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miércoles, 11 de marzo de 2020

Ernesto Cardenal y los riesgos de la esperanza. Por Alberto Barrera Tyszka


El poeta nicaragüense falleció la semana pasada. Su biografía se niega a la clasificación fácil: un hombre de fe y un revolucionario, un crítico del régimen de Daniel Ortega pero un defensor de Hugo Chávez.

Por Alberto Barrera Tyszka / The New York Times en español

Incluso desde su ataúd, el poeta Ernesto Cardenal siguió siendo polémico. Mientras el gobierno de Daniel Ortega decretó tres días de duelo nacional en Nicaragua, los seguidores de Ortega interrumpieron su funeral, de forma violenta, gritando insultos y llamándolo traidor. También en Twitter, ese cielo donde lo provisional parece permanente y cualquier complejidad se simplifica, las reacciones ante su muerte mostraron la misma paradoja: santo y hereje, profundo humanista y miserable castrocomunista, bendito y maldito al mismo tiempo. La polarización política no sabe muy bien qué hacer con la poesía.

La vida de Ernesto Cardenal (1925-2020) ofrece una extraordinaria posibilidad de recorrer buena parte del espíritu latinoamericano durante el siglo XX: es la historia de una búsqueda, en más de un sentido y en distintas dimensiones. Es un ansia por alcanzar sociedades más justas y menos impunes, un esfuerzo por no perder elementos originales de nuestra propia identidad, un intento por indagar y vivir de otra manera la espiritualidad, una exploración constante en el lenguaje, en la forma de pronunciar y de contar y cantar lo que somos. El poeta nicaragüense vivió a fondo y con plenitud este recorrido. Con todas sus contradicciones, con sus hallazgos y con sus errores; con fracasos, desencantos, pero también con una persistente fe en una utopía.

“¿De qué le salvó la poesía?”, le preguntó el periodista Antonio Lucas en 2009. “De la desesperanza”, contestó. Ernesto Cardenal vivía en la urgencia de la ilusión. Necesitaba aferrarse a la certeza de que un mundo mejor era posible y creyó en el hechizo de las revoluciones. Esto, en más de una ocasión, empañó su capacidad crítica o lo llevó a vivir paradojas como denunciar la dictadura de Daniel Ortega pero apoyar a Hugo Chávez. La esperanza también tiene sus riesgos. Es difícil desentrañar las complejidades políticas con salmos.

Pero no se puede analizar o ponderar la vida de Ernesto Cardenal a partir del esquema polarizante que está en auge hoy en el continente. Lo mejor de su existencia no se encuentra ni se define por su relación con Juan Pablo II o con Fidel Castro. Ciertamente, en ambos ámbitos, en la religión y en la política, Cardenal fue controvertido. Participó activamente en la teología de la liberación latinoamericana, leyó y reinterpretó los evangelios desde la experiencia de los campesinos pobres de Solentiname, decidió participar en política y se enfrentó de manera directa al Vaticano. Pero más que responder a una ideología, respondía a una ética. Siempre actuó desde la fidelidad a su propia vivencia religiosa. Su rebeldía era un acto de fe.

Todavía en 2014 mantenía sus posturas y declaraba la canonización de Juan Pablo II era “una monstruosidad”. Cardenal señalaba, con razón, la protección que el papa polaco había brindado a Marcial Maciel, fundador en México de los Legionarios de Cristo, acusado de pederastia y separado finalmente de la Iglesia por el papa Benedicto XVI. Cardenal hablaba desde la ética de las palabras, desde las escrituras. Por eso siempre fue un sacerdote incómodo.

En política, sus convicciones y apoyos fueron más erráticos y contradictorios. Su memoria crítica de la Revolución sandinista, así como su oposición frontal al régimen de Ortega y Rosario Murillo, contrastan con el respaldo a los hermanos Castro en Cuba o con la falta de cuestionamientos al gobierno de Hugo Chávez en Venezuela. Si bien es cierto que Cardenal mantuvo siempre su espíritu crítico (en su libro sobre Cuba denunció los campos de concentración, la persecución a los homosexuales y a los católicos, por ejemplo), su postura general hacia “las revoluciones” en el continente fue bastante benévola, tal vez hasta cándida. Quien lea el texto que, en 2005, escribió después de un viaje a Caracas, puede sentirse incluso indignado. La operación de venta de un espejismo es demasiado obvia, la ansiedad por sentir que la utopía existe aniquila la capacidad analítica del poeta. Esta ceguera, sin embargo, también forma parte de ese difícil y complejo trayecto que marcó el siglo XX latinoamericano. Es larga la lista de escritores y artistas —entre quienes estuvieron Octavio Paz y Mario Vargas Llosa, por ejemplo— que en algún momento apoyaron a la Revolución cubana.

Sostiene Rafael Rojas que, en la vida de Ernesto Cardenal, las referencias fundamentales no son Fidel y el Che sino el poeta José Coronel Urtecho y el monje trapense Thomas Merton. Es cierto. Ambos son determinantes en las dos experiencias que marcan y van empujando hacia adelante toda la existencia de Cardenal: la poesía como expresión literaria y como forma de vida. Merton era un teólogo contemplativo pero también era un escritor que cuestionaba el lujo y el mercantilismo, que celebraba la utilidad de lo inútil, la gratuidad de las palabras.

No en balde, a la hora de despedir a su vecino por más de 40 años, compañero además en las luchas políticas, en la ilusión y en el desencanto, Sergio Ramírez realiza un entrañable itinerario a través de su obra. Ni el duelo oficial, decretado por un gobierno al que Cardenal definió como una dictadura, ni la bulla de una turba invadiendo su velorio pueden opacar la verdadera celebración del poeta: sus libros, sus palabras, donde aún respira una vida que contradice las clasificaciones fáciles y que —a pesar de todos los riesgos— sigue apostando por la esperanza.


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jueves, 16 de enero de 2020

Luchar contra el cinismo. Por Alberto Barrera Tyszka


En Venezuela se gesta una pelea por la institucionalidad: el gobierno chavista avanza con descaro para limitar a la oposición mientras la ciudadanía, preocupada por sobrevivir, se despolitiza. ¿Es el fin de la política en el país?

Por Alberto Barrera Tyszka / The New York Times en español

Un video en las redes, esta semana, muestra a Pedro Carreño, dirigente histórico del chavismo, señalando un retrato de Qasem Soleimani y pronunciando la vieja consigna de la izquierda de los sesenta: “Tu muerte será vengada, camarada”. Lo más interesante de la secuencia, sin embargo, viene justo después, en el momento en que el militar retirado y antiguo compañero de Hugo Chávez se levanta de la silla y gira su cuerpo para salir de la escena. Justo en ese instante se puede apreciar brevemente el inicio de una mueca socarrona, el comienzo de una sonrisa que define a la perfección una actitud, un modo. Es la culminación de un gesto que deshace de golpe la supuesta honestidad fúnebre y guerrera del acto, que desinfla la solemnidad y deja al aire la naturaleza del espectáculo.

Diosdado Cabello, el hombre más poderoso del régimen después de Nicolás Maduro, y el ministro de la Defensa, Vladimir Padrino López, también hicieron el mismo performance: se presentaron en la embajada iraní a rendir honores al general difunto y a solidarizarse en la batalla contra el imperio norteamericano. Sus actuaciones se ajustaron más al libreto pero, tal vez por eso mismo, fueron menos convincentes. La sorna de Pedro Carreño es mucho más honesta. Tiene algo de burla, de ese desdén que el chavismo siempre ha mostrado por las formas, por la legalidad, por la política. Carreño no disfraza lo que sabe: no hay que tomarse demasiado en serio ese espectáculo. En realidad, todo ese acto forma parte, más bien, de un espectáculo mayor.

La dictadura de Nicolás Maduro ha comenzado el año tratando de liquidar lo queda de institucionalidad en Venezuela. Y lo ha hecho a su modo, con su más experimentada arma: el cinismo. El 5 de enero, en una maniobra tan insólita como burda, los militares tomaron la Asamblea Nacional (AN), el parlamento elegido democráticamente de Venezuela, e impidieron el ingreso de los diputados opositores, para —de forma improvisada e inconstitucional— elegir una nueva directiva conformada por diputados cercanos al régimen, algunos acusados de corrupción y expulsados anteriormente de los partidos opositores. De esta manera, el régimen chavista ha intentado imponer a Luis Parra, un político acusado de recibir sobornos y de estar ligado a la red de corrupción que presuntamente manejan Nicolás Maduro y el empresario colombiano Alex Saab, como un sustituto de Juan Guaidó como presidente de la AN.

Muy rápidamente, todo el oficialismo salió a defender a Parra y a tratar de legitimar el golpe de Estado en el parlamento. Primero trataron de presentarlo como una diatriba entre grupos opositores y, luego, para cerrar el ciclo de cinismo, el canciller Jorge Arreaza acusó a Estados Unidos de pretender intervenir en la Asamblea Nacional venezolana.

El chavismo lleva años tratando de crear su propia oposición. Pero jamás, en sus intentos, había llegado a este nivel de descaro. La jugada ha sido tan evidente y vulgar que incluso países aliados como Argentina o México no han validado el asalto ilegal al parlamento. Sin embargo, el régimen oficial en Venezuela no se da por aludido, insiste en defender el golpe, en sostener su espectáculo. En el fondo, ponen en práctica uno de los legados principales de Hugo Chávez: el cinismo. Ese es su modo. La mentira como praxis política. La certeza de que el delito puede convertirse en algo legítimo, legal. La conciencia de que se puede ejercer la impunidad y el engaño sin ningún pudor.

El nombramiento de Luis Parra es la sonrisita de Carreño. Es el modo. Es el cinismo de quienes mantienen secuestrados por tres semanas al diputado Gilber Caro y al periodista Víctor Ugas pero, sin ninguna vergüenza, denuncian las violaciones a los derechos humanos en otros países. El mismo cinismo de quienes se llenan la boca hablando de paz y de amor mientras, al mismo tiempo, mantienen un plan de exterminio extrajudicial en los barrios populares de Caracas. El cinismo crudo de quienes disfrutan de la riqueza dolarizada, mientras las grandes mayorías están cada vez más hundidas en la pobreza… La ceremonia de solidaridad con Irán es otra cínica provocación para enfriar los problemas internos y situar el conflicto en el ámbito internacional. Esa sonrisita. Es la manera de mostrar que nada les importa. La forma de liquidar a la disidencia y de mirar hacia otro lado, preguntando con sorna: “¿Y qué? ¿Acaso me vas a mandar drones? ¿A qué no te atreves?”.

Podría pensarse que este 2020 ha empezado con otro de esos ejercicios donde la inteligencia cubana y el chavismo usan a Venezuela como si fuera su videojuego. Pero en realidad se trata de un episodio importante en la escalada del totalitarismo.

La Asamblea Nacional es la única institución, legítimamente elegida por el pueblo, que existe en el país. No controlarla le ha impedido al régimen de Maduro cerrar parte de las negociaciones internacionales que tiene con Rusia. No es casual que Rusia sea el único país que haya reconocido a Luis Parra como presidente de la AN. Todo es parte del mismo entramado. El chavismo pasó el año pasado apostando al desgaste de la oposición y ahora, apenas inició 2020, contraatacó, aprovechando además que la mayoría de la población —sometida a tratar de sobrevivir en medio de la crisis— se encuentra despolitizada.

La dirigencia de la oposición democrática está obligada a redefinirse, a desligarse de los tránsfugas y de los oportunistas, estableciendo una unidad que pelee por la defensa institucional y el establecimiento de las nuevas condiciones electorales. La acción internacional debe ir en la misma dirección: aumentar las presiones, exigir elecciones justas y libres. Es necesario rechazar de forma contundente esta cínica farsa que pretende acabar con la política en Venezuela.


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domingo, 8 de diciembre de 2019

El saboteo suicida de la oposición venezolana. Por Alberto Barrera Tyszka


Se sabe: es muy difícil ser de oposición en el país de Nicolás Maduro. Su gobierno ha perseguido, amenazado y limitado a sus adversarios políticos. Pero ahora, con una serie de escándalos de corrupción a cuestas, la oposición parece condenarse a sí misma y al país.

Por Alberto Barrera Tyszka / The New York Times en español

A principios de 2019, Juan Guaidó saltó de las sombras y se convirtió en una alternativa real para el regreso a la democracia en Venezuela. Fue una noticia trepidante que logró concentrar a su alrededor un nutrido y sólido respaldo internacional. Casi doce meses después, su liderazgo está cada vez más fragmentado, un escándalo de corrupción salpica a casi toda la dirigencia opositora, y el propio país —en medio de un contexto regional convulsionado— se ha ido apagando, incluso como noticia. ¿Cuál es la esperanza para Venezuela ahora? ¿Qué puede hacer la oposición después de un año con muchas promesas y pocos resultados?

En 2019, Venezuela tuvo, como nunca antes, un escenario tan favorable para un cambio político. El fracaso del modelo oficial y la aterradora crisis económica; el apoyo internacional —con sanciones concretas a altos funcionarios del régimen—; el surgimiento de un liderazgo nuevo, distinto, con otra imagen y otra retórica; un sustento legal propicio, anclado al fraude electoral que permitió que Nicolás Maduro prolongara su estancia en el poder en mayo del año pasado… El chavismo, por su parte, se dispuso a resistir implementando dos de sus políticas más eficaces: la violencia y la indolencia. La represión feroz y la total falta de sensibilidad ante la tragedia que vive la gran mayoría de la población. Nuevamente apostó al desgaste y confió en los recurrentes errores de sus adversarios.

Ya se sabe: es muy difícil ser de oposición en Venezuela. Implica tener a todo el Estado y las instituciones como enemigos. Los partidos políticos ni tienen ni pueden tener ningún tipo de financiamiento, la gran mayoría de sus dirigentes están en el exilio, en la cárcel, o viven perseguidos. El control hegemónico de los medios oficiales se dirige a invisibilizar o descalificar cualquier vocería o actividad que no muestre su fiel apoyo a “la revolución”. Pero, aparte de todo esto, además, no es fácil ser oposición en Venezuela porque sus propios representantes viven en una permanente guerra interna. No hay un liderazgo que pueda sobrevivir a ese circo de conspiraciones múltiples. La ambición personal y el oportunismo parecen ser ya una condición genética de buena parte de la dirigencia de la oposición en Venezuela. Hay egos tan duros que no se ablandan ni siquiera con la catástrofe que vive el país. Se trata, sin duda, de un saboteo suicida.

El tema de la corrupción debe también analizarse dentro de este contexto. Hace una semana, una investigación independiente del portal periodístico Armando.info reveló que al menos una decena de diputados de diferentes partidos de oposición estaban realizando acciones en favor de personas o empresas ligadas al gobierno de Maduro y sancionadas o investigadas internacionalmente por manejos irregulares y lavado de dinero.


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viernes, 29 de noviembre de 2019

Golpes, contragolpes y recontragolpes. Por Alberto Barrera Tyszka


Por Alberto Barrera Tyszka / The New York Times en español

La polarización ha terminado por destruir la credibilidad en los políticos. Los problemas más profundos de América Latina no pueden simplificarse: antes de que nos devore el caos, es urgente reinventar la política.

La toma de poder por asalto, en cualquiera de sus variantes, parece estar cada vez más presente en las noticias. Golpes y contragolpes, reales o imaginarios, fácticos o tan solo denunciados, empiezan a tener una puntual frecuencia en el continente. Bolivia es el ejemplo más reciente y, de nuevo, nos ofrece una señal sobre el fracaso de la política en América Latina.

Finalmente, la polarización, que tan rentable fue en algunos momentos, ha terminado por destruir la credibilidad en la política y en los políticos. No importa la ideología o el color de su partido, su sentido del humor o su cursilería. Lo que está en crisis es su sentido mismo, su función. Los ciudadanos hemos comenzado a pensar que la política y los políticos ya no sirven para dirimir nuestras diferencias, para resolver los problemas fundamentales de la vida en común.

Ya la ecuación pavloviana, que ante cualquier suceso reacciona de manera instantánea culpando al “imperio norteamericano” o al “castrocomunismo”, se agotó, no logra dar cuenta de la compleja realidad que vivimos. El esquematismo que pretende explicar todo en términos de izquierda y derecha resulta todavía más frívolo en Bolivia, un país que —precisamente— ha construido gran parte de su propia historia sobre la lucha por reconocer, pronunciar y ejercer su propia heterogeneidad, su enorme diversidad.

Los problemas son más hondos y las narrativas simples comienzan a naufragar. Nuestras historias siguen a veces pareciendo inverosímiles pero, ahora, vamos dejando atrás el realismo mágico y avanzamos firmemente hacia el absurdo trágico. Tenemos presidentes que se autoproclaman, instituciones que se reconocen y se desconocen con sorprendente rapidez, autoridades sin autoridad y poderes simbólicos… Lo único que permanece intacto es la represión. Los ejércitos no se detienen, los asesinatos siempre son más.

Desde la interrupción en el recuento de los votos en las elecciones del 20 de octubre hasta el día de hoy, todo en Bolivia ha ido empeorando, enredándose. Los propios liderazgos, de los distintos sectores, han ido asfixiando la crisis, acabando con la política, simplificando el conflicto a los ámbitos de la emoción o de la violencia.

Evo Morales ha sido errático y contradictorio. Mantuvo un silencio cómplice durante las 24 horas que el sistema electoral suspendió inexplicablemente el proceso de conteo rápido de votos. Basado en un informe de la Organización de los Estados Americanos (OEA), Morales anunció una nueva convocatoria a elecciones. Pero más tarde acusó de fraude a la OEA y la denunció como parte de una conspiración internacional en su contra. Renunció a la presidencia para que hubiera paz en Bolivia. Pero dos días después, desde México, dijo que iba a regresar a La Paz para “pacificar” al país. En medio de esta marea, sin embargo, ha tenido un éxito importante: logró salir de un agujero, donde estaba condenado a explicar un fraude, y saltar al relato épico donde vuelve a ser un pobre indígena cocalero, víctima de una conspiración blanca y universal. Abandonó la política y se refugió en la telenovela.

Los distintos liderazgos de las diferentes oposiciones bolivianas también han actuado de manera caótica e incoherente. Destaca, por supuesto, Jeanine Áñez Chávez, quien en medio de una situación confusa, termina asumiendo la presidencia como si ella misma hubiera obtenido una victoria histórica en contra de sus adversarios. Renuncia a un papel de mediadora en el conflicto y pretende entonces apropiarse de un protagonismo heroico que no tiene ningún respaldo y que, encima, se sostiene sobre la legitimación de la represión. Por no mencionar a Luis Fernando Camacho, un dirigente con ambición de cristero, que propone arrasar con la pluralidad de la sociedad boliviana gritando: “¡Satanás, fuera de Bolivia!”. Otra vez: el fervor sustituye a la política.

Los excesos narrativos siempre enturbian el cuento. Que Luis Almagro, el secretario general de la OEA, se comporte a veces como un predicador religioso, no implica que los 36 técnicos de la OEA que auditaron el proceso electoral boliviano sean una secta ciega al servicio de los oscuros intereses de Estados Unidos. Así como tampoco que Daniel Ortega y Nicolás Maduro —ambos en el poder después de elecciones igualmente fraudulentas— cuestionen “el golpe” en Bolivia implica que el proceso haya sido transparente y esté apegado a las leyes. Hay que dejar de pensar y de vivir la historia en términos de las Cruzadas. El sábado 16 de noviembre, Juan Guaidó, líder de la oposición venezolana, culminó una manifestación popular convidando a los presentes a marchar hasta la embajada de Bolivia. Como si la confusa situación boliviana pudiera funcionar de alguna manera en el contexto de la exhausta batalla por la democracia en Venezuela. La invitación parecía, más bien, una acción desesperada por encontrar algún milagro para resucitar la esperanza.

Los terribles errores de la dirigencia de la oposición boliviana no mejoran a Evo Morales. Pero tampoco su intención de perpetuarse en el poder, el fraude electoral cometido y la manipulación posterior, mejoran a Áñez ni le dan un permiso para actuar como le dé la gana. Ninguno de los dos son los únicos actores. Ninguno de los dos son la representación exclusiva de modelos políticos y utopías excluyentes. Creer que todo lo que ocurre es consecuencia de una pugna entre la izquierda y la derecha supone pensar desde la narrativa y no desde la realidad.

Las protestas en Chile dicen otra cosa, hablan de una crisis que ha desbordado a los políticos y a sus paradigmas. El caso de Bolivia ahora también desnuda la tentación de explicar cualquier conflicto con la denuncia de una conspiración ideológica internacional. Para no ver y enfrentar lo que sucede, se va más allá, a un lugar distante, donde una fuerza oscura mueve los hilos de lo real. Los políticos se denuncian y se acusan mutuamente, se aferran al supuesto enfrentamiento antagónico entre dos modelos, mientras las poblaciones se enfrentan cada vez más solas a sus tragedias. Hace una semana, una delegada sindical en Venezuela, en una protesta por la salud pública, se vio obligada a aclarar: “No queremos tumbar a nadie, queremos que reabran el hospital”. Los golpeados de siempre ahora deben vivir advirtiendo que ellos no son golpistas.

La polarización se devuelve y juega en contra de sus protagonistas. Si no se desactiva esta dinámica, el horizonte seguirá bamboleándose entre el autoritarismo y las sociedades disfuncionales. La multiplicación de los golpes. Antes de que nos devore el caos, urge recuperar y reinventar a la política.


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martes, 5 de noviembre de 2019

Latinoamérica: derecha, izquierda y melodrama. Por Alberto Barrera Tyszka


Por Alberto Barrera Tyszka / The New York Times en español

La condena inmediata a la represión civil en Chile es urgente y necesaria. Pero ¿por qué, ante otros acontecimientos similares en Venezuela y Nicaragua, no hubo la misma reacción?

Ante las recientes protestas que han sacudido a Chile, surgió con rapidez una corriente de pronunciamiento público a favor de las libertades y en contra de la represión. Varios escritores e intelectuales sumaron sus voces, en las redes sociales y a través de remitidos, para exigir que los militares no ocuparan las calles. Fue un mensaje de alerta dirigido directamente al gobierno de Sebastián Piñera, la activación de una vigilancia internacional en contra de cualquier intento de ejercicio de fuerza por parte del poder.

Este tipo de respuesta inmediata es excelente y necesaria, pero, también, destapa de manera involuntaria algunas preguntas: ¿por qué, ante otros acontecimientos similares en nuestro continente, no hubo la misma instantánea reacción? ¿Es acaso distinta la violencia que puede ejercer el gobierno de Chile a la violencia que han ejercido, en estos mismos años, los gobiernos de Venezuela o de Nicaragua? Es llamativo que entre nosotros siga funcionando la idea de la izquierda y de la derecha como doctrinas absolutas, como argumentos tajantes capaces de condenar o de legitimar indistintamente un mismo hecho.

En una Latinoamérica cada vez más diversa y complicada, hay también una polarización creciente, empeñada en que el antagonismo entre la izquierda y la derecha sea una ecuación mágico-religiosa. Creo que este funcionamiento se debe a que, precisamente, han ido perdiendo su condición de ideologías. Su contenido esencial es la emoción. Se desarrollan como identidades afectivas, sin posibilidad de discernimiento. Existen para luchar contra el mal. Y así terminan desfigurándose. Pierden incluso su capacidad narrativa. Solo son melodramas.

Sostiene Rafael Rojas que la Guerra Fría sigue siendo una “reserva simbólica inagotable” en la América Latina del siglo XXI. Pero —como también señala asertivamente el académico cubano— estos “imaginarios” adquieren formas cada vez más simples. La polarización ha ido reduciendo cualquier debate a la mínima dimensión de un espectáculo. El absurdo de Jair Bolsonaro, quien decide no felicitar al presidente electo de Argentina, Alberto Fernández, y desconoce así a la democracia legítima de un país, es tan patético como el cinismo de Nicolás Maduro, quien después de haber ordenado y dirigido una represión salvaje en contra del pueblo venezolano, denuncia la violación de los derechos humanos de los ciudadanos manifiestan en Chile. Ninguno de los dos encarna o expresa modelos políticos en pugna sino, por el contrario, ambos representan la perversión y la mediocridad de un proceso histórico que se ha quedado sin política.

A medida que las democracias de la región se vuelven cada vez más precarias, y que sus posibles escenarios de solución parecen cada vez más lejanos, el debate parece también ser cada vez más esquemático y emocional. La fórmula es simple y opera con la misma ciega eficacia en ambos bandos. Basta con invocar la pobreza y acusar al imperialismo estadounidense. Basta con invocar la libertad y acusar al castrocomunismo. A partir de la aceptación de estos presupuestos, no se requiere discernir más. Lo único que hace falta es fervor.

De pronto, comenzamos a ser una versión trágica del Superagente 86, aquella serie icónica creada por Mel Brooks que se burlaba de los estereotipos de la Guerra Fría. Pensar que el Grupo de Puebla —un grupo de líderes latinoamericanos de izquierda— es una eficiente mafia dedicada a la conspiración internacional y que el expresidente colombiano Álvaro Uribe es un paladín de las libertades puede ser cómodo, pero, sin duda, reduce la crisis actual a los estereotipos maniqueos de la Guerra Fría. No da cuenta de toda la enorme complejidad de nuestras realidades.

Y por supuesto que en esta enorme complejidad están también todos estos elementos. Está el imperialismo estadounidense y está también la eterna práctica expansionista y parasitaria de la Revolución cubana. Pero no son los únicos ejes que ordenan lo que sucede en el continente. No son los dogmas irrebatibles con los que solamente se puede analizar y entender lo que está ocurriendo. Menos aún en su versión más pobre, en el melodrama que exige creer que a la historia solo la mueven los villanos desgraciados o los héroes bondadosos. Esta simplificación general de la forma de mirar y de pensar lo real es otro síntoma más de nuestra fragilidad: ciudadanías sin discernimiento. Convidadas a ver y a vivir el poder como un asunto sentimental.

No deja de ser paradójico que todo esto, encima, siga teniendo la pretensión de ser un enfrentamiento ideológico. La propuesta de que estamos, nuevamente, en medio de la lucha entre dos modelos antagónicos solo es un ejercicio de distracción, una maniobra teatral para la supervivencia de algunas élites. El caso de Odebrecht —la constructora brasileña que pagó sobornos a decenas de gobiernos por todo el continente— debería ser suficiente para deshacer ese espejismo. Dice Martín Caparrós que “la corrupción es una ideología”. Es más que una actividad aislada y eventual. Responde a un plan articulado, a una noción de la política y de la riqueza. Supone una propia concepción del mundo y de la relación con los demás. En el fondo, detrás de la polarización, detrás de la efusión de revoluciones y contrarrevoluciones, Odebrecht es realmente el último gran proyecto ideológico de Latinoamérica. Un programa continental que convirtió la mordida en una definición más determinante que el socialismo o el neoliberarismo.

Lo que está en crisis es la política, tal y como la entendemos. Está en crisis la idea, los mecanismos y los procedimientos de la representación pública. Parece necesario reinventar los espacios y los flujos del poder; las formas de decidir, implementar y controlar al Estado y a las instituciones. En un tiempo signado por el fracaso de las élites, por las ansias de cambio, las protestas en Chile surgen como un imponderable, no tienen dirección política visible, no pueden ser capitalizadas por alguna fuerza u organización de forma inmediata.

La realidad vuelve a mostrar como siempre su complejidad y se hace imprescindible, también, empezar a debatir en otros términos. La solidaridad o la condena no puede depender automáticamente del espectáculo de la polarización. La ideología ya no puede ser un elemento determinante de las vindicaciones ciudadanas y de la defensa de los derechos humanos, sea Chile o Venezuela. El melodrama no conduce a nada. Solo es la fase superior del populismo.

Alberto Barrera Tyszka es escritor venezolano. Su libro más reciente es la novela Mujeres que matan.


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lunes, 19 de marzo de 2018

Venezuela: entre un dictador y un predicador. Por Alberto Barrera Tyszka


Por Alberto Barrera Tyszka / The New York Times en español

La oposición venezolana ha decidido no participar en las próximas elecciones presidenciales de Venezuela. ¿Eso es suficiente? ¿Es posible abstenerse electoralmente sin perder presencia política en el país? Ya no hay un candidato único. Apareció una nueva opción a Nicolás Maduro. Hace unos días lanzó su campaña Javier Bertucci, un pastor evangélico que busca capitalizar el descontento popular. El pastor puede hablar durante horas seguidas, invoca el amor y dice tener el mandato divino de cambiar la historia. Cualquier semejanza con la realidad es pura antipolítica. Javier Bertucci se parece más a Chávez que Nicolás Maduro.

Al igual que el líder fallecido, Bertucci es un hombre que conoce la importancia de los medios de comunicación. Tiene presencia en distintos canales y emisoras, se sabe mover bien en el espectáculo audiovisual. En un programa especial grabado por él mismo en 2015, Bertucci ofrece una suerte de autobiografía, una carta de presentación para todos aquellos que lo siguen en su trabajo religioso. En las primeras escenas, camina en medio de un campo, contando que fue ahí donde se crio, habla de su abuela y relata cómo de niño debía cortar frutas de las matas e ir a venderlas a la carretera. Es un eficaz sello de “denominación de origen”: viene de abajo, del mundo rural. En su génesis está la pobreza del pueblo, igual que lo estaba en la narrativa de Chávez.

Como el caudillo militar, Bertucci viene de un ámbito cerrado —la Iglesia evangélica—, con reglas estrictas, que funciona bajo un supuesto orden de moral y obediencia superiores. En más de un sentido, una iglesia y un ejército se parecen. Bertucci es pastor de la iglesia cristiana del Avivamiento Maranatha y, aparte, ha creado también una organización propia llamada El Evangelio Cambia. Asegura que se ha lanzado a la política obligado por las circunstancias. Pero, repitiendo el paralelismo, se mantiene firme en su identidad. Chávez decía que él jamás dejaría de ser un soldado. Bertucci asegura que nunca dejará de ser un pastor.

Muchas veces se ha dicho que el líder de la llamada Revolución bolivariana hablaba como si fuera un predicador. Tenía, sin duda, un talento especial para detectar lo que la gente anhelaba escuchar. Llenó la comunicación de afecto, personalizó fuertemente el discurso político, acudió a las parábolas, a la reiteración, a la narrativa. Así explica el pastor Bertucci su decisión de entrar en la política: “Repartíamos comida y una madre tuvo la forma de romper mi alma en ese momento, se me abalanzó y me dijo: ‘No aguantamos más, queremos un líder como tú’, y eso me marcó”.

El populismo religioso amasa la idea de que, frente a una realidad desastrosa, llena de precariedad y de sufrimiento, debe surgir un mesías, capaz de encarnar y ejecutar un mandato celestial, transhistórico, que devuelva al pueblo al paraíso terrenal. Chávez estrujó este argumento hasta el final de sus días. Para Chávez, sacralizarse era una forma de hacer política. Se refería a él mismo como un instrumento del pueblo, de Dios. Bertucci quiere tomar ahora ese testigo que Maduro ha sido incapaz de sostener en las manos por su falta de carisma.

En su sermón dominical del 18 de febrero, cuando públicamente declaró en su iglesia sus aspiraciones presidenciales, el pastor que quiere ser presidente dijo lo siguiente: “Cuando Dios cambia los tiempos y las edades y decide quitar un rey, lo va a hacer de cualquier manera. Así que yo digo busquemos la mejor. Proveamos a Dios de la mejor forma para hacer esta transición o este cambio, en paz; hacerlo en una actitud sensata y responsable”. Luego leyó la Biblia y dijo que Dios prometía poner fin a las desgracias de los que sufren “¡Hay esperanza para tu porvenir, Venezuela!”, gritó.

El pastor Bertucci no parece ser la mejor muestra de una oveja inmaculada. Su expediente suma una detención y una estancia breve en prisión en 2010, bajo la acusación de transportar 5000 toneladas métricas de diésel. También su nombre apareció en los Papeles de Panamá. Por supuesto, él rechaza cualquier acusación en su contra y señala que no va a caer en el juego de la guerra sucia. “León no caza ratón”, afirma, estableciendo una evidente conexión con la sentencia usada por Chávez para desdeñar a sus adversarios: “Águila no caza moscas”.

Venezuela avanza hacia las elecciones de abril cada vez más asfixiada por el cerco simbólico de la antipolítica. Maduro representa el Chávez real y el proyecto militarista que ha desembocado en un Estado fallido, profundamente corrompido y con una economía en ruinas. Javier Bertucci es el Chávez renovado, un nuevo intento por resucitar la promesa de las soluciones instantáneas y mesiánicas ante los complejos problemas de la realidad. En este contexto, las elecciones son un fraude institucional y un espectáculo sin alternativas.

Bertucci, con sentido de oportunidad, busca aprovechar la crisis, pero no se empalma con la oposición ni con sus exigencias, no forma parte de la historia de lucha sostenida que ha llevado un gran sector de la sociedad en contra del proyecto totalitario y militarista chavista. Bertucci no habla desde la diversidad de voces de la oposición, los partidos y la sociedad civil, sino desde otra iglesia. Es la nueva versión del externo (outsider) que viene a salvar al país. Ahora, nuevamente, la esperanza se viste de mesías para trata de seducir a un pueblo desesperado.

El populismo es sobre todo una experiencia afectiva. Se basa en la irracionalidad, las emociones y no tolera el discernimiento. Frente a todo esto, la oposición debe reaccionar. No participar en la estafa electoral propuesta por el oficialismo no significa dejar de hacer política. En este momento, más que nunca, se necesita un programa de acción unitario, un acuerdo de todos los líderes y de todos los partidos para realizar un trabajo en la calle y mantener la presencia y la comunicación en todos los espacios de la vida social. La abstención no debe ser una actitud pasiva. Hay que convocar al país a algo distinto que a la simple espera de los resultados de una farsa.

Mantenerse al margen de las elecciones no es suficiente. Es necesario convertir la renuncia electoral en una acción concreta. Hay que inventar una forma de expresión del descontento distinta al voto, que evidencie el fraude y articule a la mayoría de los venezolanos alrededor de otros símbolos. No es la hora de los predicadores, sino de los partidos, de los líderes y de sus organizaciones. La política también mueve montañas.


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lunes, 4 de septiembre de 2017

Entre la ley y el queso blanco. Por Alberto Barrera Tyszka


Por Alberto Barrera Tyszka | Prodavinci

En medio del júbilo y la alegría que distingue a la alta sociedad caraqueña, el pasado 2 de septiembre se inauguró una importante exposición fotográfica en los espacios de la conocida Casa Amarilla de la capital del país. La gala, donde se dio cita buena parte de lo más granado de nuestra élite, estuvo coronada nada más y nada menos que por Delcy Rodríguez. La flamante presidenta de la ANC, con el savoir faire que la caracteriza, explicó a la concurrencia la importancia y la trascendencia del evento. La exposición es una muestra de 40 retratos de Nicolás Maduro en muy diferentes facetas y distintos momentos de su vida. Las imágenes van desde la etapa más nice, en la infancia, hasta la época actual. En una transmisión televisiva, el propio Presidente agradeció –con su modestia de siempre– el homenaje. Antes de terminar, en esta tournée llena de emoción y de sorpresas, Rodríguez anunció que, a partir de ese momento, “cada constituyente sale a sus municipios con una maleta cargada de esta exposición, de estas fotografías, para ser expuestas en todas las plazas Bolívar del país para compartir la visión del presidente Maduro como político, como humanista, como presidente”. La ovación puso a más de uno a punto de lágrimas. La sala se deshizo en aplausos.

El mismo día, en otro país, en un lugar que no ve o no quiere ver la casta oficialista, Susana Rafalli, experta en seguridad alimentaria, hablaba del informe que adelanta Cáritas sobre el aumento de la desnutrición infantil en Venezuela. Las estadísticas son aterradoras. Desde hace tiempo, Rafalli viene alertando sobre un problema que ya tiene dimensiones de tragedia. Ahora el hambre es lo único que avanza a paso de vencedores.

Para poder existir, el oficialismo necesita construir una ficción de país. La fantasía necesita más coherencia que la realidad. Ahora, por ejemplo, pareciera que el Fiscal designado por la ANC es un hombre nuevo, que salió de la nada, que recién aterriza en el poder. ¡Qué eficiencia! ¡Qué velocidad! ¡Qué precisión!… ¡En menos de un mes le ha abierto los ojos al país! Ha descubierto –¡Santo Cristo de Urachiche!– que había unos civiles inconstitucionalmente juzgados por tribunales militares. ¿Cómo se dio cuenta? ¿Cómo logró dar con eso en tan poco tiempo? El nuevo Fiscal siempre puede sorprendernos. Su primera evaluación sobre las protestas fue reveladora: ¡Tala de árboles! ¡Ecocidio! El tipo está en todo. Tiene brío, empuje, decisión. En pocos días descubrió que la otra fiscal es una delincuente. ¡Qué ojo, carajo! Casi parece que la hubiera conocido desde hace tiempo. Pero no. Llegó, olfateó el aire, abrió una gaveta y listo. Ya descubrió que Luisa Ortega Díaz es corrupta, mafiosa, subversiva, proyankee y, además, por si fuera poco, una insoportable narcisista. ¿Dónde estaba este Fiscal antes? ¿Por qué el oficialismo lo tenía escondido? Estos son los funcionarios que necesita el país. ¿Dónde estaba este Fiscal cuando robaron 300 mil dólares de la casa de Nelson Merentes? ¿Dónde estaba cuando la Asamblea chavista se negó a debatir el caso de Antonini Wilson y su maleta con más de 700 mil dólares?

El nuevo Fiscal tiene una memoria flexible y una moral caprichosa. Mientras él declara orondo frente a las cámaras, en otro país, en un territorio que la oligarquía bolivariana se empeña en negar, Isaías Baduel pasa más de 20 días desaparecido en los sótanos del poder. Cientos de presos aún esperan un proceso y un trato acordes con la ley. Yon Goicoechea y muchos otros siguen secuestrados por la inteligencia militar. La violencia del Estado es una acción pero también una amenaza, un miedo que se distribuye para crear el espejismo de la normalidad. El Poder Originario no está en el pueblo. El Poder Originario se lo robó el Sebin.

Pero por mucho que quieran imponérnoslo, el país de la ficción gubernamental no puede sobrevivir en las calles. Es cierto: el liderazgo de la oposición subestima al oficialismo, le cuesta mucho adelantarse a las acciones. Pero el oficialismo comete un error mucho más grave: subestima al pueblo. Ahora salen a promover las elecciones como si todos los venezolanos no supiéramos que han pasado casi dos años evitándolas, impidiendo que el pueblo vote. Ahora hablan de paz y de justicia, como si pudiéramos olvidar lo que los militares hicieron durante todos estos meses. Ahora le echan la culpa a Donald Trump de la crisis humanitaria, como si nadie recordara que siempre negaron que en el país hubiera hambre y escasez. La revolución es una quimera cada vez más frágil.

En el otro país, en el mapa que el gobierno ya no sabe leer, los noticieros van a los buses y la urgencia se expresa de otras maneras. Un tuit de Laura Helena Castillo lo resume perfectamente: “Si ganas salario mínimo integral, el ingreso completo de dos días de trabajo equivale a 420 gramos de queso blanco”. Ese es el límite de la fantasía oficial. Pueden prohibir el odio, pero no pueden prohibir el hambre. Entre la ley y el queso blanco, la Constituyente es una ilusión desechable.


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martes, 4 de julio de 2017

La crueldad. Por Alberto Barrera Tyszka


Por Alberto Barrera Tyszka | Prodavinci

Ahora pareciera que cada noticia necesita una ambulancia. No es posible ver y escuchar lo que ocurre y no dar un alarido. Cada vez tenemos más sangre que palabras. El gobierno ha terminado convirtiendo la violencia en su único espectáculo. El chavismo pasará a la historia como el poder que disfrutó ejerciendo el terror.

Frente a la simple idea de estar cada vez más obligados a negociar, el oficialismo reacciona con una saña todavía mayor: la represión con cinismo, la violencia celebrada, la brutalidad como goce. Solo así puede explicarse el infierno sistematizado que estamos viviendo y viendo día a día en el país. Las detenciones arbitrarias, el robo a los manifestantes, las golpizas salvajes y en cayapa a cualquiera que se descuide sobre la calle, los juicios express y las condenas por traición a la patria, los traslados a los distintos reclusorios, las torturas, los asesinatos… no es una “violencia desmedida”. Por desgracia es todo lo contrario: es una violencia perfectamente medida, administrada con rigor, ordenada y ejecutada militantemente. Los excesos de los uniformados no son un desorden. Son un orden. Una orden.

Pero, luego, la violencia permanece y adquiere otra forma terrible: se convierte en humor, en festejo, en placer. Creo que nunca antes en el país, al menos en la historia política del siglo XX, tuvimos un gobierno que celebrara de esta manera la muerte. El oficialismo ha logrado alcanzar un grado de delirio inconmensurable. Promueve que perseguir, detener, saquear, golpear, torturar o matar estudiantes, es una virtud. Cuando Maduro condecora al Coronel Lugo está, en el fondo, practicando un rito fúnebre. Es un acto que no solo permite sino que además honra la violencia sobre la ciudadanía, que enaltece los golpes sobre la experiencia de la democracia. Es otra manera de bailar delante de los cadáveres. Es otra forma de decir “no me importa nada”.

Esta es la única oferta que hoy el chavismo le hace al país: la crueldad. Este es su programa político. Se deleitan con el dolor ajeno. Demuestran que el país, en el fondo, no les duele. Que el afecto no es su problema. Que son capaces de ejecutar a cualquiera sin remordimientos. Eso hacen con la Fiscal, con Roberto Picón, con todos los detenidos, con quienes salgan a manifestar… Siguiendo la misma lógica bélica, los cuerpos de seguridad también se comportan como un ejército en territorio enemigo, extranjero. Vienen a saquear y a liquidar, tienen que arrasar con todo. Por eso son crueles y celebran su crueldad. La expone. La muestran con orgullo. No solo creen que es necesaria. Piensan incluso que es buena, noble. Por eso premian sus propios crímenes.

Después de casi 20 años, por desgracia hemos encontrado el gran logro de la revolución: la crueldad. El hombre nuevo es un refrito de lo peor del hombre viejo. El hombre nuevo es un delincuente con carnet. El hombre nuevo es un asesino con charreteras. El hombre nuevo no se conmueve con nada. Disfruta el dolor de los otros. Cree que el sadismo también es bolivariano. Se ríe de todo lo que pasa. Nunca pregunta. Dispara primero y, después, vuelve a disparar.


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martes, 27 de junio de 2017

¿De qué hablamos cuando hablamos de dialogar?. Por Alberto Barrera Tyszka


Por Alberto Barrera Tyszka | Prodavinci

Por Alberto Barrera Tyszka | Prodavinci

A esta altura de los tiempos, que es lo mismo que decir a esta altura de los muertos, o a esta altura de los perdigones y de los gasecitos, a esta altura de los presos y de los injustamente detenidos, ¿se puede acaso dialogar con el gobierno? En estas circunstancias, asediados con la misma violencia por los militares y por la inflación, negados o humillados por el discurso oficial, ¿es posible sentarse a hablar con el verdugo? ¿Cómo? ¿De qué manera?

No es fácil. Las palabras también tienen geografías particulares. La palabra diálogo tiene su propia tradición en Venezuela. Es parte de una historia reciente pero muy sonora y dolorosa. Aquí, la palabra diálogo no viaja sola. Uno la escucha y de pronto puede pensar en el Ministro Néstor Reverol, siempre conversando consigo mismo, culpando a otros de las muertes que producen día a día sus soldados. Uno ve escrita la palabra diálogo en un titular y puede recordar a Tibisay Lucena dialogando pausadamente para paralizar el calendario electoral del año pasado. O puede recordar también a todos los altos jerarcas del oficialismo diciendo y repitiendo que la crisis humanitaria es mentira, que no hay hambre, que las medicinas sobran, que el país es un paraíso extraordinario, perturbado tan solo por la derecha golpista y blablablá. Uno oye la palabra diálogo y siente que cruje la miopía, que el aliento raspa, que tal vez haya dolor nuevo en el futuro.

¿De qué hablamos cuando hablamos de dialogar? Porque el diálogo no es una simple instancia de trabajo. No es solo un instrumento para la resolución de conflictos. También es una puesta en escena, una acción comunicativa. Es un espacio de significación dentro del mismo conflicto. Es un mensaje que puede ser muy útil a un gobierno que ha practicado un perverso doble juego: mientras asesina, invoca a la paz. Lo que se debate en el fondo es cómo se reparten las culpas de la violencia. El oficialismo, en todos sus frentes y de todas las maneras posibles, ha insistido en responsabilizar a la oposición de todos los daños. Incluso ante evidencias palpables, los ministros y funcionarios han mentido descaradamente. Su fanatismo es oportuno. Siempre los salva.

Pero a medida que nos vayamos acercando al 30 de julio, posiblemente el fantasma del diálogo aparecerá cada vez con más urgencia. Ya, esta semana, después de la reunión de la OEA, tan llena de espectáculos y tan carente de soluciones políticas, un grupo de países liderados por Estados Unidos se ha propuesto trabajar para “facilitar el diálogo” en Venezuela. También el Vaticano, no faltaba más, invoca el diálogo. Y José Luis Rodríguez Zapatero, por supuesto, después de pasear por los pasillos de Ramo Verde, también alude al diálogo. ¿Quién se va a poner en contra? En medio de la trágica situación que vivimos, rechazar el diálogo es algo más que ser un aguafiestas. Es casi una inmoralidad. Y sin embargo, la tradición de la palabra insiste, la sensatez y la honestidad se siguen preguntando ¿cómo? ¿Para qué?

Tomemos por ejemplo lo que dijo Maduro ayer en la celebración de los 196 años de la Batalla de Carabobo: “La Fuerza Armada Nacional Bolivariana debe estar de frente contra la oligarquía y el antiimperialismo y el injerencismo. Estamos en rebelión”. Pasemos por alto el evidente tropiezo de neuronas y papilas gustativas que lo llevó a decir “antiimperialismo” en vez de decir “imperialismo”. El sentido central de la frase es lo que importa: la rebelión no está en la calle sino en los soldados, quienes deben enfrentar con todo a los oligarcas descamisados, a los miles de imperialistas desarmados. Otra cita: “Estamos obligados a mantener las instituciones y la Constitución operativas, sirviendo al pueblo, es nuestro deber”. Y por eso mismo, precisamente, es que, sin consulta y con unas bases comiciales fraudulentas, pretenden cambiar la Constitución. Por eso mismo, están tratando de cercar y sabotear a la Fiscalía General de la República. ¿Tiene sentido dialogar con alguien que habla así, que dice esto?

Peor aún: en realidad, el nombramiento del General Benavides como Jefe de Gobierno del Distrito Capital dice mucho más que todas las alocuciones y declaraciones oficiales. Esta designación solo tiene una lectura posible. A Nicolás Maduro no le importa la política. No le interesa. Prefiere las balas. Nuevamente, le deja el gobierno a los uniformados ¿Cómo se conversa con alguien que piensa de esta forma?

Obviamente, es necesario concertar. La única salida que tiene el país pasa, sin duda, por una negociación. Pero cualquier negociación pasa, también, por un cambio en los parámetros mismos de la comunicación, en las expresiones y en los códigos a la hora de resolver los conflictos en todos los espacios. Ahora, en este país, no se puede volver a hablar en términos de diálogo. Quienes, desde afuera, pretendan ayudarnos deben entender que ―antes que un mediador― necesitamos un traductor. Aquí no hablamos el mismo lenguaje.

En el idioma oficial la palabra diálogo significa otra cosa. Es una trampa. Una emboscada. La retórica gubernamental está dirigida a normalizar la muerte. Su destino es invisibilizar al pueblo. Existe para desmovilizarnos, para paralizarnos, para saquear cotidianamente cualquier esperanza. Resistir también es reinventar los lenguajes. Lo que hicieron esta semana los estudiantes de Mérida es un excelente ejemplo. Luchar es nombrar de nuevo. De otra manera.


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domingo, 18 de junio de 2017

Un retrato violento. Por Alberto Barrera Tyszka


Por Alberto Barrera Tyszka | Prodavinci

Luisa Ortega Díaz los tiene locos. Las respuestas del oficialismo solo han logrado demostrar, de manera rápida y bastante obvia, que las denuncias de la Fiscal son ciertas. Las reacciones del poder han sido tan importantes como las propias actuaciones y declaraciones del Ministerio Público. Ellos solitos, de forma instantánea, sin mediar ningún tipo de discernimiento, se han delatado, han hecho evidente que la democracia no les interesa, que no creen en la independencia de las instituciones, que su plan es quedarse en el gobierno para siempre. El madurismo ha resultado el cóctel político más letal de toda nuestra historia. Combina lo peor de nuestro presente con lo peor de nuestro pasado. No solo ejerce la violencia del Estado en todas las direcciones sino que, además, la premia, la glorifica.

De un día para otro, la Fiscal General de la República pasó a ser el enemigo público número 1 de los poderosos. Esa élite, esos privilegiados que pueden adquirir dólares baratos, que consiguen comida y medicinas, que tienen escoltas y pasaportes; esa minoría que ya no quiere contarse, ahora acaba de decretar que Luisa Ortega Díaz es “indigna”, “fascista”, “corrupta”, “traidora”, “jefa de la oposición”… y que además está loca (“insanía mental”, según Pedro Carreño), es cómplice de todo lo que ocurra (“anima la violencia”, según Jorge Rodríguez), y por lo tanto es responsable de todas los homicidios que se produzcan en las manifestaciones (según Tarek El Aissami). Casi todos los altos líderes de la casta se han pronunciado. Diosdado Cabello ya afirmó que “la Fiscalía no es un poder” y sugirió una purga futura, amenazando con “revisar” el Ministerio Público con detalle. “Uno a uno”.

Mientras en Telesur, una abogada constitucionalista, supuesta experta en el tema, afirma que el TSJ debería abrir una investigación por “falta de ética” en contra de la Fiscal, el oficialismo introduce en el mismo máximo tribunal una petición de antejuicio de mérito y la solicitud para prohibir la salida del país de Luisa Ortega Díaz. Si alguna persona, de dentro o de fuera, tenía alguna duda sobre cómo el madurismo ejerce el poder en Venezuela, la forma en cómo se ha actuado en contra de la Fiscal es una confesión contundente. Una prueba irrefutable de una legalidad secuestrada, de un sistema que no es confiable. Sin darse cuenta, la reacción de la dirigencia oficialista en contra de la Fiscal le ofrece al país un subtexto muy claro: toda la institucionalidad es una estafa. El mensaje es nítido: la legalidad no importa. O haces lo que yo digo, o te jodo.

La foto de Pedro Carreño frente a Mikel Moreno es un testimonio para la historia. Todo forma parte de una secuencia, filmada en video, retratada para su publicación. Es una puesta en escena. Los dos posan, sin demasiada gracia, como niños en la escuela, unidos por un diploma. Ninguno parece tener mucho entusiasmo. Solo están tratando de otorgarle solemnidad a una pillería. Y ambos lo saben. Pero necesitan que el disimulo continúe. Ni siquiera se están viendo fijamente. Hay algo esquivo en sus posturas, en sus miradas. Sus cuerpos se juntan en un documento insostenible. Es el retrato de una mafia que pretende ser legítima, que aspira a sobrevivir a su propia historia delictiva. En vez de disfrazarse de pistoleros, se disfrazan de diputados y de jueces. Curiosamente, desde el fondo, el retrato de Bolívar parece sonreír de medio lado. Su imagen cruza entre ambos, saboteando el instante.

En todas estas respuestas ante la actuación de la Fiscal General, se va conformando un argumento para rechazar más aún el proyecto de la Constituyente. Aquí están. Míralos. Escúchalos. Estos son los que pretenden cambiar el marco legal del país. Estos son los que supuestamente defienden la independencia e invocan el respeto a la diversidad. Estos son lo que hablan de imparcialidad. Estos son los que critican el sesgo en las instituciones. En ellos debemos creer.

Tanto que mencionan a Chávez y, tal vez, ahora vale la pena recordarles estas palabras: “Hoy tenemos una gran concentración del poder porque unas cúpulas se fueron adueñando del poder judicial y del legislativo y lo manipulan y lo usan a su antojo. Y lo mismo ocurrió con la Fiscalía, con la Contraloría. En Venezuela lo que ha funcionado no es una democracia sino una tiranía de pequeñas cúpulas partidistas, sectores horrorosamente corrompidos que destrozaron a Venezuela”. Lo dijo en Cartagena, en mayo de 1999. Pero la frase calza perfectamente en el momento actual, con el gobierno de Nicolás Maduro. Con su proyecto constituyente. Podría ser la leyenda perfecta para la imagen de Carreño y Moreno. No es el registro de un acto legal. Todo lo contrario. Es en verdad una advertencia, una intimidación. Es un retrato violento. La legalidad como amenaza.


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viernes, 9 de junio de 2017

Un electrón libre. Por Alberto Barrera Tyszka


Por Alberto Barrera Tyszka | Prodavinci

La imagen se cuela debajo de tus ojos. No sabes cuándo la viste. ¿Fue esta mañana, en un tuit, después de cepillarte los dientes? ¿Te la mandó tu hermana por teléfono? ¿O la imaginaste con brutal nitidez cuando, al final de la tarde, la comentaron en la radio? La imagen sigue ahí. Tras tus párpados. Titilando. Aún a las doce de la noche. Es la espalda de un muchacho que no llega a los 20 años. Está llena de hoyos. Disparos. Alrededor de cada agujero la piel se levanta. Parece un retrato de ciencia ficción. Cuando despiertas en la mañana, la imagen sigue ahí. Se ha mudado dentro de ti. Y duele. Y se queja. Y cruje. Y tú sientes ese dolor, ese ay, ese crujido. Tú sientes la impotencia, la rabia, el ácido. Cómo arden las lágrimas antes de salir.

Todos los muertos, todos los heridos, todos los detenidos, son nuestros huéspedes.

Viven en nosotros. Siguen moviéndose dentro de nuestro cuerpo. Inquietos. Preguntan. Protestan. No pueden descansar. No conocen la paz. Siguen diciendo sus nombre. Tercos, testarudos. Son la memoria de la vida en contra de toda la publicidad oficial, en contra de toda la propaganda que diariamente distribuye el poder.

¿Qué suena más? ¿Una cadena o el nombre de César Pereira, de Paola Ramírez o de Juan Pernalete? ¿Qué vale más? ¿Qué tiene más rating? ¿Un programa pagado en la televisión de los poderosos o todos los gritos y los llantos que repican noche a noche en los barrios populares?

Llevamos más de 60 días de violencia. El Estado actúa como si el pueblo fuera un enemigo. Como si su derecho a manifestarse no fuera legítimo. Basta ver lo ocurrido esta semana en La Vega o en El Valle. Ahora el oficialismo piensa que la democracia participativa y protagónica es una conspiración. Por eso necesitan la Constituyente. Están buscando un nuevo marco legal que les permita traicionarse sin pudor. Necesitan una nueva Constitución para prohibir al pueblo.

El oficialismo continúa igual. No está dispuesto a cambiar nada. La única oferta del gobierno es la simulación. Te propongo aparentar que este método electoral es democrático. Te propongo aparentar que, después de la Asamblea Nacional Constituyente, tendremos un referendo consultivo. Te propongo aparentar que aquí no pasa nada, que la solución es el diálogo. Pero mientras tanto, no se ahorra una sola bala. Sigue disparando. Día a día. Cada vez con más saña. Llevamos más de 60 muertos en este tránsito. El Estado actúa como si estuviera de cacería.

Esta semana, en una entrevista a la agencia EFE, Antonio Benavides Torres, Mayor General de la Guardia Nacional Bolivariana, declaró que el comportamiento de sus soldados durante todo este tiempo ha sido “muy profesional e impecable”. No ha visto él nada de lo que tanto denuncian. No tienes bajo sus ojos las imágenes que la mayoría de los venezolanos tenemos. El Mayor General Benavides Torres está tranquilo, satisfecho. Piensa que todo es culpa de la oposición. Cree que las multitudes en las calles responden a una sola vocación, a un plan de “golpe suave”, dictado por una manual extranjero.

Escuchas a Benavides Torres y algo tiembla tras tus pupilas. Sientes que se quema un grito entre las cuerdas vocales. Recuerdas el rostro ensangrentado y desfigurado del obrero que recibió una bomba lacrimógena. Ves de nuevo, sobre la pantalla de la memoria, los demasiados videos donde soldados golpean, abusan, roban, detienen… entre varios e impunemente a cualquier ciudadano. Aquí hay un país indignado, desesperado, que ya no sabe cómo estallar. Pero el Mayor General Benavides Torres no se entera. Ni se inmuta. Apenas reconoce que, quizás, “uno o dos” funcionarios pueden haber cometido algún “exceso”. Nada más. Y, además, los considera una excepción, un “electrón libre” en medio la combustión que existe.

Un electrón libre es un átomo o una molécula que anda por la libre, que se desprende de la estructura a la que pertenece y actúa un poco por su cuenta. Así explica y resuelve Benavides Torres todo lo que ocurre. Así define lo que te duele, lo que no te deja dormir, las ganas de llorar que te esperan apenas despiertas cada mañana.

No es cierto. Un electrón libre es una fantasía mediocre. Una ofensa. La mayoría de los venezolanos hemos visto, vivido o padecido los excesos de la represión militar. Su violencia no es una excepción. Es una orden. Es un método. Es un plan. Es un proyecto de sumisión, de muerte. Nadie puede venir ahora a maquillar esta historia. Es imposible contarnos otra versión. Vive aquí adentro. Aquí se mueve. Nosotros somos todos nuestros heridos, nuestros detenidos; todos nuestros muertos.


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