mi mujer y a mis hijas. Yo resuelvo con cualquier cosita. Mira esto –me dice Pedro, señalando su cinturón- le tuve que abrir dos huecos a la correa. Pero es que esta situación está muy arrecha Mingo y los reales no me alcanzan. Así que empecé a comer menos para que, lo que puedo comprar, alcance para ellas”. Duele, duele mucho saber que el hambre pasó a ser la constante de muchos hogares del país y es el plato principal de la mesa de los venezolanos.

Y lo que me dijo Pedro, en el fondo, es similar a lo que escuché mientras hacía la cola en el banco. Un señor le comentaba a un compañero de trabajo: “la poca carne o pollo que mi esposa y yo podemos comprar, se la estamos dejando a los chamos. Nosotros, nos las arreglamos con yuca o plátano sancochados con un poquito de queso. Tenemos que bandearnos con lo que hay porque si no, no hubiéramos podido pagar el colegio. La otra noche mi esposa y yo estábamos sacando las cuentas y si la matrícula y las mensualidades del colegio suben a lo que nos dijeron, nos va a tocar cambiar a los niños a un liceo público”.

Ya no me atrevo a preguntarle a nadie si su flacura es por dieta, estética, ejercicio u orden médica. Comprar comida se lleva una buena parte del ingreso familiar. Y la gente está cambiando sus hábitos alimentarios para amoldarlos a la inflación y a la escasez. Hay optimistas que asumen esta situación como la oportunidad para comer más sano: “no como frituras porque no hay aceite; todo lo preparo a la plancha o al vapor; la falta de harinas, me ha hecho comer más verduras; como no hay azúcar, me quité los postres. Me eliminé la leche, porque no la consigo nunca. Al final, la Dieta Maduro, está ayudándome a mantener a raya mis niveles de colesterol, triglicéridos y glicemia”. Y ese racional estaría bien; pero, sólo para los mayores de 40 años a quienes, por salud, les resultaría favorable comenzar a comer más balanceado. No para nuestros niños y jóvenes cuyos requerimientos nutricionales, para un desarrollo físico óptimo, abarcan mucho más que yuca o plátano sancochados.

A las caras de tristeza que veo por todas partes, se les están sumando unos cuerpos que deambulan tratando de esconder su extrema delgadez. El hambre –que según algunos- todavía no es hambruna, está abriendo huecos en los cinturones de los venezolanos, porque las barrigas desaparecen y las cinturas se estrechan. Porque el hambre de la Venezuela del Siglo XXI ya no es fácil de amortiguar con un pedazo de pan. Porque, hasta para comprar una “canilla” hay que hacer cola y tener en la cartera lo suficiente como para poder cubrir su precio, que oscila de acuerdo a si el panadero consiguió suficiente harina o no.

Me duele ver como mi país, al que tanto quiero, no tiene comida, no tiene medicinas, no tiene seguridad; pero, sí le sobran políticos miserables que sólo se ocupan de negociar y hacer tretas para mantener sus cuotas de poder. Me impresiona leer declaraciones como las de la mamá de Chávez -a quien, insisto, “intento” comprender porque debe ser muy duro perder a otro hijo- que plañe desesperada por la indolencia de los dirigentes de su régimen, el régimen que ideó su hijo Hugo junto con los Castro. Porque, entre tanto llanto y pesar justificado, la mamá de los Chávez difuntos responsabilizó a ministros de éste, su régimen, de que su muchacho no hubiera sido llevado a Cuba para curarle la infección que, en otra circunstancia país, hubiera podido ser tratada hasta en el dispensario más sencillo de Barinas y los medicamentos adquiridos en cualquier botica de la ciudad. Pero, hoy no. Hoy, a la mamá de Hugo y Aníbal, le tocó vivir lo que a cientos de venezolanos les toca padecer a diario. Un hecho significativo que revela, cuán profundo es el daño que este régimen de Chávez –profundizado por Nicolás- le ha hecho a Venezuela…y que nadie, por más afín al desgobierno que sea, está exento de sufrir las consecuencias de tanta pobreza y destrucción.

mingo.blanco@gmail.com
@mingo_1


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jueves, 23 de junio de 2016

Hambre de pobre. Por José Domingo Blanco


José Domingo Blanco / El Nacional

Loli tiene fiebre, los ojos llorosos, la nariz aguada y el pecho oprimido. Además, le duele todo el cuerpo, como si la hubiesen golpeado o un camión la hubiera atropellado. Pero, cuando se tienen tantas responsabilidades, no hay enfermedad que la detenga. El miércoles, día cuando su cédula de identidad le permite comprar productos regulados, no pudo siquiera levantarse de la cama. Sin embargo, el jueves, a pesar de que se siente terrible, se paró, preparó el desayuno con lo poco que tiene en la nevera, le dio un tetero sin leche al nieto que también está cuidando, agarró su uniforme y se fue a trabajar. A Loli, lo menos que le provoca es ir a limpiar una casa que no es de ella. Ese malestar le pide cama, una limonada caliente y algún medicamento que la haga sentirse mejor. Pero, ella sabe que, si no trabaja ese día, no cobra. Y si no cobra, no puede llevar algo de comida a su casa: esa comida que tanto le cuesta conseguir y que, cuando la encuentra, se le hace difícil pagar. “Necesito el dinero…si no trabajo hoy, no comemos”, le dice a la vecina del barrio que le recomienda quedarse en la casa porque, le asegura, “tú lo que tienes es Zika”. Es esa misma vecina con la que, en ocasiones, planea cerrar la calle y protestar porque el hambre le ha puesto flacos –muy flacos- a sus muchachos. Y pese a la fiebre y la amenaza de lluvia que pudiera complicar sus síntomas; se encamina resignada a ganarse la platica con la que intentará esa noche–luego de mucho recorrer, preguntar precios y hacer colas- preparar la cena.

La pobreza no se oculta. La pobreza se ve en el rostro demacrado y desesperado de mujeres que antes eran robustas. El hambre, una de las primeras señales de la miseria, no se disfraza porque impregna la cara de quien la padece de tristeza. Y luego se esparce por todo el cuerpo, hasta dejar la piel gris y pegada a los huesos. La pobreza no se oculta porque deshilacha a quien la padece. Borra para siempre la alegría e inyecta las palabras de desesperanza. ¡Cómo puede ser feliz alguien que solo conoce carencias! La pobreza se ve en los ojos suplicantes de esos hombres y mujeres que ya no saben qué hacer para alimentar a su descendencia. Cada día, son más los venezolanos que se suman a esta deshonrosa fila que Chávez en su momento, juró que iba a erradicar. Familias enteras que han descendido a un estrato que nunca desearon ocupar y que hoy sortean la situación eliminando dos de las tres comidas que se recomiendan al día. Y las que ya se encontraban en situación de pobreza ahora, además, saltan de la crítica a la extrema.

La pobreza en Venezuela despertó en los últimos años con un apetito voraz que arrasa todo cuanto encuentra a su paso. Cada vez somos más pobres. Cada vez son más frecuentes las Loli, los Pedros, los Juanes y las Marías que, semana a semana, le abren un nuevo hueco al cinturón para que el pantalón –por culpa del hambre- no se les caiga. Somos las víctimas de un gobierno integrado por incapaces que sólo se ocupan de evitar “su pobreza” y salvaguardar “sus recién adquiridas e injustificables riquezas”. Dirigentes inescrupulosos que han hecho de la escasez y el hambre su mejor arma. Saqueadores de oficio que disfrutan con el dolor que infringen en los ciudadanos que gobiernan.

“El incremento de la pobreza es alarmante. La proporción de hogares en pobreza aumentó a 73 % (esto es, 25 % con relación a 2014), con la característica muy preocupante de que prácticamente la mitad de los hogares (exactamente 49,9 %) no tienen los ingresos para adquirir la canasta de alimentos”. La advertencia la hace el profesor y apreciado amigo, Marino González, con quien conversé recientemente, sobre los estudios de Encovi, Encuesta de Condiciones de Vida que realizan destacados investigadores de la UCV, UCAB y USB.

De sus comentarios y análisis extraigo uno sobre el que ya han alertado otros especialistas: “Si las familias no perciben un ingreso que permita adquirir alimentos, las consecuencias en la alimentación son también significativas. De acuerdo con los datos de Encovi, cerca de 15 millones de personas tienen dificultades para garantizar los alimentos del día (…). Luego de casi ocho meses, sin cambios en la política económica, es muy previsible que, si ha habido variaciones, es para peor. Reportes de encuestas de opinión pública señalan que el 30 % de la población está realizando solo dos comidas diarias. Por consiguiente, las proteínas ya no se encuentran en los primeros lugares de consumo de alimentos. Esta situación es especialmente crítica para infantes, escolares y mujeres embarazadas”.

El profesor González advierte además sobre el incremento de hogares en los que se ha alejado la posibilidad de dejar de ser pobres. El aumento de casi 50% en un año de la pobreza estructural, indica una tendencia preocupante porque es sinónimo de una mayor brecha. “En otras palabras, el aumento en la pobreza estructural es otra forma de indicar el aumento del rezago de personas y familias para alcanzar mejores niveles de vida”… una situación de la que están exentos quienes, durante 18 años, sólo se han ocupado de robar a la nación.

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sábado, 28 de mayo de 2016

Maduro y sus garrapatas. Por José Domingo Blanco (Mingo)


José Domingo Blanco / El Nacional

¿Por qué los que gobiernan no dan la cara? ¿Hasta cuándo tenemos que soportar que Maduro y su cuerdita de garrapatas –porque eso es lo que son: unas garrapatas chupando solo para su propio beneficio– aleguen que los problemas económicos del país los provocan otros y no ellos, que son los únicos que controlan la venta de petróleo? ¿Quiénes facturan, cobran y se reparten los dólares que entran al país? Nadie duda que esa es una gestión del Estado y de las garrapatas que están en el gobierno. ¿De quién es la responsabilidad del control de cambio? ¿Quién fue el que dijo que si lo quitaban los tumbaban? No fue Lorenzo Mendoza, ni la diputada Dinorah Figuera, ni mi amigo el economista Francisco Faraco. Lo dijo Aristóbulo Istúriz, una de las fichas clave del régimen. La decisión del control de precios, control de cambio y de cada uno de los controles con los que nos tienen asfixiados, son decisiones del gobierno. ¿Quién decide cuál es el tipo de cambio que se aplica? Eso no lo decide la Asamblea Nacional, ni el Colegio de Contadores Públicos, ni la cámara que agrupa los empresarios… Entonces, ¿quién gobierna? ¿Quién maneja las riendas del país? ¿Quién toma las decisiones estratégicas de la nación? No es Ramos Allup, ni Julio Borges, ni Leopoldo López, ni Henrique Capriles: es Maduro… ¡y sus garrapatas!

Porque, como dice un amigo: “Ellos deciden los precios, ellos distribuyen las mercancías, ellos asignan los créditos, ellos imprimen las monedas, ellos contratan a los empleados públicos, ellos determinan los salarios y los sueldos; dicen qué se exporta y qué se importa. Y encima tenemos que calarnos que nos digan que ellos no tienen responsabilidad en ninguna de las cosas que están ocurriendo”. Un caradurismo sin precedentes. Maduro y sus garrapatas, y antes Chávez (junto con las mismas garrapatas que hoy acompañan a Nicolás) son los que han expropiado las tierras y las fábricas productivas, por solo citar otro ejemplo.

¿Quién entrega la materia prima requerida por las industrias privadas y decide adónde va la producción? El gobierno de Maduro y sus garrapatas. ¿Quiénes tienen el control absoluto de las compañías expropiadas? ¿Quiénes controlan los negocios turbios de las mafias que ahora imperan en las empresas de Guayana, las de papel, cemento o lácteos? ¿Quién entregó más de 20.000 millones de dólares a empresas fantasmas? Maduro y sus garrapatas. ¿Quién dirige la Fuerza Armada Nacional Bolivariana? No es Freddy Guevara, ni mi respetada amiga Rocío San Miguel, ni Consecomercio. ¿Quién dirige a las policías o protege los privilegios hamponiles de los pranes en las cárceles? ¿Quién inventó las zonas de paz, esas son zonas arrebatadas a la sociedad por la delincuencia, que es afín al Estado venezolano, y se ha convertido en una extensión del gobierno de Maduro y sus garrapatas? Les aseguro que no es mi respetado y admirado amigo el doctor Fermín Mármol García.

¿Quién inventó los comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP)? No fue Rajoy, ni Obama, ni Almagro. ¿Quién goza de los beneficios del contrabando de más de 140.000 barriles de combustible? ¿Quién negoció, sin consultarnos, algunas toneladas de oro para tener flujo de caja? Porque, permítanme decirles, cuando la prensa nacional nos advierte que “Venezuela vendió 1.700 millones de dólares de sus reservas de oro” esa decisión no la tomamos ninguno de nosotros, sino Maduro y sus garrapatas. ¿Quién invirtió 26, 6 millones de dólares en un ejercicio militar, con el nombre fantoche de Independencia II-2016, para defender a la nación de la supuesta invasión que no termina de ocurrir? Una simulación bélica que se llevó una suma que bien pudo evitar la muerte de Oliver Sánchez, un niño de apenas 8 años que acaba de perder su batalla contra el cáncer por falta de medicinas; medicinas que otras naciones nos han ofrecido como ayuda humanitaria y el gobierno –en pleno alarde de soberbia e imbecilidad– se niega a aceptar.

Por eso, con mucha insistencia llevo días preguntándole a la gente, ¿quién manda en el país? ¿Maduro, Rajoy, la OEA, Obama, la extrema derecha, la Asamblea Nacional? ¡¿Quién?! Porque, les aseguro que las grandes decisiones, las estratégicas, las que tienen que ver con la conducción de la nación no han pasado por las manos de ninguno de nosotros, los que estamos padeciendo lo que imponen Maduro y sus garrapatas.

¿Por qué los que gobiernan se escabullen de sus responsabilidades? ¿Por qué los que gobiernan creen que Venezuela está rozagante? ¿Por qué Maduro y sus garrapatas insisten en que la culpa de lo que ocurre es de Lorenzo Mendoza o Ramos Allup? ¿Por qué insisten en decir que estamos “tan boyantes” gracias a estos 17 años de régimen que, para seguir así por este camino de “abundancia y plenitud total”, nos ruegan les permitamos estar unas cuantas décadas más, y así seguir poniendo la plasta y arrasar con lo que queda de Venezuela? Eso es lo único que han hecho bien: chupar como garrapatas hasta dejar nuestro maltrecho país en el estado misérrimo en el que se encuentra.

Entonces, después de este panorama que les he descrito: ¿merecen Maduro y sus garrapatas otra oportunidad? Todo está en evidencia: ¡ya no más!


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jueves, 19 de mayo de 2016

Estamos jodidos. Por José Domingo Blanco (Mingo)


José Domingo Blanco (Mingo) / La Patilla

En estos días, se ha hablado –como por enésima vez- de diálogo. Maduro, intentando darse un “bañito de democracia”, invita a quienes se le oponen a sentarse a conversar para encontrar salidas conjuntas; pero, ¡cuidadito! no se equivoquen. Ese diálogo está condenado al monólogo. Será un regaño para quienes se atrevan a acudir a escucharlo. Habrá insultos, imposiciones; tal vez hasta vejaciones, para luego, sin ceder un ápice en la postura tozuda de estos saqueadores, responsabilizar a los sectores opositores y condenarlos con el dedo acusador como los únicos responsables de la penosa situación que vivimos. Es decir, un diálogo “unilateral” para aclarar –a quienes aún lo pongan en duda- que el que manda e impone las reglas del juego es el régimen. Esta plática que, en cualquier país civilizado y democrático, se traduciría como “tender puentes”; en nuestra Venezuela actual se puede interpretar como “tender trampas” en la que el debate productivo puede terminar transformándose en una querella. Y para muestra, un botón…

Casi que, a manera de prueba piloto, y con miras a propiciar el entendimiento entre las partes en desacuerdo, el pasado miércoles invitamos al programa de radio a dos diputados de la Asamblea: uno del gobierno y el otro de la oposición. La idea era facilitarles una tribuna de debate sano y constructivo, en aras del país. Arrancaron muy decentes, respetándose los turnos para exponer sus puntos de vista –como el nombre de mi programa. Sentí, quizá precipitadamente, que habría entendimiento, ánimo de enmienda y apego al debate civilizado y centrado en los problemas evidentes que atraviesa Venezuela. Pero, la alegría me duró poco: los diputados –el oficialista y el opositor- perdieron la compostura, sin que yo pudiera hacer más que intentar mediar, con preguntas dirigidas a ambos, para ver si lográbamos remar todos hacia el mismo lado. Fue tal la “gallera” que se armó en el estudio que era imposible entender lo que se decían. Los ánimos se caldearon. El uno, intentaba acallar al otro. Si esto ocurrió en los reducidos espacios de la cabina de la radio, imagínense cómo será el debate de temas espinosos en la Asamblea Nacional.

De siempre, pareciera, que las diferencias entre bancadas han sido una condición obligatoria para ocupar una curul. Sólo que ahora vemos los golpes, la sangre, las peleas y los insultos que quizá antes, si ocurrían, no éramos testigos. ¿Se acuerdan de los golpes que recibió María Corina, con fractura de nariz incluida, y de los célebres zarpazos de gata arisca que propinaba La Fosforito? Si algo recuerdan los periodistas que cubrían la fuente parlamentaria en la IV República –hasta con un dejo de nostalgia- era que adecos y copeyanos debatían acaloradamente dentro del hemiciclo; pero, al salir de ahí, eran capaces de compartir la misma mesa para almorzar juntos y tomarse un trago. Y el país, marchaba. Es verdad que también había denuncias de corrupción y abusos de poder. Sin embargo, Venezuela se vislumbraba como una tierra de oportunidades donde, el que trabajaba con ahínco, lograba sacar una carrera, conseguir un empleo en una gran empresa trasnacional (de esas que abundaban y de las que hoy solo queda la sombra de los letreros retirados en las paredes), comprar un apartamento decente, tener un carro del año, pagar el colegio privado de los hijos, incluso tener vacaciones, mínimo en mi amada isla de Margarita. Esa era la otra Venezuela. ¡Si hasta podíamos llamar al extranjero con el Discado Directo Internacional de la Cantv privatizada! Inténtenlo ahora y verán cómo algo tan sencillo como levantar el teléfono y llamar a España es imposible. Ni de lejos estamos viviendo como a principios de los 70´s, 80´s o 90´s; no señor, en los días que corren parecemos más a la Venezuela indómita del siglo XVII.

Súmenle a la invitación a este falso diálogo, otra perlita que demuestra el talante de este régimen comunista: Maduro inició la cuenta regresiva para acabar de un plumazo –y con la anuencia del TSJ, su escritorio jurídico particular- con la Asamblea Nacional. Una Asamblea legítimamente electa, por mandato popular. ¿Si esto no es una tiranía, qué otro nombre recibe? No tenemos derecho a protestar en las inmediaciones del CNE; como si el centro de la ciudad capital fuera la isla privada de algún magnate –o narcotraficante- a la que sólo se accede al obtener la venia del propietario absoluto de esos espacios. Nicolás lo advirtió: “la oposición sólo puede marchar de Chacaíto hasta Altamira”. No se diga más. ¿Y así promueve el diálogo? ¿Imponiendo sus condiciones y sus criterios? La verdad es que, a pesar de la gente que me rodea que habla de metanoia, optimismo y pensamientos positivos, la situación de mi país me hace dudar de una salida a corto plazo, por más que la deseo y visualizo. Veo el juego trancado. Veo a la gente cansada de sobrevivir para alimentarse y proveerse salud. Veo al régimen arreciando su política de hambre y miseria. Veo la criminalidad desatada. Veo a mi amiga, “la optimista tenaz”, como me gusta decirle, con cara de tristeza y desesperanza diciendo -a pesar de que las groserías y el pesimismo estaban excluidos de su vocabulario-: “Mingo, ahora sí: ¡estamos jodidos! Muy jodidos…”

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sábado, 14 de mayo de 2016

Bachaco Today. Por José Domingo Blanco


José Domingo Blanco (Mingo) / El Nacional

Los precios de los productos –de todos, sin excepción– los establecen los bachaqueros. El término bachaquero, tal como se usa hoy en Venezuela, me parece, en sí mismo, una aberración que connota la viveza de quienes decidieron hacer del hambre, la escasez y la necesidad, un negocio lucrativo que les arroja enormes ganancias y distorsiona el mercado de la oferta y la demanda. Los bachaqueros son los monopolizadores de los productos regulados, nadie más: ellos los tienen, los consiguen, los comercializan y cobran hasta mil veces el “precio justo” y ridículo que les impuso el régimen a los fabricantes. Son como los bachacos de los cuales tomaron el nombre: una plaga que infecta jardines descuidados.

Que no nos quepa la menor duda de que ellos han sabido captar el momento de miseria que atraviesa el país y hacer de esta su oportunidad de prosperar; pero, prosperar no con la mentalidad del empresario que arranca con un pequeño capital, muchas ganas de trabajar, grandes ideas y proyectos en mente. No, esa no es la esencia del bachaquero: esos no están pensando en construir y edificar. Esos no están pensando en abandonar el tarantín improvisado, instalado a la intemperie en cualquier zona popular. Total, ¿para qué más? En la redoma de Petare o en las calles de Catia, no se paga impuesto sino un diezmo al guardia nacional de turno para evitar el decomiso y el costo de una sombrilla remendada que proteja los productos del sol.

En los bachaqueros –que, a mi juicio, han hecho un gran aporte a la inflación y, al mismo tiempo, insisto, son los que fijan el precio real de los productos regulados– priva la inmediatez y el oportunismo. Y seguirán proliferando en la medida que haya gente que les compre. He tenido la oportunidad de ver cómo operan en los alrededores de los automercados. Cómo mueven sus tentáculos para hacerse de esa harina de maíz marcada en el empaque a 19 bolívares y que ellos luego revenderán a 1.000 bolívares. Con una habilidad asombrosa, se montaron una estructura comercial que los hace aparecer como la única opción para que las familias venezolanas se abastezcan.

Oigo a la gente decir “bachaqueros” con una mezcla de ira y odio. Lo he escuchado como insulto en cualquier discusión simple. Percibo ese sentimiento de furia e impotencia, incluso en señoras humildes que ven en los bachaqueros al carroñero que les roba la posibilidad de conseguir “alguito” de pasta o arroz con qué darles de comer a los muchachos. Lo escucho de las cajeras de automercados –a los que cada vez voy menos, por cierto– cuando los ven merodeando en las afueras: “Ahí están esos bichos. Pero, hoy se van a joder, porque no hay nada. Ya no queda nada” (sic); mientras, con una rabia inocultable, va pasando mis compras. Lo oigo de mis conocidos y allegados: se les transforma el rostro cuando describen la tortura en las que se han transformado sus visitas a los automercados y farmacias. Lo oigo de tanta gente que asegura que los bachaqueros son, en su mayoría, unos malandros que llegan amenazando a quien se le ocurra rezongar cuando se colean, sin importarles las horas de espera de quien madrugó para estar entre los primeros de la fila.

Hay algunos más radicales que los califican de plaga. De esa que daña todo a su paso. Tampoco es casual el incremento de robos y hurtos en las urbanizaciones y centros comerciales donde existen estos negocios. La semana pasada, a una amiga la asaltaron dos rateritos cuando el empaquetador guardaba las compras en su carro. Ella no era la primera, ni sería la última, víctima del hampa ese día. Ahora, en ese centro comercial, eso es lo normal: lo común. Lo dicen los vigilantes y los dueños de las tiendas. “Esto se vino a menos: aquí roban mínimo a tres personas todos los días”.

El precio de las cosas lo están fijando los bachaqueros. Y el régimen no hace nada para detenerlos. Una fuente me revelaba hace poco que el gobierno ha querido dar luz verde a los productores, pero bajo cuerda, para que cobren el precio que tengan que cobrar por los productos que ellos mantienen regulados. Eso sí; pero que quede como una decisión de los dueños de fábricas; que jamás se diga que fueron ellos quienes sugirieron esta idea. Solo que los productores no tienen una pizca de tontos y no piensan caer en el peine. Porque este régimen, no quiere aparecer como el débil que tuvo que dar su brazo a torcer y rectificar esta política de hambre concebida para mantenerse aferrado al poder. Sin embargo, quizá, en el fondo hay partidarios del gobierno que están conscientes de que esta situación es insostenible y, a manera de lavatorio de culpas, promueven algún tipo de solución: así, haciéndose la vista gorda, para que los empresarios cobren por sus productos el valor real de los mismos. Algo así como una especie de paladín que, desde el anonimato, intenta enmendar los errores del gobierno para el cual trabaja y, por qué no, del que se avergüenza.

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sábado, 30 de abril de 2016

Maduro, sé hombre. Por José Domingo Blanco (Mingo)


José Domingo Blanco (Mingo) / Runrunes

“Me quieren matar y tengo las pruebas…Ya verán cuando se las muestre. Un día de estos se las enseño. Querían matarme, yo tengo las fotos. Me lo dijo un pajarito. Tengo que cuidarme: decomisaron la china y las metras con las que pensaban cometer el atentado. ¡Qué susto!”. ¡Maduro, por amor de Dios, sé hombre de una vez por todas! Deja de hablar pendejadas y ponte los pantalones. El país está cayéndose a pedazos y si algo estamos deseando los venezolanos no es precisamente que te den un metrazo, que no te causará ni siquiera un chichón, sino que asumas como todo un varón, las responsabilidades y consecuencias de tus malas decisiones, de tu ignorancia e improvisación. A nadie convencen las vergonzosas pruebas que presentaste: esos supuestos “campamentos improvisados de estructura paramilitar” descubiertos en el Estado Miranda, los cuales se asemejan más a guaridas de recogelatas y pordioseros –que han aumentado en tu pésima gestión– que a la de grupos organizados y en entrenamiento, conspirando para asesinarte. ¡Entiéndelo! La tesis del magnicidio no te va a funcionar: no generará la solidaridad y compasión que buscas. Tus errores y desaciertos son muchos y, si algo deseamos los venezolanos, es que vivas –y mucho- para que, en su momento, cuando esta pesadilla por fin termine, tú y tus secuaces respondan ante la justicia y paguen por sus actos.

Termina de ponerte los pantalones largos y compórtate como un macho; no como un cobarde llorón. Antes de hablar de tu magnicidio, mira a tu alrededor y conduélete de la población que muere en manos del hampa, enlutando a centenares de familias venezolanas. Esas sí son víctimas. No tú, que tienes escoltas, chalecos antibalas, carros blindados y guardaespaldas. Antes de insistir en que te quieren matar; piensa en los enfermos que están muriendo por la falta de medicamentos que tu gobierno no produce. Antes de lloriquear asustado pensado que van a atentar contra ti, recuerda a la gente que está muriendo de hambre gracias a los planes de exterminio que lleva adelante tu régimen. ¡Eso sí es real! Esos sí están muriendo. Y si aún te quedan dudas, permíteme recordarte que, nosotros los venezolanos no tenemos cultura magnicida. Solo somos las víctimas de un régimen que desprecia, viola e irrespeta lo que es nuestro derecho, establecido en la Constitución.

No nos vengas con cuentos de camino que no se los traga ni un muchachito de primaria. ¿Hasta cuándo vas a seguir diciendo que tienes las pruebas de algo y no las enseñas? No eso que mostraste, que parece más el lugar donde se reúnen los recogelatas a dormir y pasar la pea. Ese día, cacareaste que en los próximos días anunciarías al país los detalles de la “conspiración que frenaron los cuerpos de Seguridad del Estado”. Y le pediste a tus cada vez más escasos adeptos estar alerta “ante el número de planes conspirativos que pretenden terminar con la Revolución Bolivariana”. Lo mismo dijiste de Leopoldo López en su momento: que tenías pruebas de que querían matarlo. ¡Preséntalas de una vez! Y que sean esos supuestos asesinos, y no Leopoldo, quienes estén detrás de las rejas. Permíteme recordarte que hay algo que se llama credibilidad, la cual se gana cuando lo que dices concuerda con tus actuaciones. Tu credibilidad se pelea el puesto con tus niveles, cada vez más decadentes, de popularidad. Basta de jugar a ser el dictador de una nación que te quedó grande.

Si Hugo Chávez pasó a la historia como uno de los peores mandatarios del país; tu trascendencia no será mucho más honrosa. Tú vergonzoso desempeño está lleno de errores que generan pena ajena. Tu informalidad e incompetencia se reflejan en cada una de tus decisiones. ¿O es que te parece que la última que tomaste te colma de sapiencia? La reducción de la jornada laboral para los empleados públicos, como parte de la estrategia que, supuestamente, enfrentará la emergencia eléctrica parece más un caprichito que una decisión técnica ampliamente justificada. Tú y tu régimen no agotan mi capacidad de asombro. A veces, me pregunto si estos niveles de improvisación, impericia e ignorancia tendrán límite. Y cuando creo que ya lo he visto todo: ¡saltan con medidas como estas que demuestran, una vez más, que lo tuyo es gerenciar por “ensayo y error”, sin pensar en las terribles consecuencias que generan en nuestro maltratado país! No has parado de decirnos que lo del Guri es por culpa de El Niño y no de ustedes, los únicos que no fueron lo suficientemente visionarios como para pronosticar el problema y comenzar, con mucha antelación, a construir la solución. Se cogieron esos reales y ahora somos los venezolanos quienes debemos permanecer sin electricidad; pagándoles con nuestros impuestos el salario completo a unos empleados públicos que desde el pasado 27 de abril disfrutarán de una semana laboral que se redujo a tan solo dos días.

La mayor demanda de electricidad es la residencial, y a ti y tu banda se les ocurre una “brillante” estrategia: mandar a los trabajadores del Estado, cinco días –léase bien: ¡cinco días!- para sus casas. ¿Y qué creen ustedes que harán estos señores con tanto tiempo libre entre las manos? Ver televisión, lavar y secar la ropa, saciar el hambre con visitas constantes a la nevera y cuanta cosa sea necesaria para estar entretenidos durante este asueto que les regaló el mandatario. Súmenle además que las clases, tanto en planteles públicos como privados, serán suspendidas los viernes. Por supuesto, es el sueño del flojo hecho realidad. Cada presidente gobierna apegado a sus principios. Los de Nicolás son el reflejo de quien, en sus años de autobusero, vivía de reposo en reposo.

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