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jueves, 23 de junio de 2016

El hambre no espera. Por Roberto Giusti


ROBERTO GIUSTI | EL UNIVERSAL

Bajo la premisa de que el hambre no espera, los esfuerzos que desde distintos frentes se hacen para lograr el establecimiento de un diálogo entre Gobierno y oposición lucen extemporáneos y desfasados de la realidad. Los saqueos y las consiguiente violencia que estos generan en todo el país se desarrollan con una dinámica tan endiablada que las discusiones en los foros internacionales y la controversia, planteada por burócratas de distinto pelaje y la barriga llena, se muestran como meros ejercicios retóricos que no conducen a saciar, en lo inmediato, la demanda insatisfecha de los tres golpes diarios que se le niega a la aplastante mayoría de los venezolanos.

Con esto no pretendemos desestimar los intentos, bien intencionados en la mayoría de los casos, por lograr una solución negociada a la crisis venezolana, pero a estas alturas está claro que la única solución implica un cambio radical, ya no solo de modelo, sino de Gobierno y eso es algo que el chavismo desecha por completo. ¿Se imaginan ustedes a Nicolás Maduro anunciando un acuerdo con el FMI, a Diosdado Cabello invitando a Lorenzo Mendoza a su programa de televisión para que hable sobre la reconstrucción del aparato productivo, a Pérez Abad promoviendo la reprivatización de las empresas arruinadas luego de su estatización o a la Ministra de la salud aceptando la ayuda humanitaria en materia de medicamentos?

Frente a tanta obcecación mentes sensatas de la oposición han propuesto el Referéndum Revocatorio, una salida que trasciende los acuerdos entre burócratas y les permite a los venezolanos abrir caminos democráticos a la crisis, sorteando el fantasma de la violencia, dándole al Gobierno la posibilidad de irse del poder por mandato de los electores y no por obra de un madrugonazo. El problema está en que el madurismo, luego de su colosal fracaso, en todos los órdenes y aferrado a la idea de que vivimos aún los años del dominio chavista total, pretende ningunear el mandato de una mayoría que ya le quitó su apoyo. Entramos, entonces, en otra fase en la que desaparecen los formalismos institucionales, el Gobierno se despoja de la máscara democrática y empieza a mandar sobre la base de su capacidad represiva.

En esas condiciones se le colocan todos los obstáculos a la celebración del revocatorio ante unas fuerzas democráticas que tienen la obligación de presionar, acompañadas por ese pueblo que ahora las respaldan, a un CNE que aún responde a los intereses del gobierno. Solo que el tiempo apremia, el momento del revocatorio es ahora porque para después será tarde e inútil y porque, por encima de todo, el hambre no espera.

@rgiustia


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martes, 15 de marzo de 2016

Trump para venezolanos. Por Roberto Giusti


ROBERTO GIUSTI | EL UNIVERSAL

El estallido de violencia ocurrido la semana pasada en la campaña electoral de Estados Unidos está confirmando los peores temores sobre el avance de Donald Trump en su objetivo de convertirse en el candidato presidencial de un partido, el Republicano, cuya dirigencia lo rechaza, aunque sin la fuerza suficiente para impedirlo. El magnate de los casinos y los bienes raíces suma apoyos que se sitúan más allá de los adherentes tradicionales de la organización política, en una demostración de que lo que está en cuestión es algo más profundo que la simpatía por un personaje más o menos estridente del mundo del espectáculo televisivo.

Con un reduccionismo que apela a los preceptos básicos de la demagogia, como afirmar que "todos los musulmanes nos odian" o los inmigrantes mexicanos son, en su totalidad, asesinos y narcotraficantes, Trump toca las teclas más débiles del sistema bipartidista norteamericano, poniendo en entredicho uno de los modelos democráticos más sólidos del mundo que, pese a sus avances notables para ponerse a tono con las nuevas realidades, cae bajo el influjo de las soluciones simplistas. En esa dirección las propuestas de Trump, generalmente enunciadas, mas no pormenorizadas, violentan valores irrenunciables de los republicanos e incluso de los mismos demócratas, con propuestas como establecer barreras arancelarias a las importaciones procedentes de China y México, manifestan su inocultable simpatía por Vladimir Putin, sustituir "el desastre del Obamacare" por un sistema de salud cuyo funcionamiento no termina de explicar o avalar la tortura como método en los interrogatorios a presuntos terroristas.

Pero lo que más preocupa a las minorías, a la inmigración toda y a sectores avanzados, incluso del mundo conservador, son las manifiestas posiciones xenofóbicas y racistas en un país que eligió un presidente negro y había superado etapas que las grandes mayorías parecían haber olvidado. A pesar de sus logros en materia económica, de enfrentar con notable éxito la crisis de los años 2008-2009 y de estarse despidiendo con un porcentaje de popularidad que llega casi al 50 por ciento, Obama no pudo impedir el crecimiento de la desigualdad y el empeoramiento de la calidad de vida, sobre todo de la clase media y en ese punto aparece el gran nicho vacío de rechazo creciente en el cual parece haberse instalado Trump con no poca holgura y una invulnerabilidad que, hasta el momento, sus adversarios no han podido penetrar.

Solo que los sectores sociales que sentían cómo se les estaba haciendo justicia después de tantos años de lucha y esfuerzos, sienten temor por una vuelta al pasado encarnada en Trump y eso genera la violencia de los últimos días. Un escenario que se adapta muy bien al estilo mandón de un Trump partidario del armamentismo en todas sus manifestaciones y ahora en presentación de víctima indefensa ante el ataque de radicales y, como él dice, de "matones" bajo las órdenes, acusa, del precandidato demócrata Bernie Sanders. En fin, un modelo que va más allá de lo ideológico para situarse en los terrenos del populismo autoritario, categoría en la cual los venezolanos gozamos de no poca experiencia.

@rgiustia


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martes, 1 de marzo de 2016

Chávez y Trump. Por Roberto Giusti


ROBERTO GIUSTI | EL UNIVERSAL

Aunque parezca mentira la precandidatura a la presidencia de Estados Unidos del magnate newyorkino, Donald Trump, hasta ahora arrolladora, presenta un perfil populista y autoritario que nos remite, casi inconscientemente, a la figura de Hugo Chávez. Nada más descabellado pensarán nuestros avisados lectores quienes, con buenos argumentos, podrían argüir que el accionar político del desaparecido caudillo se sitúa en las antípodas del discurso que vende el empresario de los casinos y de los bienes raíces en el cambiante mercado electoral norteamericano. Uno de izquierda, el otro de derecha, Chávez socialista, Trump liberal (en lo económico), el primero militar, el segundo civil, el venezolano "antiimperialista", el norteamericano dispuesto a reconquistar el dominio de una potencia que, pregona, se encuentra en decadencia.

Pues bien, no es tan así como lo pintan si consideramos que tanto el uno como el otro se inscriben en el bando de los outsiders, es decir, de aquellos dirigentes que, sin formar parte de las élites políticas, irrumpen en un campo que en teoría le está vedado para desplazarlas de los centros de poder. Y si ese es el caso de Chávez, el de Trump resulta un tanto más complejo porque si bien viene de "afuera" está librando su lucha desde "adentro", es decir, desde un bastión del conservatismo como lo es el Partido Republicano. En realidad Trump insurge contra el "establishment", apoyado por un masa de votantes hastiados del juego político tradicional y de una verborragia que no se traduce en bienestar para las mayorías, algo similar a las características que presenta el precandidato demócrata Bernie Sanders y sus denuncias sobre los vínculos de Hillary Clinton con Wall Street.

En realidad Trump antes que neoliberal es un típico populista que no vacila en acomodar su discurso a la necesidad del momento y al tipo de auditorio que tenga por delante y cambiarlo, si es necesario, con absoluto y total desparpajo, tal y como lo hizo Chávez cuando, siendo candidato, no tuvo problemas en reconocer que Fidel Castro era un dictador y luego de ser electo presidente referirse a Cuba como "el mar de la felicidad". Trump, igualmente, ha demostrado una falta de coherencia evidente al modificar sus puntos de vista en temas como el control de armas y un sistema de salud que, a su juicio, debe ser financiado por el Gobierno, algo que resulta un anatema desde las duras posiciones conservadoras de la dirección republicana.

Otra característica que hermana a los dos consumados show men es su hábil manejo de las emociones ante las grandes audiencias y el endilgarles a los enemigos, reales o imaginarios, en una mezcla de medias verdades y medias mentiras, las culpas de los males que aquejan a sus respectivas sociedades y al universo mundo. En el caso de Chávez era el "imperio norteamericano" y la burguesías criollas y en el de Trump, (quien no tiene reparos en manifestar su xenofobia) son los latinos, más concretamente los mexicanos y todos, absolutamente todos, los musulmanes.

Dotados de un leguaje agresivo y belicoso ambos captaron y captan seguidores cautivos ofreciendo, con simplismos reductores y promesas imposibles de cumplir, soluciones a todos los problemas. Pongamos por ejemplo el Chávez delirante que prometió la edificación de una base aeroespacial en territorio venezolano o el cambiarse de nombre si durante su gobierno quedaba un solo niño de la calle o veamos a Trump anunciando su intención de construir un muro a lo largo de la frontera, pagado por México, para evitar la entrada de ilegales y luego, contra todo pronóstico, ufanarse de tener el apoyo de las mayorías latinas, como habría ocurrido en el caucus republicano de Nevada (asambleas populares).

Existe, sin embargo, un mal en común del cual devienen todos los anteriores y ese es el talante autoritario que los lleva a buscar el control, desde el ejecutivo, sobre el resto de los poderes, algo logrado, en buena medida por Chávez y que en Estados Unidos parecería imposible por aquello del sistema de pesos y contrapesos que sí funciona y porque el establishment hará todo lo posible por evitarlo. Ahora, en lo que sí están separados por una gran distancia es en un hecho nada desdeñable: Chávez requirió el apoyo de los dineros públicos y privados para sus campañas electorales, mientras que Trump se los paga él mismo, a diferencia de aquellos tiempos en los que se los pagaba a otros. Con lo cual queda demostrado, una vez más, que ninguna sociedad está vacunada contra el virus del populismo en cualquiera de sus versiones, incluyendo la autoritaria.

@rgiustia


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martes, 23 de febrero de 2016

El cambio total. Por Roberto Giusti


ROBERTO GIUSTI | EL UNIVERSAL

La percepción sobre la incapacidad del chavismo para gobernar a estas alturas es ya una creencia firme, incluso entre quienes siempre votaron por el caudillo y el 6D lo hicieron por la oposición. Es más, a esa corriente de opinión que ya parece irreversible habría que sumarle a los desilusionados, quienes ante el agravamiento de la crisis han modificado su actitud en los dos primeros meses del año. Y no se equivocan porque la terquedad en permanecer atado a la única opción que garantiza la continuación del fracaso, se puede calificar de incapacidad para reconocer los errores y rectificar en consecuencia.

Maduro prefiere el caos y sus tremendas consecuencias antes que abjurar del sacrosanto dogma del socialismo del siglo XXI, lo cual implicaría la negación de "la doctrina Chávez", en el caso de que esta calamidad pueda llamarse "doctrina" y la aceptación de que muy lejos de la liberación, del bienestar y de la felicidad que tanto pregona, lo que está dejando atrás es opresión, miseria y hambre. Pero la cosa no resulta tan simple porque cuando se trata de implantar un sistema socialista no hay eficiencia que valga, los resultados terminan siendo los mismos y el cambio de modelo se impone dictado por una realidad que ya no da para más. Así ocurrió con la caída del imperio soviético y de la China de Mao, para citar apenas dos de los ejemplos más socorridos, donde la eficiencia, sobre todo, en el arte de anular los más elementales derechos humanos, pero también en la creación de un Estado todopoderoso y fisgón, provocó la condena de varias generaciones a la esclavitud y la estrechez. Es decir la eficacia, a la hora de desarrollar la doctrina, lejos de cumplir con los objetivos de liberación, justicia social y una vida digna para todos, produjo exactamente lo contrario.

En Venezuela nunca se pasó del Estado primario, es decir, de la destrucción del orden establecido porque la consiguiente creación de uno nuevo nunca llegó y eso, a la postre, ha resultado tan dañinos como los modelos completamente acabados de las dos grandes naciones-Estados del socialismo real. En otras palabras, no pasamos de la primera etapa del "proceso"', estos revolucionarios no superaron la cota mínima de (des)control, el terremoto dejó, aunque maltrechos, algunos valores y ahora que intentan la toma definitiva del poder y se quitan la máscara democrática, descubren que ya es muy tarde, que no aprovecharon el momento, cuando estaban la cresta de la ola y el cambio, que en Rusia y China fue solo de modelo económico, en Venezuela se plantea como total. De manera que si algo bueno nos dejaron los 40 años de una democracia tan vituperada, es la existencia de un sistema electoral que, en medio de todas las aberraciones y gracias a la tradición del voto, corta pero tradición al fin, será clave para la reconstrucción del país y la creación de un nuevo orden que no se concibe fuera del sistema de libertades y el mandato popular.

@rgiustia


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martes, 9 de febrero de 2016

El socialismo llega a Estados Unidos. Por Roberto Giusti


ROBERTO GIUSTI | EL UNIVERSAL

Un setentón enfurruñado que se proclama socialista y un multimillonario xenófobo que no oculta sus inclinaciones racistas se han convertido en irresistibles fenómenos mediáticos, con notables posibilidades de llegar a ser candidatos presidenciales de los partidos Demócrata y Republicano de Estados Unidos. Y acudo al término "fenómenos" porque se trata de dos personajes quienes, a pesar del moverse en la periferia de las dos grandes organizaciones políticas, se han venido imponiendo sobre los intereses de los centros de poder establecidos, con posturas heterodoxas situadas en los extremos del arco político.

El primero de ellos, sobre el cual escribimos hoy, es Bernie Sanders, aspirante a la candidatura demócrata, quien, contra todo pronóstico, ascendió, en menos de un mes, del foso donde se encontraba a finales del año pasado hasta emparejar sus aspiraciones con Hillary Clinton en las primarias de Iowa; toda una hazaña si consideramos que se estaba enfrentando a una competidora cuya victoria se daba por descontada, apoyada, como está, en una sofisticada y compleja maquinaria diseñada, más allá de las primarias, para la lucha por la presidencia, en contraste con las magras finanzas y una organización limitada por la falta de recursos con las que contaba el viejo senador por Vermont.

Pero lo llamativo de Sanders, por sobre todas las características que ya lo convertían en el precandidato perfecto para abandonar la lucha en las primeras de cambio, es el haberse autoproclamado "socialista"' en un país donde ese término se asocia con otra palabra que hasta ahora se consideraba anatema: "comunista". De manera que nadie con aspiraciones políticas se atrevía a reclamar esa condición y mucho menos a anunciar, como lo hace Sanders, que encabezará una "revolución política y le rebajará el copete a los capitostes de Wall Street, quienes, denuncia, financian la campaña de Clinton.

A la hora de buscar las razones para comprender el batacazo de Sanders, quien superó a Obama en la tarea de recoger fondos por medio de contribuciones de diez dólares a través de la red, uno podría pensar que hay un cambio de actitud en buena parte de un electorado desilusionado por el desmejoramiento del nivel de vida y el crecimiento de la desigualdad, no obstante los logros que en materia social (el Obamacare) y de reducción del desempleo exhibe la administración Obama quien, a juicio de Sanders, ha sido tímido a la hora de enfrentar "una oligarquía multimillonaria que conspira para mantener oprimida a la clase trabajadora".

No siendo precisamente un outsider clásico, el viejito gruñón no se anda por las ramas y su discurso trasciende los límites del radicalismo políticamente correcto en un socialdemócrata y más aún, en un dirigente del Partido Demócrata de Estados Unidos, para advertir que "sin revolución no va a pasar nada" y que la cosa va de un cambio estructural de modelo que implicaría la intervención de los grandes bancos, el aumento del salario mínimo desde los 7.25 a 15 dólares la hora, estudios universitarios gratis y un sistema de salud de atención universal tomando en cuenta que aún hay 29 millones de personas que están excluidas de los programas de salud. Todo esto se lograría aumentando los impuestos a los ricos y ejecutando un gran proyecto de construcción de infraestructura, a la manera del New Deal de Roosvelt.

Queda claro, entonces, cómo el discurso del viejito gruñón, está dando en el clavo (al menos por el momento) y ha puesto a soñar a buena parte de la sociedad, pero sobre todo a los más jóvenes, con lo cual se demuestra, ahora en el reino del capitalismo, cómo la quimera de un mundo mejor cala con inusitada intensidad en los espacios menos esperados y desafiando toda lógica puede imponerse, a pesar de que la historia demuestra lo contrario en sus resultados, cuando el sistema institucional de pesos y contrapesos deja de aplicarse en el ámbito social.

@rgiustia


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martes, 2 de febrero de 2016

Del mal que te han inoculado. Por Roberto Giusti


ROBERTO GIUSTI | EL UNIVERSAL

Cuando los países enfrentan problemas básicos, vinculados a la sobrevivencia, es muy difícil pensar u obrar en otra cosa que no sea su urgente solución, un lugar común útil, sin embargo, para referirse a la tragedia que vive el país. Quiero decir con esto que si estás, como la inmensa mayoría de los venezolanos, en riesgo permanente de convertirte en una de las víctimas que pierden la vida cada media hora en hechos de violencia o debes de afrontar una cola sin fin para ver si te dan chance, primero de entrar al supermercado, segundo de encontrar lo que no sabes si tienen en existencia (generalmente lo mismo detrás de lo cual anda la multitud que te rodea) y tercero verificar que la plata no te alcanza para casi nada porque una latica de atún anda por las nubes, pollo no hay , carne mucho menos y ni hablar de la leche, pues bien, si todo eso es así, será imposible que, agobiado por tanta desdicha, escasez y carestía , tengas la serenidad necesaria para interesarte en algo tan lejano y vano como los resultados de las elecciones primarias entre republicanos y demócratas de Estados Unidos, la muerte de dos ballenas en Alaska, el matrimonio gay en Guatemala o la expansión del agujero de ozono.

Así, cuando tu mente y tu cuerpo están en permanente alerta te cansas, te estresas y puedes ver en el rostro de gente decente la intención de atracarte, pero te descuidarás ante el adolescente de facciones angelicales, que de repente te apunta a la cabeza con un hierro automático de fabricación rusa. Ahí comprendes la magnitud (si sales ileso) del mal que te han inoculado, estando, como estás, atenazado por el miedo, el caos y la distorsión de la realidad. Pero, peor aún, si andas en la búsqueda desesperada y estéril de un medicamento o, para ponernos menos dramáticos, te ordenan hasta las veces en las que no debes usar la pasta de dientes o te estipulan el tiempo de tu baño diario con el agua que no sale del grifo, ya no solo te deja de importar cuál es el campeón del béisbol profesional o el último libro, digamos, por ejemplo, de Pérez Reverte, que de todas maneras ya no llega a las librerías. Y eso es así porque vas comprendiendo cómo pretenden secuestrarte ya no solo la vida confortable y previsible, sino la vida misma (de la cual, en teoría, tienes el derecho de disponer como te venga en gana). En fin, toda una operación de sometimiento para robarnos la capacidad de pensar por nosotros mismos, el deseo de saber, la inquietud por ver más allá de las narices y convertirnos a la uniformidad y a la pasividad total. Algo, que, por lo visto el 6D estuvieron bien lejos de lograr.

@rgiustia


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martes, 12 de enero de 2016

El desmontaje de un mito. Por Roberto Giusti


ROBERTO GIUSTI | EL UNIVERSAL

No hay nada más políticamente incorrecto que atizar la ahora denominada "guerra de los retratos" para insistir en el tema cuando, como bien lo advierte el Chuo Torrealba y asienta un nutrido grupo de venezolanos de oposición, la Asamblea Nacional no debe caer en la trampa de un debate inútil y concentrar todos sus esfuerzos en la superación de una crisis que demanda soluciones de urgencia ya. Tarea que adquiere ribetes de epopeya si consideramos que el gobierno, lejos de comprender la necesidad de un cambio de modelo económico, persiste en repetir la misma receta fracasada, luego de 17 años de intentos fallidos, aunque ahora con otros actores al frente de su aplicación. Ignoramos si esa terquedad ya patológica obedece a una retorcida maniobra urdida para acelerar el proceso de radicalización, algo que nos puede colocar al borde de una verdadera catástrofe porque el tiempo apremia o si, por el contrario, estamos ante un gobierno que no termina de asimilar la realidad política surgida a partir del 6D y sigue manejándose como si tuviera el apoyo de la mayoría. Mayoría que sí comprendió, aun cuando a un precio muy alto en privaciones y disminución galopante de su nivel de vida, la necesidad de un cambio radical en la conducción del país. Así planteadas las cosas uno pensaría que la solución pacífica es la única salida aceptable si no queremos caer en lo impensable y eso implica agotar los esfuerzos de un diálogo, por imposible que parezca, porque de no pactarse un acuerdo de convivencia entre poderes la Asamblea Nacional, en cumplimiento del mandato popular, tendrá que intentar, por la vía constitucional, un cambio de gobierno antes que un cambio de modelo. Ahora bien, en descargo de Henry Ramos debemos acotar que, más allá de las consideraciones jurídicas y políticas expuestas por él para ordenar la mudanza de los retratos, se imponía la necesidad de comenzar la tarea de desmontar el mito de Chávez y su presunta dimensión histórica y heroica de hombre de Estado a quien asistía un espíritu indoblegable a la hora de reivindicar a los oprimidos. La verdad es que a causa de su ambición desmedida de poder y la aplicación de un modelo empobrecedor, llegamos a esta situación de crisis terminal en que nos deja el denominado socialismo del siglo XXI. Entiendo que tal apreciación y el consiguiente desenmascaramiento del personaje puede caer mal dentro de un segmento de la población que reclama un cambio y al mismo tiempo sigue siendo chavista, pero una realidad como esa, construida sobre la base del culto a la personalidad y un aparato propagandístico que costó miles de millones de dólares, no puede ignorarse por un interés meramente político-electoral. Ahora bien, ante un eventual conflicto de poderes ciertamente debería importarnos poco la suerte corrida por un retrato de Chávez ubicado en la frontera que separa a lo naif de lo kitsch y otro de Bolívar ajustado a lo deseos estéticos, de emulación narcisistas por alguien que quiso montarse en el caballo blanco de su "padre eterno" y no pudo porque llegó con 200 años de retraso. @rgiustia


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martes, 5 de enero de 2016

En la encrucijada del 5E. Por Roberto Giusti


ROBERTO GIUSTI | EL UNIVERSAL

No hubo, no hay tiempo para celebraciones ni para nada que se le parezca. El nuevo presidente de la Asamblea Nacional, Henry Ramos y los restantes 111 diputados electos por el voto popular, entran de lleno y sin anestesia en el fragor de una dura lucha por hacer respetar la voluntad de la mayoría de los venezolanos y en consecuencia garantizar la vigencia de un poder que cambia de manos, ante un adversario dispuesto a cualquier desaguisado para impedirlo.

Ignoramos pero presentimos qué tiene preparado el chavismo para el día de hoy porque sus voceros han anunciado una manifestación de "los de Chávez" y sabemos cómo suelen terminar estas convocatorias, máxime cuando la alternativa democrática, a su vez, ha anunciado la celebración de un acto similar en apoyo a los diputados entrantes.

Una situación dilemática que pondrá a prueba hasta dónde puede llegar la ambición desmedida y el apego al poder por parte de una dirigencia cuya hegemonía se resquebraja por todos lados. Pero más allá del derecho de la nueva mayoría de respaldar a sus diputados, luego de la aplastante victoria del 6D, uno se pregunta qué razón puede aducir este PSUV de hoy, derrotado inmisericordemente, para concentrar a lo que le pueda quedar de militancia, que no sea el impedir lo ya decidido por el electorado.

Así las cosas, el debate en la MUD sobre las prioridades que deben marcar su agenda legislativa, es decir si primero se aprueban las medidas para frenar los efectos de la crisis económica o, en su defecto se privilegia aquellas dirigidas a la inmediata amnistía para los presos políticos, luce prematuro porque la tarea inmediata está en garantizar la sobrevivencia de Asamblea Nacional como poder autónomo cuyas decisiones, de acuerdo a la Constitución, deben tener peso decisivo. Pero eso pasa por el acatamiento de un Ejecutivo dispuesto, hasta hoy, a desconocer la existencia de una mayoría calificada por parte de la oposición y ahí aparece el nudo gordiano.

No somos nosotros los llamados a aconsejar a nadie sobre lo que debe hacer la oposición democrática ante un trance como el planteado, pero si nos atenemos a la estrategia que nos ha conducido a este punto crucial, concluiremos que ha sido la lucha democrática, pacífica y electoral la que lo permitió. En consecuencia, no habría razón alguna para cambiar el método en esta instancia decisiva y sobre todo cuando la pelota está del lado del adversario.

@rgiustia


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martes, 15 de diciembre de 2015

Las paradojas del cambio. Por Roberto Giusti


ROBERTO GIUSTI | EL UNIVERSAL

A estas alturas no debería haber dudas sobre lo duro y complicado que resultará el proceso de democratización hacia el cual nos conduce el triunfo contundente del 6D, un paso decisivo y necesario, mas no suficiente a la hora de cambiar nuestra realidad. Llegada la hora de asumir, por primera vez en 17 años, responsabilidades de Estado a nivel nacional, la oposición y sus dirigentes han concitado unas expectativas que, pese a lo clamoroso del resultado electoral, o quizás debido a ello, demandarán un esfuerzo sin precedentes en la historia del poder legislativo en Venezuela. En otras palabras, el electorado le puso el listón a la MUD a la altura de una posición de corresponsabilidad política que solo los más optimistas veían como una realidad alcanzable. Dotados así del máximo poder al cual podían aspirar, los diputados de la democracia no tienen a su disposición ninguna excusa, como la hubieran podido tener en caso de obtener, digamos, por ejemplo, solo la mayoría simple porque con semejante resultado habrían carecido de los mecanismos legislativos y constitucionales que ahora los comprometen en una tarea harto compleja.

Ese esfuerzo, dando por descontada la unidad monolítica de los partidos que conforman la MUD, implica la necesidad urgente de encarar una crisis sistémica cuya faceta económica es tan grave que no acepta dilaciones. Esa, que acertadamente ha sido tomada como la más angustiosa de las prioridades, se acompaña por la primera decisión que tomará la nueva Asamblea Nacional, es decir, la liberación de los presos políticos. Pues bien, tanto una como la otra de las iniciativas han sido rechazadas por el presidente Maduro y constituyen lo que parece el preludio de un conflicto de poderes. Conflicto que se plantearía en un país donde reina un régimen presidencialista y un ejecutivo con frustrada vocación totalitaria que, sin embargo, aún cree que puede manejar a su antojo el resto de los poderes.

Llegados a este punto uno no puede menos que pensar en la cohabitación, figura que se da sobre todo, en países con un sistema parlamentario y donde el presidente y el primer ministro, perteneciendo a diferentes fuerzas políticas, se ponen de acuerdo en un balance dinámico que permite el debido funcionamiento institucional sobre la base del respeto a la decisión del electorado. Entonces, a pesar de las hondas diferencias que nos separan de este tipo de modelos, la primera prioridad, ineludible, por más que parezca quijotesca, es agotar la instancia del diálogo ante un gobierno que se siente acorralado y se siente, sobre todo, traicionado por el pueblo chavista y, posiblemente, por las Fuerzas Armadas. Un gobierno, por tanto, carente de piso político e incapaz de sostenerse y cuyo tiempo se conjuga en tiempo pasado. A menos que se imponga la locura que algunos se empeñan en sugerir y con la que amenazan a quienes una vez consideraron como el leal "pueblo chavista".

Ahora, en caso de no lograrse un acuerdo, es decir, que la cohabitación aborte ante un gobierno incapaz de asumir su precaria situación, impulsado por sus pujos totalitarios, entonces la Asamblea Nacional se verá en la obligación de cumplir con el mandato popular a través de los recursos establecidos en la Constitución, impulsada y elaborada por el propio Hugo Chávez. Una tarea plagada de obstáculos que implican no solo la salida a la crisis económica sino la transformación radical de una manera de concebir la vida en sociedad reñida con los más caros valores de la democracia.

@rgiustia


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martes, 10 de noviembre de 2015

El revolucionario descuidado. Por Robert Giusti


ROBERTO GIUSTI | EL UNIVERSAL

Por primera vez en 16 años de dominio el chavismo marcha hacia una derrota que, a diferencia de los resultados del referéndum revocatorio de diciembre del 2007, compromete la pérdida de un bastión fundamental, la Asamblea Nacional, en el objetivo de mantener atados y obedientes los poderes que antes personificaba el gran timonel y hoy se diluyen en la confusión de un liderazgo escindido y privado de la materia básica de todo gobierno: el apoyo de la mayoría.

En esa dirección es factible constatar el fracaso de una dirigencia que, privada del accionar táctico y estratégico del gran timonel, ha puesto en evidencia su incapacidad en la aplicación de los preceptos básicos del librito marxista-leninista, fundamentado en la agitación y la propaganda, persuasión y disuasión, valga decir, en la consolidación de la voluntad mayoritaria mediante el bombardeo propagandístico, la utilización de los mecanismos pedagógicos a su alcance y la propagación de una ideología que pretende ganarse la adhesión y la obediencia persiguiendo al "enemigo de clase", antes que al convencimiento proveniente de la confrontación democrática, el debate de ideas y el planteamiento de argumentos y racionales.

En honor a la verdad el gran timonel es responsable, en buena medida, de ese fracaso, porque si bien tuvo éxito en su estrategia de acumular la mayor cantidad posible de poder, a través del clientelismo desatado, falló en algunos aspectos esenciales: primero, se empantanó, como suele ocurrir con los regímenes del socialismos real, en el intento desacompasado y contradictorio de establecer una economía socialista que nunca cuajó. Segundo, pese a la represión no se pudo aniquilar totalmente a ese terco fantasma del enemigo de clase que subsiste en medio de todas las penalidades. Tercero, la tarea de inducción ideológica, a pesar del dominio mediático y la creación de un gran aparato comunicacional, obtuvo magros resultados como lo indican todas las encuestas porque ese militante duro y resteado (con hambre y con desempleo.... etc. etc.), constituye una mínima minoría. Cuarto, antes que apoyarse en un partido grande y organizado, como lo indica el librito, que diera continuidad al sistema, el esfuerzo se concentró en el carisma y la conexión mágica del caudillo con las masas. Quinto, embebido, como estaba, en un liderazgo asentado sobre los resultados de una de elecciones consecutivas, en ocasiones avasallantes, le perdonó la vida a un sistema electoral que le era favorable y colmaba su ego en apasionado idilio con las masas.

Ahora ya no está el líder, el partido es una ficción debilitada por las facciones internas en pugna, la baja de los precios petroleros paró en seco los programas clientelares, se destruyó la economía productiva, el hombre nuevo ha desaparecido del mapa, (solo se le puede encontrar en las inmensas colas a las puertas de los supermercados mezclado con el "enemigo de clase") y para colmo de males marchamos a unas elecciones que implican el derrumbe de un choreto parapeto, levantado descuidando los preceptos básicos de los pioneros, Lenin y Stalin, a la hora de llevar a la práctica lo que en Marx fue solo una teoría.

@rgiustia


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martes, 13 de octubre de 2015

El país de las tinieblas. Por Roberto Giusti


ROBERTO GIUSTI | EL UNIVERSAL

En un país donde ya no sirven los filtros ni vale ningún aparato propagandístico para vendernos una realidad inocultable, se insiste en convencernos, generalmente mediante decretos televisados, de que somos, o seremos, algún día, quizás dentro de mil años, quizás dentro de diez minutos, "una potencia", según el caso y las alucinaciones del orador, en materia de energía eólica, en la producción de equipos médicos de alta factura tecnológica, en la elaboración de derivados de la sábila, en la cosechas de yuca y ñame, en la exportación de pastillas para frenos, pero también en aquellas que apaciguan las alteraciones del sistema nervioso central.

Tales fantasías sonaban a gloria cuando el barril de petróleo estaba a cien dólares, cualquier quimera parecía posible y aun se prolongaba un efecto inercial que compensaba los errores, las omisiones y la irresponsabilidad en la administración, mantenimiento y crecimiento (de acuerdo a la demanda) de servicios básicos como el de la energía eléctrica. Pero ahora que todo parece posible, aunque al revés y luego de 16 años de abandono total y decenas de miles de millones de dólares supuestamente invertidos en mejorar el sistema, Venezuela se ha convertido en el reino de la oscuridad.

No los voy a atosigar con cifras (que ésas quedan para los especialistas), pero si quisiera destacar una obviedad, que resulta clave, robándole un par de frases al ilustre camarada Vladimir Ilich Ulianov, el gran caudillo de la revolución rusa, quien estaba persuadido de que "es imposible edificar la sociedad socialista sin restaurar la industria y la agricultura", o aquella según la cual "el comunismo es el poder más la electrificación de todo el país...".

Tan claro estaba en ese objetivo que no esperó que terminara la guerra civil contra los rusos blancos para crear el denominado Plan Goelro, es decir, la Comisión Estatal para la Electrificación de Rusia, iniciativa que implicó la contratación de cientos de ingenieros eléctricos procedentes, sobre todo de Alemania, y la creación de las "facultades obreras", en las cuales se formaban, a marchas forzadas, los obreros calificados para emprender una tarea que parecía imposible en un pobrísimo, atrasado e inmenso país gélido que aún se alumbraba con velas. Diez años después, se había cumplido la titánica tarea que se proponía, en principio, la construcción de 30 centrales regionales, 20 plantas de energía térmica y 10 estaciones de energía hidroeléctrica.

La electrificación de Rusia permitiría el proceso de industrialización, que corre paralelo al de la colectivización de la agricultura, impuesto luego por Stalin, con deportaciones masivas y condiciones escalofriantes para los obreros (que vivían y morían en covachas bajo temperaturas glaciales) encargados de la construcción de fábricas, muchas de las cuales estaban dirigidas a la producción de quincalla bélica antes que a la de bienes de consumo. Ese sacrificio "colectivo" permitió la derrota de la Alemania nazi y posteriormente el desarrollo de los adelantos tecnológicos y la carrera armamentista disputada con los Estados Unidos. Todo a costa de la muerte y el sufrimiento de decenas de millones de seres humanos.

En Venezuela, preservada hasta entonces de magnas tragedias y a partir de los años 60, se desarrolló una política de electrificación sobre la base de la construcción de embalses (energía hidroeléctrica) y de plantas termoeléctricas que propiciaron el desarrollo en todos los órdenes y la creación de lo que han sido las empresas básicas de Guayana, cuya producción demandaba grandes cantidades de energía eléctrica. Durante cuatro décadas, tanto la producción, como la transmisión y la distribución de la energía eléctrica presentaban altos niveles de confiabilidad y formaban parte de un sistema que, a partir del año 2000, la politización, el abandono de los planes y del mantenimiento echaron por tierra. Indetenible, el proceso de deterioro llegó a un punto en que se hizo obligatorio reducir la producción de las empresas básicas (que ya la habían disminuido su rendimiento) porque si trabajan al máximo de su capacidad, los apagones que afectan al país entero serían más numerosos y prolongados.

Pues bien, Lenin fue claro al advertir que si el deber de la primera generación soviética era derribar a la burguesía y "fomentar en las masas el odio contra ella" para destruir el antiguo régimen hasta convertirlo en "un montón de ruinas", la segunda debía sacrificarse en aras del desarrollo, la modernización y la igualdad y ya sabemos cuáles fueron los resultados definitivos 73 años después. Pues bien, aquí no conocían, no comprendieron o no pudieron cumplir a cabalidad con el axioma del gran hacedor del socialismo soviético y metieron en el mismo saco a "la burguesía" y a la magnífica red eléctrica nacional. El resultado, sin embargo, no está a la vista. No lo divisamos. La oscuridad lo impide.

@rgiustia


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martes, 29 de septiembre de 2015

Comunas, hambre y acero. Por Roberto Giusti


ROBERTO GIUSTI | EL UNIVERSAL

Cuando el 1 de octubre de 1949 Mao Zedong o (Mao Tse- tung) se dirigió a una multitud que lo aclamaba en la Plaza Tiananmen (la "Puerta de la Paz Celestial") para proclamar el triunfo de la revolución china, luego de una larga y cruenta guerra, no solo tenía en mente la reproducción del modelo soviético (el apoyo de Stalin había resultado providencial para el triunfo de la revolución china) sino el objetivo, más allá de los postulados ideológicos propios del marxismo, de convertir a su país en una "superpotencia militar" que dominara los países del este asiático y algún día, se repartiera el mundo con la URSS.

Al principio el maoísmo se movió con prudencia, extendió garantías a los empresarios para que siguieran trabajando bajo el esquema de la propiedad privada y estimuló el desarrollo de la agricultura, pero eso duró muy poco y la mano pesada de un ejército poderosos, forjado en más de dos décadas de guerra permanente, puso a funcionar los mecanismos represivos, así como el control total del sistema de libertades, desde el primer momento, con la ejecución de millones de personas y de otras tantas enviadas a los campos de concentración.

Mao resultaba tan o más implacable que Stalin y para la consecución de tales fines consideraba necesario, tal y como lo hizo la URSS, impulsar un proceso de industrialización y colectivización a marcha forzadas que inició su concreción con el Primer Plan Quinquenal (1952-1957), cuyo complemento sería la Nueva Alianza General para la Transición al Socialismo y posteriormente, en 1958, el catastrófico Gran Salto Adelante, causa de la gran hambruna entre 1958 y 1961.

Siendo para entonces la china una economía agrícola se procedió a la confiscación de las tierras (que ya se venía aplicando desde antes del fin de la guerra) y se estableció el sistema de comunas, que equivale a la propiedad colectiva, es decir, un sistema en el cual, al final, el Estado es el propietario. De manera que en el curso de un par de años se habían "recuperado" doce millones de hectáreas que teóricamente beneficiaban a más de 90 millones de campesinos y para 1955 existían un millón de cooperativas.

Pero la pérdida de la tierra y del derecho al beneficio por la exigencia de entregar todo los productos al Estado, a través de la figura de la requisición, significó el comienzo de la hambruna, que se agudizaría hasta extremos insólitos con la colectivización. El campesino colectivizado no se sentía estimulado a producir y al mismo tiempo se le impedía conservar parte de los alimentos para su consumo, ni mucho menos cocinarlos, tarea que asumió el Estado, al punto de que en un momento dado existían tres millones de restaurantes populares en todo el país, donde mal comía, o no comía, el 90% de la población campesina.

En el fondo lo que se perseguía era la conversión de la antiquísima estructura social agraria china en una sociedad industrializada, que a la vuelta de cinco años (un imposible), debía haber cumplido su cometido, tal cual, en su momento, y en medio de tremendas dificultades y perdidas millonarias de vida, había alcanzado el inefable camarada Stalin con la industrialización soviética y las grandes deportaciones.

En el tope del culto a la personalidad y ya convertido en un monarca delirante, Mao decretó el Gran Salto Hacia Adelante, en 1958, cuya meta era la de duplicar la producción de acero, desde cinco a diez millones de toneladas. Fue así como la inmensa mayoría de las comunas abandonaron las labores del campo y se decidieron a recoger todo tipo de metal que era fundido en hornos primitivos para producir un acero de ínfima calidad que estaba muy lejos de convertirse en tanques, aviones, o los submarinos con los cuales soñaba Mao en sus desvaríos de conquistar al mundo.

En su best seller Cisnes salvajes, la escritora Jung Chang cuenta que más de cien millones de campesinos fueron sacados de los sembradíos para contribuir a la producción de acero, quedado abandonada las tareas del campo. Así, mientras el país entero se dedicaba a fundir cualquier objeto de metal que se tuviera a la mano, incluyendo utensilios del hogar y el aparato propagandístico proclamaba que China había superado a EEUU en producción de trigo, los campesinos comían, como lo asienta la autora, "hojas de batata, hierbas y cortezas de árboles", para no referirnos a situaciones que podían llegar, según asienta, a intentos de canibalismo. La solución no aparecía por ninguna parte, a no ser por una consigna que lindaba ya con la locura según la cual "una mujer capaz puede hacer la comida aunque no cuente con alimentos".

Las cifras oficiales reconocen la muerte, por obra de la hambruna, en 15 millones de personas, otras fuentes llevan el cálculo a los 32 millones, pero lo cierto es que las consecuencias del Gran Salto Adelante constituyeron una de las peores calamidades del siglo XX, al punto que el "Gran Timonel" fue apartado del poder, aunque no por mucho tiempo porque luego regresaría con la Revolución Cultural.

@rgiustia


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martes, 22 de septiembre de 2015

El Che va a la misa. Por Roberto Giusti


ROBERTO GIUSTI | EL UNIVERSAL

El intenso y pegajoso aroma se expandió entre los fieles más cercanos al altar, colocado en un extremo de la Plaza de la Revolución (72 mil metros cuadrados de cemento y hormigón, destinados originalmente a servir de escenario para las ya lejanas en el tiempo alocuciones de Fidel Castro) y el rostro de la efigie del Che Guevara, desde el otro extremo, parecía aún más adusto que de costumbre al respirar los efluvios de aquella sustancia que si bien no resultaba, precisamente, "el opio del pueblo", a sus ojos inmóviles representaba algo similar o incluso peor.

Al fin y al cabo el incienso ardiente que esparcía el Papa Francisco, balanceando rítmicamente el braserillo metálico que lo contenía, formaba parte del ceremonial propio de una misa solemne, a la cual asistía en pleno un fervoroso Buró Político del Partido Comunista Cubano, a la cabeza de la cual, ufano, con su impecable guayabera blanca, aparecía Raúl Castro, cuya conversión, confesa y pública ("si sigue así -Francisco- volveré a rezar y regreso a la Iglesia") le provocaba náuseas a un Che, quien (ateo por convicción, por ideología) en medio de su obligada y perenne presencia en la gigantesca estructura, ahora generalmente vacía, seguía prefiriendo el tedio de los discursos interminables de Fidel a las carantoñas de su hermano con el líder máximo de una institución que, a diferencia de otras, nunca pudieron liquidar.

Si bien el Partido Comunista y la Constitución que habría de adoptar, consagraba el ateísmo y el materialismo, en 1992 abrió la puertas del partido a los creyentes y con los años comenzó a devolver los 80 templos que había confiscado en los primeros años de la revolución, cuando los católicos o fieles de otras confesiones eran perseguidos con la misma saña con la cual se trataba, por ejemplo, a los homosexuales. Ya para los años 80 el régimen cubano había abierto vasos comunicantes con los curas de la Teología de la Liberación y por esa vía, en el intento de conciliar dos concepciones filosóficamente ubicadas en las antípodas, encontraban puntos de contacto a la hora de pregonar la justicia social y reivindicar a los oprimidos del mundo. Pero 25 años después, luego de dos visitas papales, llega la tercera y durante la misa, con sabor a piña colada y profusión de ritmos tropicales, el entorpecimiento a los intentos de los disidentes (incluidas las Damas de Blanco) por acercarse al Papa, un pontífice sutil, quizás demasiado, en contraste con su desenfado habitual, le reclama al comunismo cubano, aquel que se vanagloriaba del avance social de la revolución y de la igualdad entre los cubanos, así como queriendo y no queriendo, la necesidad de defender y ponerse en la piel del "más frágil": "el servicio no es ideológico porque no se sirve a las ideas sino a personas" o esta frase que ya resulta lugar común y no por eso menos cierto: "Quien no vive para servir, no sirve para vivir".

Claro, la gira apenas comienza, el huésped debe ser amable con su antiguo perseguidor quien, por su parte, sabe que Francisco, más allá de la dimensión espiritual y de su extrema sensibilidad social, es un político y en su caso un mediador, cuyo papel puede resultar decisivo a la hora de concretar los acuerdos con Estados Unidos, que es su próximo destino. Y esto, más allá del aroma pegajoso del incienso, es lo que no dejar dormir a la efigie malhumorada y escandalizada (por lo que considera una traición) de la Plaza de la Revolución.

@rgiustia


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